Postureos e imposturas de la Prensa

Víctor Sampedro.
Catedrático de Opinión Pública.

El periodismo español se ha demostrado incapaz de exigir la rendición de cuentas del Presidente Rajoy y de su Gobierno. Es su derrota más manifiesta. Escándalos de igual o menor entidad desalojaron del poder al PSOE en los años 90. Ahora el PP afronta nuevas elecciones con un suelo electoral que representa un techo inalcanzable para el resto de partidos. El control que otorgaba la mayoría absoluta parlamentaria, el sesgo conservador de la judicatura y del propio sistema mediático brindan un contexto favorable a los cargos del PP y a unas tramas delictivas que superan con creces a las Filesas del PSOE. Tampoco ayuda que los votantes avergonzados, que acabaron desertando del felipismo, no abunden entre el electorado conservador, inmune a cualquier otro factor que no sean las necrológicas.

Pero las causas de la impotencia e inanidad de la Prensa para sanear la esfera pública residen en ella misma. Son responsabilidad de quienes trabajan y poseen los medios de referencia. Su función pareciera ser facilitar el postureo de las fuerzas afines y, además, hacerlo desde la impostura. En buena lógica, los medios españoles figuran entre los menos creíbles de nuestro entorno y sus audiencias continúan en caída libre. Incluso tras la última campaña electoral, la más disputada, y las negociaciones para la formación de gobierno. Queda claro que, a la crisis del sistema político del 78, le sobreviene ahora la del sistema comunicativo que lo sustentaba. Los supuestos medios de referencia no dan cuenta de lo que pasa y cada vez importa menos lo que cuentan. Algunos acontecimientos recientes lo refrendan.

Casi todos los periodistas tacharon de postureo los mensajes y gestos de las fuerzas políticas a la búsqueda de gobierno. Extendieron el término, brindándoselo a los protagonistas y alimentando el escepticismo del público. Airearon mensajes contradictorios, sin contrastar o en contra de toda evidencia. Publicitaron comparecencias engañosas. Lanzaron globos sonda que se desinflaron como burbujas sin fundamento. Permitieron, en fin, toda suerte de postureos, propios del cinismo de quien solo cultiva las apariencias. Y, preocupado solo por ellas, convierte la política en mera retórica y gestos grandilocuentes. Con la seguridad de que nadie le recordará que una noticia no es un eslogan. Ni una entrevista, un pacto preestablecido con la fuente. Porque, precisamente, el periodismo está para distinguir la persuasión de la información, la parodia de la representación veraz.

La bipolarización del sistema mediático llegó a su clímax en las penúltimas legislaturas del bipartidismo. La teoría de la conspiración del 11M fue su más obscena expresión, destruyendo los protocolos profesionales mínimos. Y la prensa de referencia fue incapaz de establecer lazos con los protagonistas del nuevo consenso, que expresaba el 15M. Estas tres situaciones conducen al estado de inanidad actual: una Prensa sin modelo profesional ni de negocio.

Ya casi nadie compra el “y tú más” de los escándalos selectivos, dirigidos solo al adversario político. Agoniza el periodismo que señala la paja en el ojo ajeno y no reconoce las vigas podridas que le sustentan. Si en añadidura, se niega la transversalidad (¡sí el término fetiche de las negociaciones!) del 15M, el divorcio con la audiencia señala el fin de una relación, irrecuperable en los mismos términos. Permítanme otra autocita. Hace dos años, con la ayuda de Josep Lobera, recopilamos en un artículo académico las encuestas de Demoscopia que El Paístroceó y editorializó, señalando que el 15M se desinflaba y radicalizaba. Los datos, en cambio, demostraban que el apoyo a las demandas de los indignados eran sostenidas por una amplia mayoría social (entre 7 y 8 de cada 10 votantes). Además, ese apoyo permanecía estable en el tiempo y distribuido de forma bastante homogénea en todos los estratos sociales de edad, clase, educación, género, hábitat… e, incluso, voto (¼ parte de votantes del PP apoyaron Rodea el Congreso).
Negar la evidencia empírica es un requisito previo al postureo. Lo desvelado y ratificado en los tribunales debiera haber iniciado purgas y renovaciones, deseadas por cualquier demócrata. Antes que nadie, por los cargos y militantes honestos del PP y PSOE. El duopolio partidario se ha quebrado, pero sobrevive como zombi en el plano comunicativo. Casi exangüe pretende contagiar a las fuerzas políticas emergentes, porque solo sobrevivirá alimentándose de la desazón de sus partidarios… Y de la falta de profesionalidad de los periodistas.

Quienes plantaron a Pablo Iglesias en la presentación de un libro hace unos días, no reconocen que el postureo electoral solo es posible con su apoyo y connivencia. Nadie representa una farsa si el director de escena —que debiera ser el periodista— lo impide; reclamando respeto a la audiencia y al código profesional. El gesto de los periodistas frente a Pablo Iglesias fue puro postureo. Solo desde la estulticia o la mala fe puede reivindicarse como ejercicio o reclamo de la libertad de expresión. Ésta se defiende ejerciéndola, rebatiendo argumentos falsos con datos y evidencias. Justo lo contrario de lo que hicieron quienes abandonaron la sala falsamente indignados. No dieron (y negaron) réplica a quien les interpelaba y señaló su subordinación a unas líneas editorial-partidarias. Es más, las aplicaron a rajatabla. Retiraron los micrófonos y se reservaron la respuesta para las columnas y los editoriales, plagados de acusaciones a Podemos. Acusaciones desmentidas por los tribunales, pero voceadas por cargos públicos y copiadas de falsos dossieres ¿Alguien ha revisitado el 11M, para no novelarlo más?

Casi ocho de cada diez informadores admiten ceder a las presiones de las fuentes.Varios, por ejemplo en El País, dimitieron de sus puestos de trabajo: les imponían titulares contrarios a sus informaciones. Ese sí es un gesto honesto y coherente. Lo contrario al postureo. Todo gran periodista tiene una biografía plagada de enfrentamientos con sus superiores y los dueños de los medios en los que trabajaron. De hecho, su carrera laboral está jalonada de tensiones corporativas y cambios de trabajo, a la búsqueda de contextos de mayor autonomía. En las antípodas, el postureo periodístico es impostura cuando, en lugar de profesional incómodo, se actúa como propagandista de su jefe y sus intereses.

Los dineros negros de Juan Luis Cebrián (y allegados) en Panamá suscitaron un debate muy interesante. Todos se han retratado, por acción u omisión. Sus palabras y silencios revelan que, entre los empresarios más blindados en la cobertura estándar de los escándalos, figuran algunos dueños de la Prensa. Entre sus servidores más fieles, están los trabajadores precarizados y las estrellas con deontología inexistente, pero abundante minuta.

Por otra parte, están los medios demandados por Cebrián, acompañados de otros muchos, aunque poco conocidos. Nos les infravaloren. Han demostrado vitalidad, con nuevos modelos de negocio y de producción de noticias. Apoyándose en comunidades que les sostienen y colaborando, entre sí y con los públicos más activos. Son el germen de un cuarto poder en red, que viene a sustituir al régimen mediático del 78. Su crisis ha estallado en vísperas del quinto aniversario del 15M y de unas nuevas elecciones. Apoyemos a los profesionales y medios que no incurren en postureos e imposturas, con más suscripciones y filtraciones.

Destapar el Mal

Relato de una hazaña heroica contada en clave realista, casi feista, sobre unos héroes singulares en su sencillez pero que destaparon uno de los grandes pozos de maldad de la historia reciente.

Con un cine casi gélido, que se centra más en dramatizar la infatigable labor de sabueso de muchos periodistas y la necesidad de mantenerse integro, ante una mierda que salpica demasiado pronto. Y al igual que «Todos los hombres del presidente», la cinta de Thomas McCarthy, Spotlight, se aleja de juzgar los hechos, para mostrar la descripción minuciosa, y casi monótona, de una hazaña verídica que nos pone de pie con un aplauso, pero con un nudo en la garganta.

Como colofón, no estaría de más que los responsables de todo aquello, sean juzgados y quienes aún defienden a esa oscura institución, reflexionen mucho sobre el tamaño de la inmoralidad de lo que apoyan. No olviden aquello de la banalidad del Mal.
D.

Apuntes para reinventar el periodismo (y III)

Omar Rincón
Investigador y profesor de Comunicación y Periodismo en la Universidad de los Andes
 

Llegamos al final de las
reflexiones de intelectuales latinoamericanos acerca del futuro de la
profesión periodística, recogidas por
Omar Rincón. Una serie de tres ondanadas, la primera, de la batalla por la revitalización de esta profesión; y la segunda,
de sus desafíos y mandamientos, culminan en esta tercera, con los
consejos de un periodista que perdió su trabajo por el miedo de los
medios a su independencia:

Es Martín Caparrós, que continúa escribiendo en su blog y en twitter, además de ser autor de muy buenos libros como sus últimos “Una luna”, “Los living” y “Contra el cambio”. En Atrapando el mundo con una camarita [periodismo de campaña: una alternativa para hacer reportajes y crónicas para televisión], Bogotá, Taller de periodismo FNPI, octubre 2002, ofrecía consejos a los periodistas audiovisuales:

·  Narrar en televisión tiene que ver con la educación del ojo y la reflexión sobre la mirada. Se debe buscar desgramatizalizar la mirada de la cámara y desarrollar un grado extremo de atención sobre la vida para poder contarla diferente.

·  El periodista no debe exhibirse ni buscar salir en cámara. La presencia del periodista está en el estilo, tono y mirada comunicada en la crónica.

· Cada historia le impone al periodista el modo como debe ser
contada. El periodista y su cámara deben trabajar para reinventar el
concepto de información al recuperar otras miradas, experimentar otras
estéticas, recuperar otros géneros de narración que no son considerados
como informativos.

·  La distancia hace que sea más fácil contar. El ideal es ser
competente para contar la cercanía, esa hecha de hogar y la calle donde
uno vive.

·  El sonido ambiente, los silencios, los tonos y lenguajes de la
gente y la música son marcas que enriquecen el relato televisivo.

(ii)

Martín Caparrós, en Contra los cronistas, Lima, Etiqueta Negra #63, 2008,

“Yo creo que vale la pena escribir crónicas para cambiar el foco y la manera de lo que se considera «información»
–y eso se me hace tan político. Frente a la ideología de los medios,
que suponen que hay que ocuparse siempre de lo que les pasa a los ricos
famosos poderosos y de los otros sólo cuando los pisa un tren o cuando
los ametralla un poli loco o cuando son cuatro millones, la crónica que a mí me interesa trata de pensar el mundo de otra forma
–y eso se me hace tan político. Frente a la ideología de los medios,
que tratan de imponer ese lenguaje neutro y sin sujeto que los disfraza
de purísimos portadores de «la realidad», relato irrefutable, la crónica que a mí me interesa dice yo no para hablar de mí sino para decir aquí hay un sujeto que mira y que cuenta,
créanle si quieren pero nunca se crean que eso que dice es «la
realidad»: es una de las muchas miradas posibles –y eso se me hace tan
político. Frente a la aceptación general de tantas verdades generales, la crónica que a mí me interesa es desconfiada, dudosa, un intento de poner en crisis las certezas –y eso se me hace tan político. Frente al anquilosamiento de un lenguaje, que hace que miles escriban igual que tantos miles, la crónica que a mí me interesa se equivoca buscando formas nuevas de decir, distintas de decir, críticas de decir –y eso se me hace tan político. Frente a la integración del periodismo, la crónica que a mí me interesa buscaba su lugar de diferencia, de resistencia –y eso se me hace tan político”.

(iii)

Martín Caparrós: “Los diarios desdeñan a sus lectores”, El Espectador, octubre 9, 2008
 
Las crónicas son para “generar tensión”, para “que produzca algún
efecto y no que lo evite” y es que en nuestros días “los cronistas están
agrandados. A mí me gustaba ser cronista cuando eso era molesto,
complicado, cuando la gente no sabía qué era, pero además de eso, que es
mi capricho, lo que creo es que una crónica debe tener una intención
política. Ahora se hace crónica de cualquier cosa, es como si fuera un
amaneramiento de la crónica, un manierismo del género. Tiene que haber
dos o tres condiciones que la politizan, el hecho de mirar hacia otro
lado de los objetos de la mirada periodística habitual, ese rompimiento
con la primera persona, y desbaratar la pretensión de ser una máquina de verdades”.

Yo quisiera un periódico que crea que sus lectores son muy
inteligentes, que les tenga casi miedo, que tuviera que hacer esfuerzos
extraordinarios para estar a su altura
. Un lector se define
básicamente porque lee, por lo tanto lo que hay que darle al lector es
lecturas. Nuestros diarios por ese miedo de no saber competir con la
radio, la tele o Internet lo que hacen es ofrecer cada vez menos
lecturas, con lo cual pierden su arma propia”.

(iv)

Martín Caparrós:  “Modestas proposiciones para mantener
la buena relación y convivencia entre los escribas del diario Crítica y
sus queridos puestos de trabajo”
, 2008
|26 de enero de 2012|

Nada nos importa tanto como construir textos que produzcan placer,
asombro, risa, indignación, ganas, respeto, envidia, malhumor, etc. Al
final, eso es lo que hacemos: captar la atención de nuestro lector y
producirle algo con cada texto que escribimos. Si no queremos o podemos,
todo bien: hay otras muchas profesiones honestas en el mundo.

Y sabemos también –debemos saber, convencernos– que nuestros lectores no son tontos.
 

Lo primero es descubrir qué se quiere contar y cómo (…) tengo que confiar en que eso va a llamarle la atención a los demás: confiar en ese entusiasmo por las cosas que me sorprenden o interpelan, y centrarme en ellas.

La lectura o no lectura de una nota, en general, se juega en el
primer párrafo: la cabeza (…) esas historias, diálogos, anécdotas o
datos que invitaban a seguir (…) lo que no se puede, de
ningún modo, es aburrir, banalizar, darle al lector la sensación de que
va a leer un informe burocrático sobre lo que ya sabe o no quiere saber
(…) Un buen truco consiste en pensar qué le contaríamos a un amigo
imaginario, mujer, marido o concubinos diversos a la vuelta de un viaje o
una noche agitada.

La receta es tan simple que muy pocos la usan: desplegar
información, datos y más datos, procurar que cada párrafo tenga por lo
menos uno.

Importa cuidar la diferencia fundamental entre escribir en primera persona y escribir sobre la primera persona. El cronista, aun cuando dice yo, tiene que centrarse siempre en lo que cuenta.

–Escribir es, contra todo lo que se pueda pensar, un ejercicio muy
simple: consiste en elegir palabras. Ni mucho más ni mucho menos: ELEGIR
palabras (…) Hay que tratar de dominar a las palabras, para no dejarse dominar por ellas. Saber qué es lo que uno dice cuando dice: escribir.

Un texto periodístico no es un campeonato de sinonimia, y en general
las segundas palabras son mucho más imprecisas, feas y berretas que las
primeras. Así que, salvo error u omisión: ¡usen las primeras palabras,
que tan bien dicen lo que dicen!

El lugar de los adjetivos está después de los sustantivos (…) Los adjetivos, además, deben mezquinarse.

–Los verbos tienen tiempos y los tiempos son tiranos. No al
libertinaje: cuando uno empieza a escribir en un tiempo debe sostenerlo a
lo largo del texto. Puestos a elegir, el pasado suele ser el más útil,
manejable, creíble.

Las comas son la segunda causa de muerte en accidente laboral
periodístico pero, aún así, queridos desairados: las comas no sirven
para respirar, sino para darle estructura a una frase.

–Estamos, grosso modo, en contra de las relaciones de poder.

–Un problema habitual: cómo empiezo esta frase (…) La forma en que uno empieza la frase determina de qué modo se va a leer.

La frase del citado o entrevistado debe aparecer con su sintaxis y forma original (…) la forma en que alguien dice las cosas es tan
importante, tan significativa, como las cosas que trata de decir.

Releer lo propio es una práctica casi tan útil como leer lo ajeno (…) canten: ¿suena bien lo que acaban de escribir?  (…)  bajito, desafinado, mal, duchado pero cante.

Cuando alguien dice, dice. No confiesa, revela, asegura, repite, define, declara, subraya, etcétera, etcétera.

 (v)

“No soy neutral; nunca lo fui, no quiero serlo. Tengo ideas, solo que trato de desconfiar de ellas: de ponerlas a prueba”.

Martín Caparrós es tan polifacético como polémico, El Tiempo, noviembre 12, 2011

Apuntes para reinventar el periodismo (II)

Omar Rincón
Investigador y profesor de Comunicación y Periodismo en la Universidad de los Andes

Continuamos las reflexiones de intelectuales latinoamericanos acerca del futuro de la profesión periodística, recogidas por Omar Rincón

Una serie de tres ondanadas, aquí la primera, de la batalla por la revitalización de esta profesión, que da entrada a la segunda:

La Universidad del Rosario y Publicaciones Semana invitaron hace tres años al ensayista, escritor y periodista Juan Villorio para que diese la lección inaugural de la maestría en periodismo. La conferencia se llamó irónicamente: “Estudien muchachos o van a acabar de periodistas”. Eso le decía su profesor de Sociología, y esto nos dijo sobre el periodismo:

El periodismo depende de sí mismo y de sus posibilidades. La crisis del periodismo está muy bienvenida porque obliga a generar nuevos lenguajes y a recuperar una verdad que no estábamos buscando.

Los desafíos para el periodismo en estos tiempos son:

*      El desafío de la brevedad,
la velocidad, la simultaneidad… y eso recuerda a Pascal: “escribí un
texto largo porque no tuve tiempo para escribir uno corto”. Y es que la
brevedad evita la autocomplacencia. Y los textos breves son la memoria
de los futuros.

*      El desafío de la estandarización. Los medios se parecen cada vez más, se hace periodismo pensando en lo que los demás hacen. Y la clave es tener lo diferente.

*      El desafío de la credibilidad y la certificación. Todo disponible, nada certificado. Y decimos que navegamos cuando apenas chapoteamos.

Las noticias serán distintas porque los procedimientos culturales son distintos:

*        Cambian los modos de leer y percibir: se
revoluciona la cultura de la letra, se va a aplicaciones, redes,
internet, simultaneidad de lecturas y zapping en una lógica de
transmedialidad

*        Se lee en el tiempo, se escribe en el tiempo. Ya no hay espera. La lectura es un LUGAR, algo en el espacio, en el internet. La relación ya no es de espera.

*        La prensa es un complemento.

*        No sabemos como nos informamos, pero estamos informados. Hay una porosidad por la que nos llega la información. La información es una variante de la atmósfera.

*        La capacidad de respuestas cambia: “los abajo insultantes”, es decir, los usuarios de una web, pueden interpelar al periodista a través de los comentarios.

*        Las estadísticas se convierten en valor de calidad.

*        Apple vende significados y estéticas porque las cosas dependen de su representación

*        Google es un buscador de significados

*        Twitter es un descifrar la realidad en 140 caracteres. Funciona como un aglutinador de aforismos. Es un arte de las máximas que recuerda a Confucio.

Apuntes en forma de tuits creados por Villoro:

→   Si
no está en la pantalla no existe. Esta es la nueva realidad y no la
recibimos de manera directa sino a través del celular o la cámara.

→   Vemos más que hacemos, es pornográfico.

→   El mando a distancia era un símbolo masculino en el hogar. Ese tiempo ya pasó.

→   Las redes sociales generan conectividad pero también crisis de personalidad.

→   Asistimos a un safari audiovisual porque pensamos que nos estamos perdiendo algo

→   El subcomandante Marcos, Chiapas y zapatismo… esa suerte de Woodstock de las ideologías

→   Habitamos un vértigo de la identidad: el no haberme visto, el no reconocerme en los espejos. Y es verdad lo que dicen los espejos: las cosas están más cerca de lo que aparentan.
→   Un periodista que no lee es como un futbolista que no entrena.

→   Un periodista que solo lee de su fuente, ni siquiera sabe de su fuente. Pierde el paisaje en el que actúa su fuente.

→   Hoy los periodistas se engordan (no van a la calle), y los medios se adelgazan (solo negocian sangre)

→   La crónica es la desaceleración del periodismo.

→   La crónica es la mejor manera de combinar lo público (la información) con lo privado (la emoción).

¿Y cómo se cuenta? Siguiendo los 4 evangelios:

→    Marcos: una sola fuente, San Pedro. Es el más antiguo, el primero que fue puesto por escrito, cerca del año 70 de nuestra era, y es también el más breve.Este
Evangelio fue compuesto por un discípulo o, más exactamente, un
“intérprete” del Apóstol Pedro, cuyo nombre completo era Juan Marcos.
Como está dirigido a cristianos provenientes del paganismo, que no
conocían las costumbres judías, Marcos se las explica y, asimismo,
traduce las expresiones arameas que utiliza en varias ocasiones. Su
estilo es vivo y popular, y está lleno de espontaneidad, aunque su
lenguaje es pobre y rudimentario. El Evangelio de Marcos contiene pocos
discursos, y se interesa más por las acciones que por las palabras de
Jesús. En cambio, los relatos se desarrollan con abundancia de detalles,
y en ellos Jesús aparece con las reacciones propias de un ser humano”.

→     Mateo: él mismo es el testigo principal. Mateo
fue un recaudador de impuestos que abandonó su trabajo para seguir a
Jesús, fue escrito hacia el 80 d.C. y está dirigido principalmente a los
cristianos de origen judío. “Dado el carácter de los destinatarios,
Mateo cita con frecuencia textos del Antiguo Testamento y se apoya en
ellos para mostrar que el designio de Dios anunciado por los Profetas
alcanza su pleno cumplimiento en la persona y la obra de Jesús. Él es el
“Hijo de David”, el “Enviado” para salvar a su Pueblo, el “Hijo del
hombre” que habrá de manifestarse como Juez universal, el “Rey de
Israel” y el “Hijo de Dios” por excelencia. Este evangelista atribuye
una especial importancia a las enseñanzas de Jesús y las agrupa en cinco
discursos, que forman como la trama de su Evangelio y están encuadrados
por otras tantas secciones narrativas. El tema central de estos discursos es el Reino de Dios.

→    Lucas: va a los archivos, va a la gente. Escribió sobre lo que ya se conocía.
El texto fue redactado por este compañero de viaje del Apóstol san
Pablo, unos cincuenta años después de la muerte de Jesús. Lucas no era
de origen judío, y su obra está dirigida ante todo a los cristianos que,
como él, provenían del mundo pagano. En el Prólogo de su Evangelio hace
referencia al proceso de predicación, de transmisión oral y de
redacción que precedió a la composición definitiva de los Evangelios.

→    Juan: el último heterodoxo: lírico y filosófico. Estuvo con Jesús. Recupera lo sentimental.
El cuarto Evangelio difiere considerablemente de los tres anteriores,
tanto por su forma literaria cuanto por su contenido. La tradición
cristiana lo atribuye al Apóstol Juan,
a quien identifica con “el discípulo al que Jesús amaba”, y hay varios
indicios en el mismo Evangelio que corroboran esta atribución. De todas
maneras, la redacción final del Libro es el resultado de una larga
elaboración en la que también intervinieron los discípulos del Apóstol.
La obra fue concluida hacia el año 100, y tenía como destinatarios
inmediatos a las comunidades cristianas de Asia Menor.

¿Dónde queda la realidad? ¿cómo sortear los simulacros?

La realidad queda donde los periodistas deben estar, el periodista debe ir más allá de los simulacros: y nuestra última realidad es el texto, ahí se la juega el periodista.

Eso de contar historias… lo hizo bien
el periodismo, y se puede hacer en internet y a contramarcha de los
medios: solo hace falta echar un vistazo al blog pamplinas de Martín Caparrós para comprobarlo.

La razón de los hechos está en los demás: y para contar a los demás se necesita el periodismo. El periodismo asigna sentido provisional al mundo. La verdad se gana por autoría y por certificación: haber estado ahí. Solo al contarnos entendemos. Como Valdano recordando el gol de Maradona a Inglaterra a través del relato de Víctor Hugo Morales.

La Tesis de la Conspiración del 11_M

No se pierdan esta tesis doctoral. Disponible entera clickando aquí: LAS

TEORÍAS CONSPIRATIVAS DEL 11-M Y SU UTILIZACIÓN POLÍTICA. Autor: Pablo Lledó Callejón. Universidad Autónoma de Madrid.
Facultad de Derecho. Departamento de Ciencia Política y
Relaciones Internacionales.

Una disección forense de la mayor ignominia perpretrada por el periodismo inmundo de este país. Ya denunciada en nuestra serie de tres entregas; la I, la II y la III.

Pablo Lledó realiza la autopsia definitiva de las vísceras podridas del relato conspirativo sobre el 11M. Inventaría sus incongruencias discursivas. Una a una y todas ellas. Las expone y clasifica hasta la extenuación, en un texto maravillosamente escrito. Sólo un pero. Apenas alude al papel que la conspiración jugó para las arcas de los medios implicados y en las estrategias electorales de los dos primeros partidos.

Eso era, precisamente, lo que pretendimos al publicar nuestros artículos en el blog de Público. Denunciar la degradación de la esfera pública, el fraude y la degeneración democrática que acarreó:
 
Periodistas inmundos, non gratos (I)
Periodistas inmundos, non gratos. Y un canto a Évole (II).
Periodistas inmundos, non gratos. Pseudoperiodistas y pseudocracia (y III)

Los ligo aquí, de nuevo,  porque la semana pasada pregunté en clase cuántos conocían a Pilar Manjón. Resultado: menos de una parte de la clase. Eran las víctimas potenciales (una alumna iba en uno de los trenes, otra tenía conocidos en ellos) del que fue el peor atentado perpretado en Europa en el siglo XX.

Como doy clases en el primer semestre, ya no podemos ver en la semana de cada 13 de marzo, el vídeo que hicimos en el 2005, [Parte 1 y Parte 2] junto con el libro de 13M. Multitudes on line.

Sobran palabras, sólo cabe recuperar las de Pilar Manjón.

Periodistas inmundos, non gratos. Pseudoperiodistas y pseudocracia (y III)

Esta última entrega, completa las dos anteriores, I y II. Abordo ahora las consecuencias últimas del pseudoperiodismo, que ha dado lugar a una pseudocracia. El primero da forma de noticia a la mentira. La segunda es el régimen de gobierno que se alimenta de ella y la perpetúa (pseudo significa mentira en griego).
Gracias a la teoría conspirativa, El Mundo desplazó como
segundo diario con mayor tirada al ABC. La COPE también se situó como
segunda radio en audiencia, con Jiménez Losantos a la cabeza. Éste, para
completar la pitanza, además de colaborar con ambos medios, creó su
propio triángulo de las Bermudas. Bajo el rótulo de Libertad Digital,
montó un periódico, una televisión y una radio digitales. La prensa de
la “nueva” derecha, la radio de los obispos y los ultra(liberales) de la
Red aunaron fuerzas y esfuerzos. Si les hiciesen una auditoría fiscal,
posiblemente los cerrasen. Si se completase con una comisión
deontológica, les subiría los impuestos hasta equipararlos a los de la
pornografía. Los medios citados llegaron a convocar un boicot contra
ABC, porque no suscribía la conspiranoia. Tampoco la desmentía. Pero
todo vale para zafarse de competidores y despejar el camino al negocio
de la mentira.
No se habrían llevado esa tremenda tajada si hubieran
ejercido el periodismo de investigación, que se arrogaban en exclusiva.
Resulta laborioso y caro encontrar pruebas irrefutables a una versión
oficial. Se tiraron a lo fácil: cuestionar a policías, peritos y
testigos. Fabricar pruebas falsas y guionizar falsos testimonios.
Pagarlos con dinero, apoyo mediático y judicial. Para que los aireasen
los mismos desalmados que pusieron las bombas o pasaron los explosivos.
Invalidar, en lugar de hacer avanzar, un proceso judicial. En resumen,
minar el Estado de Derecho.
La conspiración es una mercancía muy barata y rentable, en
términos políticos y económicos. (1) Fácil de elaborar, no precisa
aportar hechos ni seguir ninguna lógica. (2) Fácil de entender, presenta
a los buenos y a los malos, con un relato personalizado y maniqueo. (3)
Se autojustifica y mantiene por sí misma. Si no hay nuevas pruebas, las
habrá. Con tensión narrativa, porque todo acabará encajando. (4) Se
alimenta de los desmentidos. Porque, al intentar rebatirla, se le
confiere entidad y verosimilitud. (5) Cierra filas en torno a los
seguidores, que se sienten amenazados o expuestos a la debacle que se
anuncia. En suma, con mínimos esfuerzos y costes, fideliza las
audiencias. Las convierte en espectadores aterrados o “crispados”, que
nada pueden hacer, excepto seguir pendientes de que les den las claves
de cómo y cuándo actuar. Meros peones guerracivilistas, lanzados contra
las trincheras enemigas. Y que, por cierto, han acabado desertando del
PP y formando nuevos partidos.
La conspiración bloqueó que surgiese un verdadero
periodismo de investigación. Hubiese exigido rendir cuentas, acicateado
el esclarecimiento de las responsabilidades políticas, en el Gobierno
saliente y no en el entrante. No sabemos nada de la ineficacia, las
insuficiencias y las inercias burocráticas que impidieron que los
encargados de hacerlo previniesen la matanza. Al contrario, los
conspiranoicos blindaron a una recua de mentirosos, incompetentes y
corruptos. El entonces Ministro de Interior, Ángel Acebes, entró en 2008 en el consejo de la corporación financiera de Caja Madrid y está imputado en Bankia. Eduardo Zaplana,
Ministro de la Presidencia, figura en los casos de Terra Mítica, los
ERE… Nunca dijo “estoy en política para forrarme”. Sus palabras fueron
otras, más claras: “Lo que te dé. Y me das la mitad bajo mano” (sobre
una comisión en el Caso Naseiro). ¿Para qué seguir mentándoles? Sus
declaraciones antes de las elecciones de 2004 resultan más bochornosas.
Hace nueve años que las recopilamos en un CD, junto a un libro colectivo, y las colgamos de YouTube.
El caso es que, además de forrarse, también les salieron
unas estupendas cuentas electorales. Las del partido aparecerían cuando
la inmundicia sobre el 11M no dio más de sí. El PP casi revalidó los
diez millones de votos que había obtenido en el 2.000. Los cargos antes
citados (y muchos otros) salieron reelegidos. Evitaron rendir cuentas
por haber mentido sobre un atentado que no supieron atajar. Se
mantuvieron en las encuestas, movilizando a su electorado. Cogieron la
mano, le agarraron el brazo a la Asociación de Víctimas del Terrorismo
(de ETA, claro); hasta cogerla del cuello y convertirla en su títere.
Enfrentándola, incluso, a la Asociación de Afectados del 11M. Así
bloquearon los intentos de Zapatero para finiquitar el terrorismo vasco.
Involucrándolos, juntos o por separado (¿qué más daba?), en el atentado
más sangriento de la historia. Así abortaban la baza que afianzaría al
PSOE en el poder.
Si todo esto les parece poco, agárrense a la pantalla.
Porque, siendo grave lo anterior, el periodismo inmundo supuso un
retroceso civilizatorio, sin precedentes en el mundo occidental. Va en
serio. No exagero un ápice. Lograron que el debate público involucionase
hacia fases pre-modernas, carpetovetónicas. Tampoco es que antes fuese
mucho más allá. Pero recuerden que hablamos de un Presidente de Gobierno
que define la realidad desde sus convicciones morales y de
pseudoperiodistas que le dan pábulo. La conspiración, aunque abanderada
xenófoba de Occidente (“los moritos de Lavapiés no pudieron hacer el 11M
sin ayuda”), niega dos principios de la Modernidad y la Ciencia. Ambos
sostienen que la verdad empírica, la constatable, nunca es absoluta.
Debieran asumirlo quienes aún exigen la explicación total de aquellos
atentados e invalidan una sentencia en firme que, como todas, tiene
algún fleco pendiente.
Primero está la navaja de Guillermo de Ockham (¡s. XIV!).
Sostenía este monje franciscano (sí, el protagonista de El nombre de la
rosa de U. Ecco) que la hipótesis con menos suposiciones es
probablemente la más correcta. ¿Cuántas tramas, con cuántos actores y
motivaciones, manejan los conspiranoicos? Y después vino la falsabilidad
de K. Popper (1934, ¡más de 80 años¡). Que dice que las hipótesis –
afirmaciones que deben contrastarse – no son verdaderas ni falsas, sino
falsables. Se aceptan como válidas mientras no las desmientan o corrijan
nuevas pruebas. Si no, no hay quien avance. Ni en un laboratorio
científico, ni en una comisaría, ni en un juzgado… ni en una redacción.
¿Qué hipótesis sostienen Pedro J. y sus adláteres? Ninguna y todas al
mismo tiempo. Por eso hay que declararles personas non gratas en los
campus. Han prostituido el periodismo de investigación. En el terreno
ideológico, impidieron que la derecha franquista evolucionase hacia un
liberalismo laico y democrático. Niegan la ciencia y la civilización.
Aún bien que, en medio de la connivencia gremial, el
clientelismo político y falsos arrepentidos, alguien nos ha dicho la
verdad. En las vísperas del último 11M, el ex-jefe de los Tedax denunció
la trama periodística sobre los explosivos. También Fernando Reinares
publicó (¡por fin!), un libro que atribuía el atentado al yihadismo, despejando todas las dudas. Ante la pregunta de si podía haberse evitado, afirmó:
“Si la unidad de la Guardia Civil dedicada al tráfico ilícito de
explosivos hubiera compartido a tiempo su información con la unidad que
dentro de la propia Guardia Civil llevaba el seguimiento del tráfico
ilícito de drogas, y a su vez esa información se hubiera intercambiado
con la que tenía la Comisaría General de Información que continuaba
investigando el sumario de la ‘Operación Dátil’, que estaba a punto de
concluir, todo hubiera podido ser distinto. Porque así es como se
financió el 11M: con drogas.”
Está farragoso. No sé si aposta. Pero han leído bien. La
conspiración se asienta en el silencio que se mantiene sobre el
intercambio de explosivos entre la Guardia Civil y sus confidentes. Les
dejaban traficar con hachís y dinamita, para seguir el rastro de futuros
delincuentes. Pero algunos eran agentes dobles. Se les fueron de las
manos. No estaban coordinados. No les entendían cuando, en su presencia,
hablaban en árabe. Todos los recursos y efectivos se dedicaban a
combatir a ETA y a su entorno. Aunque los expertos en terrorismo
supieran siempre que no habían sido los autores del 11M. El Congreso de
EE.UU. contaba con un informe que a los ocho meses del atentado
descartaba la autoría de ETA. Wikileaks lo publicó en febrero de 2009, a disposición de cualquiera. ¡Hace cinco años! A ver si son los hackers,
y no los periodistas y sus expertos en terrorismo internacional,
quienes nos salven. Aquí tenemos a Évole, hackeando los formatos
televisivos, como señalábamos en la entrega anterior.
Salvados debiera producir otro fake o farsa, esta vez sobre
el 11M. Sus agujeros negros se parecen a los del 23F y están en el
Ministerio de Interior. Tan negros, que su opacidad puso en riesgo la
democracia en 1981 y la vida de muchos ciudadanos en 2004. Al menos eso
afirman los novelistas. Es la tesis de Cercas en Anatomía de un
instante, que se detiene en los secretos de los servicios de
inteligencia. Y la de Gutiérrez-Aragón en La vida antes de marzo, que
novela la trama de explosivos de las minas asturianas. Les cito sin
compartir las tesis (a)políticas de ambos libros. Pero, lo dicho, este
es un país de cuentistas. Lo digo también por las de nuestros
ex-gobernantes. Repasen las recientes de Aznar y Zapatero sobre el 11M.
Entenderán por qué los dos últimos ex-presidentes de Gobierno no fueron
invitados al funeral del pasado 11 de marzo. Para anomalía democrática,
ésta. Hablamos de los máximos representantes electos de este país
durante esta década infame.
El ex-jefe de los Tedax publicó en su libro que Aznar y,
después, Zapatero y Rubalcaba no quisieron dar publicidad a sus
informes. El primero, porque creyó que relanzando la cruzada contra ETA
ganaría las elecciones de 2004. Los segundos, para dejar que los
populares se despeñasen en una deriva alucinada y alucinante, que
acabaría deslegitimándoles. “Que hablen los jueces”, dijeron, eximiendo a
la clase política de cualquier autocontrol. Lo que importaba es que
Rubalcaba recogiese el rédito electoral de la desaparición de ETA. Ya
saben, cuanta más crispación, mejor. Una lógica paralela a la estrategia
criminal del terrorismo: cuanto peor, mejor.
La crispación política ha sido la hermana gemela (más bien,
el engendro siamés) de la conspiración mediática. Hasta que ETA
desistió de su delirio armado. Y hasta que el 15M reemplazó el 13M. Al
bipartidismo, encubierto de antagonismo, se le fueron de las manos los
ciudadanos infantilizados. Al PSOE le crecieron los enanos
quincemayistas. Al PP, los cazafantasmas antiterroristas y más
españolistas. Ya no está el ogro con el que les asustaban. El
enfrentamiento es ahora con la ciudadanía y con los periodistas que les
acompañan. Véase la reacción de ambos ante la represión de las Marchas
de la Dignidad y del 22M; los apaleamientos de reporteros, los montajes y el sabotaje policial
de lo que quería ser el inicio de otro 15M. Por eso hay que desalojar a
sus corifeos mediáticos de los campus. Al menos, eso.

Periodistas inmundos, non gratos. Y un canto a Évole (II).

En la entrega anterior
pedía al alumnado de CC de la Información y/o Comunicación que
declarase a Pedro J. Ramírez, Casimiro García-Abadillo, Fernando Múgica y
Federico Jiménez Losantos personas non gratas. Mientras la
escribía, los estudiantes rechazaban la ley de su compadre Wert en las
calles. Ahora argumento las razones de fondo para que destierren de los
campus a quienes, una vez más, les invisibilizan. Ni una sola mención a
la huelga y las detenciones de estudiantes en la edición digital de El Mundo
que acabo de consultar (28 de marzo, 13:19 a.m.). Los pseudoperiodistas
fabrican opinión pública, en vez de ayudarla a que se forme y exprese.
Inventan mayorías para hablar en su nombre. Si pueden, ignoran a quien
se les enfrenta. Si no, le criminalizan. Hay que desalojarles de la
esfera pública, si queremos oírnos y dialogar en paz. Hay que vetarles
en los ambientes académicos que forman a futuros periodistas. Su primer
cometido será escuchar al público, antes de dirigirle la palabra e
intentar representarle. Una cuestión de mero respeto, vamos.

Si otro compañero de profesión hubiese incurrido en sus desmanes, los
periodistas inmundos le habrían imputado, al menos, tres muertos. Se
pasaron una década buscando los “autores intelectuales” del 11M. El 13
de marzo de 2004 el panadero pamplonica Ángel Berrueta
fue acribillado a balazos por un vecino policía. Se había negado a
colocar en su local un cartel que imputaba la matanza a ETA. Al día
siguiente, en una manifestación solidaria con su familia, Conchi Sanchís falleció de un infarto, tras una carga policial en Hernani. Los inmundos también acosaron al excomisario de Vallecas,
que custodió la mochila con las pruebas claves. Invalidaba sus
invenciones sobre los explosivos. Le destrozaron la carrera y la vida
familiar. Su mujer se suicidó.

En democracia, los intelectuales (que no se quejen, les tratamos como
si lo fuesen) no delinquen. No les imputamos ningún asesinato, sino el
mayor delito que puede cometer un periodista: intimidar y engañar a la
opinión pública. Desde la mañana del 11M desplegaron la estrategia
comunicativa de Aznar. Intentaron desatar lo que Noelle-Neumann llamó una espiral del silencio.
Intentaron amedrentar a quienes disentían. Callarles, fabricando una
falsa mayoría al acusar de colaboracionistas a quienes avalasen el
desmentido de Otegi sobre la autoría de ETA. Y nos convocaron a la
manifestación oficial del 12 de marzo. Como explicamos en un libro de 2009,
aquello fue un acto electoral del PP, que pudo acabar en otro atentado
peor que el de los trenes. Ahí también aportamos argumentos e imágenes
que siguen censurados.

Antes de las elecciones de 2004, en lugar de silencio se sucedieron las mentiras prudentes (teoría de Timur Kuran).
La versión oficial fue cuestionada con apocamiento, medias tintas y en
voz baja. La mentira institucional y el silencio de la oposición se
quebraron cuando las cibermultitudes del 13M se convocaron en la jornada
de reflexión electoral. No cabía otra que exigir la verdad antes de
votar. Le atribuyeron a Rubalcaba haber organizado aquellas
manifestaciones, cuando compareció en público a rastras de ellas. Y así
ha seguido la cúpula socialista, rebasada por la contestación social. Ya
no digamos cuando el 13M reapareció como 15M, que según los
conspiranoicos, era la versión camping del comando Rubalcaba.

La conspiración aprovechó, desde el primer momento, que la condena a
ETA fue unánime entre representantes políticos, intelectuales orgánicos y
corifeos mediáticos.  Condenaron al “entorno” vasco-etarra aquellos
días, con una certeza infundada, desmentida por los hechos. Se había
convertido en corrección política gritar: “Maldita ETA. Y si no ha sido
ella, da igual”. Una expresión diáfana del todo vale contra el
terror. Aunque sea al margen de la realidad. Es decir, la excusa
perfecta que permitiría magnificar al enemigo que justificase toda la
inmundicia que soltarían con su excusa. ¿Para qué recordar los nombres
de aquellos tribunos inflamados de ardor antiterrorista? Algunos de
ellos, ahora se presentan como regeneracionistas, antiglobalizadores o
quincemayistas. Identifíquenlos, si quieren, en los comentarios.
Nosotros ya lo hicimos en su tiempo, en aquel libro. Ni uno solo se ha
retractado. Carecen de legitimidad para repudiar el periodismo inmundo.
Se inhabilitaron para parar los pies a quienes les tomaron la delantera
en 2004.

De hecho, tras el 11M, la mayoría de políticos y tribunos aplicaron
la máxima regla de la Transición. Borrón (ensangrentado) y cuenta nueva
(de resultados). A seguir con el mismo negocio. El muerto al hoyo. Y los
más vivos al bollo. Sin mirar atrás. Sin piedad. Ocultando traiciones,
heridas… responsabilidades inconfesables. Lo que no previó la izquierda
es que la derecha perdería la vergüenza. “Sin complejos” reescribió la
Guerra Civil de la mano de Pío Moa y con otra reivindicó a Azaña durante
el Aznarato. Perdido el poder, se lanzó a contar fábulas de horror en
tiempo presente. La teoría de la conspiración fue el cuentacuentos (storytelling, dicen los pedantes) del PP. Antes, durante y después de cada aniversario del 11M; incluido el último. Y piedra angular de la lapidación de “ZetaP”. Más de cuatrocientas preguntas
del Grupo Popular introdujeron la inmundicia mediática en el
Parlamento. A eso se le llama alineamiento editorial-partidario. O
prensa de partido.

El intento de normalización del periodismo inmundo al que hemos asistido era previsible. Las reacciones a los dos programas de Salvados,
previos al último 11 de marzo, así lo hacían presagiar. Tras el
primero, sobre el 23F, “la profesión” linchó a Evolé. En el segundo,
cuando entrevistó a Pedro J., le puso en evidencia de forma manifiesta,
pero nadie dio acuse de recibo. No se enteraron o miraron a otro lado.

Mis alumnos (y otros muchos conocidos) han sustituido el telediario e Informe Semanal por el Intermedio y Salvados. El tumulto mediático sobre el “engaño”
de Évole, un falso reportaje del 23F, manifestaba el afán de
auto-legitimación de una profesión desnortada. Los prebostes del oficio
se pusieron selectos. Nos advirtieron que el problema era la (con)fusión
de formatos. Como si no usásemos la infosátira para quitarnos de encima
el fétido olor a relaciones públicas y a propaganda partidaria que
desprenden las noticias que consideran serias.

Évole encarna al hombre de la calle, al Juan de Mairena periodista (se lo he copiado a Juan Varela).
De ahí su identificación con el público. No engañó a nadie. Al
contrario que los reporteros “más rigurosos”, desveló su artificio.
Artificio, verdades a medias y completas falsedades son también los
libros y crónicas del 23F publicados por periodistas de mucho pedigrí.
Javier Cercas se pasó a la novela y en Anatomía de un instante contó
lo que hasta ahora se nos permite saber sobre aquella puesta en escena.
Lo que relata no difiere tanto del simulacro de Évole. Éste último
reconocía que había producido una ficción, porque no podía acceder a los
archivos. Siguen cerrados a cal y canto. Una “narración real”, que
diría Cercas, puede resultar más cierta que un reportaje. Por eso, dicho
sea de paso, mis mejores alumnas (casi todas son chicas) conocen cómo
nos (des)gobiernan y la actualidad que (mal)vivimos a través de
teleseries extranjeras que se descargan de la Red.

Los compañeros de oficio pusieron a Évole en la picota. Quisieron
distanciarse de él y, para señalar de qué lado estaban, obviaron
criticar a los periodistas de renombre que participaron de su juego. Le
concedieron entrevistas falsas sobre unos sucesos de los que nos han
seguido (des)informando. Lo dice la propia Pilar Urbano. Podría pensarse que Evolé nos presentó una parodia de la farsa que representan desde 1981. El no va más del fake:
un engaño montado sobre otro engaño. Encima, con los mismos
protagonistas. Por eso vapulearon al bufón, que para eso está: reírle
las gracias y darle capones cuando se pasa. Y mantuvieron en los altares
al telepredicador de la progresía, al escriba del Monarca, al Real
Académico de la lengua bífida… Aún hay clases en la casta periodística.
Así se demostró tras el siguiente Salvados.

Sin justificación alguna los medios absolvieron a Pedro J. de su
conspiranoia tras la magnífica entrevista que le hizo Évole. Aún creía “poco probable”
la autoría de ETA. A pesar de que los tribunales habían rechazado por
enésima vez las pruebas inventadas y los testimonios pagados por sus
subordinados. Los prebostes del periodismo callaron. Asumían que la
credibilidad de un informador no deriva de su inquebrantable fidelidad a
unos hechos, probados y contrastados. Es un acto de fe ciega: para
aquellos que no quieren ni necesitan ver la realidad. Ni que se sepa.
Por eso El Mundo transmitió en la jornada electoral de 2004 la “convicción moral”
de M. Rajoy (“convencimiento” en A. Acebes, que es más flojo) de que
ETA había atentado el 11M. La moral del actual Presidente y del antiguo
Ministro de Interior tampoco es de este mundo. Pura inmundicia.

Tampoco nadie se rasgó las vestiduras, cuando escucharon y vieron a
Pedro J. lavarse las manos. Todo un Poncio Pilatos del oficio. No asumió
su responsabilidad por haber publicado un editorial en Diario 16.
Defendía y alentaba el asesinato de estado para acabar con ETA. Una
postura que, como insinuó Évole, revelaba que el escándalo de los GAL,
con el que El Mundo se colgó tantas medallas, era el ariete que
empujaron lo justo para desalojar a Felipe González. No acabó ahí el
curso de mugre periodística. Pedro J. tampoco se hizo responsable de un
titular que animalizaba a los nacionalistas catalanes en primera plana.
Es un caso prístino de periodista que va de libre. Pero en realidad va
por libre. Un irresponsable, que sólo se justifica ante sí mismo.
Ejemplo patrio de la “Prensa libre e irresponsable” que critica Yohai Benkler. Él ni siquiera veló porque los medios que dirigía guardasen respeto a los derechos humanos y a la convivencia.

Puso la guinda cuando ante el insistente entrevistador, perro de
presa sonriente, (¡menuda/o pieza se cobró!) aseguró que si era
necesario cogía el teléfono para llamar a Montilla y a Carod-Rovira. Y disculparse así por haberles presentado con un enorme titular: “Triunfaron los animales”. No entiende el pseudoperiodista que debía haber agarrado el listín telefónico de toda España. Y no dejar de marcar números
hasta pedirnos disculpas. A todos nosotros. ¿O es que fabrica noticias
sólo para los políticos profesionales? ¿Para quitarlos y ponerlos? Será
eso. Pero la inmundicia que se publica, cuando no se reconoce ni
denuncia, envenena la democracia. Fue lo que ocurrió. Prometo que el
jueves les muestro lo maltrecha que ha quedado.

Periodistas inmundos, non gratos (I)

Por si se os había pasado. Ahí va un combate en tres asaltos,  también contra la depre que me asaltó después del 10º 11M.

No debiera pasar marzo sin desmentir que el 10º “aniversario” del 11M
superamos la teoría de la conspiración. A la décima fue la vencida. Ya
les vale. Los conspiranoicos hablan de “normalización”, pero la anomalía
continúa. Conservan el estatus de periodistas quienes urdieron la
infotoxicación más aberrante que hayamos conocido. Bendecidos con los
infundios de Rouco
en el funeral del pasado 11 de marzo, siguen sosteniéndola. Menuda
filfa serían este blog y el dichoso 4º Poder en Red, si no cantasen las
verdades del barquero a quienes hunden el periodismo en la inmundicia.

Sé el recelo que puede despertar el repudio de unos pseudoperiodistas, que dan forma de noticia a la mentira (del griego, pseudo: mentira). Aclaro que los responsables de Público
nada han tenido que ver con esta iniciativa. De ningún modo debe
asumirse que la hayan promovido ni que la suscriban. Propongo declarar
periodistas non gratos a quienes nos vendieron tales patrañas que
debemos denunciarles como traficantes de información tóxica. Tan infecta
que, como argumentaré en una segunda entrega, ha degradado el debate
público hasta hacerlo impropio de una democracia. Los periodistas
inmundos se denigran a sí mismos, a la profesión que dicen ejercer y a
la sociedad a la que se dirigen.

Sus falacias sobre el atentado más letal perpetrado en Europa merecen
la condena. No es un ataque, sino legítima (auto)defensa de los
auténticos periodistas. Excepto por los que señalaré, declaro mi respeto
hacia los trabajadores de las empresas aquí citadas. Sus condiciones
laborales resultan lo bastante penosas como para encima imputarles los
desmanes de sus superiores. Se han hecho multimillonarios
precarizándoles y engañando al público. Pobres también quienes aún les
creen. Son peones de un guerracivilismo de baja intensidad, que solo
reconoce las víctimas de su bando. El derecho a la información presupone
que el ejercicio del periodismo sea compatible con un modelo de vida y
de negocio dignos. Ambas cosas son bien difíciles. Pero lo serán aún más
si los ciudadanos y los periodistas con coraje no mostramos la dignidad
con la que los afectados del 11M han resistido una década de mentiras e
insultos.

El verdadero 4º Poder lo formamos todos y todas. Con la tecnología
digital intentamos controlar gobiernos, parlamentos y juzgados. Pero
solo tenemos impacto si nos aliamos con periodistas que se reconocen a
nuestro servicio. Consideran la información como un bien común,
mancomunado: generado mano a mano, con el público que somos su sostén e
interlocutores. Por eso estamos obligados a defender al periodismo y
señalar a quienes lo envilecen. Cuando los profesionales pervierten la
libertad de expresión, nos la amputan a todos. Exijámosles que rindan
cuentas y se retracten. Y, si no, retirémosles lo único con lo que
cuentan: la gracia, el permiso de ejercer como representantes y
valedores de nuestros derechos. No somos mercancía en manos de
periodistas mercenarios, a sueldo de políticos y banqueros.

Un muy alto cargo de un grupo multimedia español me confesaba hace
dos años que el mayor error había sido admitir como colegas a
“demasiados indeseables”. Pues bien, se acabó el colegueo. Porque es
competencia nuestra defender la libertad de expresión del único modo
posible: ejerciéndola sin miedo ni bozal. Identificando a quienes la
malean, máxime si (al contrario que nosotros) cobran por ello y cuentan
con protección legal. Por tanto, denuncio a Pedro J. Ramírez; a su
sucesor en la dirección de El Mundo, Casimiro García-Abadillo, y a
sus conmilitones, Fernando Múgica y Federico Jiménez Losantos, como
periodistas inmundos. Han transgredido la deontología y las prácticas
profesionales más básicas. No lo han reconocido. E incluso se
vanaglorian de ello. Merecen que les declaremos periodistas non gratos.
Claro que hay más. Y, si así lo piensan, quienes nos leen deberían
tomarse el trabajo de denunciarles. Nosotros ya lo hicimos hace una
década, en un libro
colectivo que barría la inmundicia venidera. Siguen ignorándolo, por la
cuenta que les trae. Esto no es un auto de fe, como los que ellos
acostumbran a oficiar. Han ejercido de inquisidores, exentos de mostrar
las pruebas. Se han ahorcado con su propia lengua.

Pedro J., en declaraciones a Salvados
afirmó: “No descarto de plano la participación de ETA en el 11-M, pero
la veo improbable…  No sabemos lo que pasó”. A una semana del
aniversario, el susodicho consideraba improbable (¿sin pruebas?) lo que
durante diez años afirmó como cierto (sin pruebas). El pseudoperiodista
siembra dudas, en lugar de despejarlas, que es lo que le corresponde a
un informador. Éste habla con hechos contrastados e incontestables. Si
no, calla. Pero esta conducta requiere humildad y más trabajo que
alimentar suspicacias y lanzar insidias. Exige una mínima sensibilidad
por la memoria de las 192 víctimas y 1.800 familias heridas. Rasgo
imposible en quienes no han mostrado ni un atisbo de atención a la
estabilidad psíquica y emocional de los afectados. Fruslerías, al fin y
al cabo, para quien se considera inmortal y se instaló en el Olimpo de
la Prensa Mundial hace años.

García-Abadillo, ya como sucesor del Pedro J, afirmó
el 9 de marzo: “Dimos crédito a algunas informaciones faltas de rigor,
que sólo tenían como fin confundirnos y llevarnos a un callejón sin
salida […] Las víctimas merecen que seamos menos arrogantes, reconocer
que todos cometimos errores.” ¿También erró Pilar Manjón? ¿Por eso la
convirtieron en pieza a abatir? El supuesto profesional imputa a
“todos”, a un nosotros implícito que bien pudiera incluirnos, haber
cometido errores. Cree que esto le exime de no habernos sacado de ellos.
Y aprovecha para presentarse como víctima de “informaciones faltas de
rigor”. Las mismas que él fabricó en dos libros – 11-M La vergüenza y Titadyn, este último de 2010 – plagados de pruebas falsas.

Las “investigaciones” de G. Abadillo sólo entorpecieron el juicio del
11-M, alentando que Jamal Zougam, condenado como autor material, se
querellase por falso testimonio contra dos testigos protegidas. El
actual director de El Mundo acusó a dos inmigrantes rumanas de
mentir para conseguir la nacionalidad española. Los tribunales les
avalaron. La misma suerte corrieron el jefe de los Tedax, J.J. Sánchez
Manzano, y el comisario de Vallecas que encontró la prueba clave: se les
abrieron sendas investigaciones que quedaron en nada. Manzano denunció
la trama periodística del Titadyn en su libro Las bombas del 11-M. La policía nunca dudó de que
el explosivo no correspondía con el usado por ETA. A falta de pruebas
que avalasen la conspiración, minaron con insidias la credibilidad de
las admitidas en el juicio. Corrompieron el protocolo más básico del
periodismo de investigación: aportar pruebas irrefutables sobre nuevos
imputados, entregándolas en el juzgado y publicándolas en el periódico.
Sometiéndolas al tribunal de los jueces y al de los ciudadanos. Pero el
periodismo inmundo menosprecia el Estado de Derecho y carece de sentido
cívico.

A falta de evidencias, buenas fueron las declaraciones de otro de los
principales condenados, convirtiéndole, para más inri, en bien pagado. Uno de los testigos privilegiados por El Mundo,  E. J. Trashorras,
declaró antes del último 11M: “No, ETA no tuvo nada que ver. Lo que
dije fueron tonterías. No tenía ningún fundamento para decir eso. Lo
dije sin tener ningún argumento, más allá de querer confundir”.
Estando en prisión, ya le había confesado a su padre que “mientras el periódico El Mundo pague, si yo estoy fuera, les cuento la Guerra Civil española”. Y acto seguido les concedió una entrevista
en la que sostenía: “Soy una víctima de un golpe de Estado que se ha
tratado de encubrir detrás de las responsabilidades de un grupo de
musulmanes…”  El depositario y propagandista de esos infundios fue Fernando Múgica. Mantiene orgulloso en su entrada de la Wikipedia la referencia a la serie Los agujeros negros del 11M.
Y su CV oculto lo componen obras de idéntico rigor. Colaboró con J.J.
Benítez (“mi mejor amigo, periodista honesto”) en dos libros, Ovnis: SOS a la Humanidad (1979) y Existió otra humanidad
(2003). Fraudes arqueológicos, montados a partir de piedras falsas, que
mostraban a hombres y dinosaurios como contemporáneos, visitados por
indios en naves espaciales. Las fotos de estas estafas fueron firmadas
por Múgica.

Al “reportero” que agujereaba la realidad le acompañó F. J. Losantos
en el terreno de la opinión. Al día siguiente de la falsa contrición de
G.Abadillo, sostenía que “habrá más 11-M y más versiones oficiales y
serán todas verdaderas”. Concluía con sarcasmo: “perdón por tanto
error”. Pedro J. suscribió y superó su infamia desde Twitter: “Sólo 3
palabras que añadir a la estupenda columna de Federico: Eppur si muove.
Perdón por los aciertos”. Los errores se habían convertido en aciertos.
Reinciden y alardean, se cuelgan galones. Y claro que se siguen
moviendo, manipulando los hilos de la antigua conspiración… Y de la
próxima. Prepotentes, se saben impunes e inmunes en la ciénaga en la que
chapotean. Me refiero al “fondo de reptiles” (subvenciones ocultas) del
que se alimentan. Seguro que ya han recuperado los 15 millones en
publicidad institucional que El Mundo perdió
tras publicar las cuentas del PP. Pedro J. abandonó el barco que
capitaneaba porque venía perdiendo 400 millones de euros al año. De
Múgica no he buscado información, ojalá haya migrado a Raticulín.
Y a Losantos no le falta de nada entre el diario y la radio digitales,
que erigió durante el aznarato, y otros pesebres que frecuenta.

Campan a sus anchas, anchos ellos con sus falacias. Instalados en “lo
improbable”, el error colectivo, la fabricación de pruebas falsas, el
pago de falsos testimonios, las presiones a testigos y a jueces. Todo
ello ha acabado resultando muy familiar en otros acontecimientos más
recientes. Van de víctimas, sin reconocer ni respetar a quienes lo son.
Sacan enormes réditos, entronizando a las que apadrinan e insultando a
las ajenas. Se declaran valedores de la profesión y la han prostituido.
En el mundo anglosajón, se conoce a estos mercenarios como presstitutes.
Allí han entendido que –aunque esta sea una labor de golfos, descreídos
y libertinos– hay cosas que no se pueden hacer solo por dinero. Sobre
todo, una noticia. Sin un poquito de amor y ciertos límites, se
considera una violación, aunque sea pagada.

El repudio de los periodistas inmundos no tendrá lugar en las
redacciones que comandan, pues allí pagan salarios y deciden ascensos.
No les denunciarán otros medios de forma tan tajante como aquí, por
pensar que tirarían piedras contra su propio tejado. Y porque los
pseudoperiodistas se aprovechan de la falta de coraje para mirar debajo
de la alfombra antes de arrojar la primera. Quien desmiente necesita
haber dicho o exigido la verdad. Casi nadie lo hizo en la profesión. En
caso contrario, el 13 de marzo de 2004 la ciudadanía no habría
denunciado la mentira que propagaba el Gobierno y avalaban el resto de
partidos con su silencio. Las 72 horas previas a la votación pasarán a
la historia como el colapso de un sistema político-informativo. Lo
imperdonable es que se hayan ocupado de rematarlo en los últimos diez
años.

Todos los medios convencionales convocaron el día 12 una
manifestación de repulsa al atentado, diseñada como un acto electoral
del Gobierno. No participaron en su organización los responsables de las
fuerzas de seguridad. ¿Alguien se ha preguntado qué hubiera ocurrido si
los terroristas que se inmolaron en Leganés hubieran querido rematar la
carnicería de los trenes, atentando en las calles repletas de gente?
No, porque la pancarta de la cabecera rezaba: “Con las víctimas, con la
Constitución y por la derrota del terrorismo”. Entonces vivíamos la
entronización de las buenas víctimas (las de ETA), el fundamentalismo
del Régimen de la Transición y la beligerancia antiterrorista (contra
ETA). No es de extrañar que los medios digitales, que no estaban activos
en 2004, fuesen los más críticos con los conspiranoicos en el último
11M.

También callaron las Asociaciones de la Prensa. Demostrando que son
el último ejemplo de sindicatos verticales: representan juntos a los
empresarios y a sus trabajadores. Es decir, representan a los primeros.
Los colegios y sindicatos profesionales mostraron idéntica pasividad.
Quizás por falta de musculatura, propia del rigor mortis, al que parece
abocado el sector. Los responsables de las Facultades de Periodismo que
expidieron los títulos de los inmundos periodistas tampoco abrieron la
boca. No movieron un solo dedo acusador que pudiese depreciar (aún más)
el valor de sus titulaciones.

Podría sugerir a quien nos lee que inundase con una declaración de
repudio a los susodichos los correos electrónicos de las organizaciones
antes mencionadas. Pero lo dejo en sus manos, que para algo las tienen.
Mi llamada se limita a quienes estudian Ciencias de la Comunicación y/o
Información. No quedan otros actores directamente implicados. Al menos
ellos debieran dejar claro que no consideran a los cuatro citados un
ejemplo profesional ni compañeros de viaje. Seguir su trayectoria o
permitir que les identifiquen con ellos les llevará al desastre.
Consideran, como señalaba uno de sus pensadores de cabecera, G. Albiac,
que el periodismo se vincula a “una toma de poder [que] sólo puede
funcionar y consumarse en la noche y en las sombras, entre bruma y
tinieblas.” El oscurantismo es su sello. Y los ciudadanos ya no
demandamos sino que ejercemos mecanismos de participación y
transparencia que acabarán siendo incorporados por la profesión. La luz
es el mejor desinfectante y los taquígrafos del presente, los mejores
periodistas.

Si al alumnado aún le faltan argumentos para declarar personas non
gratas en sus campus a los periodistas, esperen al próximo lunes e
intentaré dárselos. Será una forma de rematar este marzo infame. ¿O
quieren más como este? ¿Hasta cuándo?

Sobrevolando el Estado de Vigilancia

Estos son los cuarteles generales de la NSA. Por fin, sobrevolamos la casa de los vigilantes. Gracias a «un artista» que quiere crear el vocabulario para hablar de lo indecible. Trevor Paglen agarró un helicóptero y la cámara e hizo periodismo de investigación. En lugar de una galería, ha colocado las imágenes en dominio público. Aquí se explica. Gleen Greenwald, el periodista de Snowden, que es abogado, recoge el guante en un proyecto propio que anuncia un nuevo medio digital inspirado en WikiLeaks. El 4º Estado en Red nos abre los ojos.