Hannah Arendt y el ‘juicio final’ a Europa (I)

Decenas de refugiados llegando en un bote lleno de agua a Lesbos.- OLMO CALVO
Víctor Sampedro y Andrea Lorenzo
En tiempos vacacionales, de traslados voluntarios, rescatamos
en tres entregas uno de los capítulos de ‘Los orígenes del
totalitarismo’ de la filósofa alemana. Sus palabras se centran en los
refugiados de la II Guerra Mundial. Las acompañamos de imágenes de una
reciente exposición de Olmo Calvo y generan un déjà vu de los acontecimientos que se libran a las puertas del continente europeo
 Hannah Arendt fue clara en sus reflexiones sobre los orígenes del totalitarismo,tal y como detalla en la obra que lleva el mismo nombre: “El estado de derecho no puede existir una vez se ha roto el principio de igualdad ante la ley”. Europa, puesta a prueba de nuevo con la crisis de los
refugiados, muestra su peor cara. Uno de los encargados de retratarla
ignorando los derechos humanos y posando de perfil para no encarar una
realidad cruda de la que también es responsable, ha sido el
fotoperiodista Olmo Calvo. Ganador del XIX Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña, Calvo expuso su serie “Supervivientes en busca de refugio”
hasta el 27 de julio en el EFTI (Centro Internacional de Fotografía y
Cine). Recuperamos también sus sobrecogedoras imágenes, abriendo heridas
que invocan las palabras de Arendt.
La filósofa  tituló en 1951 un capítulo sobre “El declive del estado-nación y el fin de los derechos del hombre“.
E ilustra la gran cantidad de paralelismos entre las dos épocas. Mas
allá de su faceta más visible y práctica – los muros con concertinas o
el internamiento en campos miserables  de quienes huyen de la guerra–
estamos cruzando la línea roja, que define al Estado de Derecho. No sólo
afecta a quienes ven negados sus derechos a la vida y a la seguridad
-sin atrevernos siquiera a ponerles el opulento adjetivo “dignas”- sino a
todos aquellos que se refugian, en teoría, bajo su paraguas.

“Una vez dejada su patria se convirtieron en personas
sin hogar, una vez abandonado su estado de origen se tornaron en
apátridas; una vez se les privó de sus derechos humanos dejaron de ser
considerados como sujetos  con derecho, la escoria de la tierra. Nada de
lo que se estaba llevando a cabo, sin importar cuán estúpido, sin
atender al número de personas que lo sabía y que había advertido de las
consecuencias, podía haberse revertido o prevenido. Cada acontecimiento
tenía el carácter definitivo de un juicio final, un juicio que no habían
emitido ni Dios ni el diablo, sino que parecía más bien la expresión de
una irremediable y estúpida fatalidad”.

El contexto histórico al que se refiere Arendt es notablemente
distinto al actual. Ella se retrotrae al periodo de entreguerras para
explicar el avance progresivo del totalitarismo, no sólo en los países
que acabaron considerándose como tales, sino en los “civilizados”, que
les siguieron el juego y acabaron moviéndose en el mismo marco en
cuestiones como la de los refugiados:

“La desnacionalización se convirtió en un arma
poderosa de las políticas llevadas a cabo por los totalitarismos, y la
incapacidad constitucional de las naciones-estado europeas para
garantizar derechos humanos a aquellos que habían perdido los derechos
garantizados por este sistema -el de la nación-estado- hizo posible que
los gobiernos que perseguían a estas minorías impusiesen sus valores
incluso a sus oponentes”.

Los regímenes totalitarios marcaron los tiempos y abrieron el camino. Así, Arendt prosigue:

“El periódico oficial de las SS, el Schwarze Korps,
afirmaba explícitamente en 1938 que si el mundo aún no se había
convencido de que los judíos eran la escoria de la tierra pronto lo
haría, cuando mendigos anónimos, sin nacionalidad, sin dinero y sin
pasaportes cruzaran sus fronteras. Y es verdad que este tipo de
propaganda de hechos consumados funcionó mejor que la retórica de
Goebbles. No sólo porque catalogaba a los judíos como la escoria de la
tierra, sino porque las tribulaciones a las que se veía sometido un
grupo cada vez mayor de gente inocente eran como una demostración
práctica de los cínicos alegatos que proferían los movimientos
totalitarios sobre la no existencia de unos derechos humanos
inalienables, y que, por el contrario, las afirmaciones de las
democracias eran meros prejuicios, hipocresía y cobardía ante la cruel
majestuosidad de un nuevo mundo”.

Hoy en día también parece que desde dentro de la sacrosanta frontera
de Europa, con los ángeles custodios del Frontex confundidos sobre su
identidad y atribuciones,  se hacen intentos encomiables por dar la
razón a los positivistas: los derechos humanos no son universales y
mucho menos inalienables. Así, un nuevo jarro de agua fría llega
rebosante desde el Mediterráneo para los naturalistas que defienden la
incondicionalidad de los derechos humanos:

“Los tratados que abordaron la cuestión de las
minorías recogían simple y llanamente lo que hasta entonces implicaba la
lógica del estado-nación que estaba operando. Esto es, que sólo los
nacionales podían ser considerados como ciudadanos, que sólo aquellas
personas con un origen nacional común podían disfrutar de la protección
completa que procuraban las leyes, que los individuos de distinta
nacionalidad necesitaban una ley diferente hasta que fueran o mientras
no fueran completamente asimilados por la nueva cultura o se divorciasen
de la original”.

 

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