Desahogos de un joven periodista

*A continuación reproducimos
la carta de un alumno que prefiere mantener el anonimato y que fue dirigida a
Víctor Sampedro, tras haber cursado la asignatura de Comunicación Política.
Denuncia la precariedad laboral que sufren tantos otros jóvenes periodistas, la
imposibilidad de ganar un salario digno y, casi peor en términos vocacionales,
de sentirse desempeñando un trabajo digno.

Le
cuento mi situación, a grandes rasgos. Trabajo como colaborador en la web de un
periódico desde diciembre. Mi labor consiste en publicar 20 temas mensuales de
actualidad local. Si es posible, orientados a la obtención de visitas. Eso me
aporta 300 euros al mes (255, si restamos el IRPF). Sin entrar a valorar la
temática ni la remuneración (creo que no es necesario) paso al siguiente punto.
También trabajo, esto sí, con contrato (de dos meses), en un periódico
temático. En este me piden: un par de temas diarios para la web y entre 3 y 5
páginas para los periódicos impresos, que salen cada quincena. Entretanto,
tengo que mover mis temas en redes sociales, preocuparme por el posicionamiento
de lo que escribo y buscar anunciantes, con primas aparte en función de lo que
inviertan. Con todo, no llego a los 700 euros mensuales, menos impuestos.
Y
fíjese: este es mi mayor logro. Por primera vez en mi vida, a final de este mes
voy a rozar los mil euros, trabajando de siete de la mañana a nueve/diez de la
noche, desde casa, con mi cámara, mi ordenador, mi teléfono y mi señal de
Internet. Después de haber acabado una carrera, de estar al filo de terminar
otra. Después de haber cubierto varios eventos deportivos (dos de ellos en el
extranjero) y realizado varias prácticas en empresas con cierto nombre. Después
del sacrificio de mi familia para sufragar todo esto. Algo debe fallar. Creo
que no sirvo para esto. Y me doy unos seis meses de plazo para cerrar los ojos,
enviar mi CV a Carrefour y cruzar los dedos.
Hace
unos días planteé un reportaje para el medio en el que colaboro. Me piden que
sean ligeros, sin necesidad de una gran documentación. Fue un día horrible.
Después de cubrir un par de ruedas de prensa para el otro periódico y redactar
las correspondientes entradas, después de trasnochar para llegar a tiempo con
mis páginas para la edición impresa, a las 17 horas me planté en el lugar donde
pretendía recabar los datos necesarios: el que fue mi instituto. Entre aquellas
paredes brotó el gusanillo del periodismo, crecí, tropecé un par de veces y
hasta me enamoré. Aquella tarde entré y saludé a los conserjes como quien llega
a casa y saluda a mamá al volver del cole. Esperé tres cuartos de hora a que
una de las responsables del centro llegara. Me identifiqué, entré en su
despacho y comenzó la entrevista.
Respondió
escueta a las dos primeras preguntas. A la tercera, fue la vencida. Mi duda
tenía que ver con el tratamiento del profesorado hacia el colectivo de alumnos
con cargas familiares o laborales, cuestión que pretendía centrar mi reportaje
de aquel día.
“Los
profesores son comprensivos con los alumnos a la hora de evaluar, ¿no?”
Yo
pretendía una respuesta tipo: “Los centros públicos nos regimos por una serie
de normas que garantizan la equidad entre el alumnado y no podemos facilitar el
aprobado. No obstante, los profesores son conscientes de las dificultades a las
que se enfrentan estos jóvenes, por lo que tratan de adaptar el calendario y
fomentan la evaluación continua”.
Sin
embargo, esta fue su contestación:
“La
entrevista ha terminado. Salga de mi despacho. ¿Qué se cree? ¿Que puede llegar
aquí e insinuar que nos saltamos la normativa?”
Me
echaron del despacho, pero insistí en quedarme y debatí con aquella profesora,
que me acusó de falta de rigor, entre otras cosas. Cuando le conté mi situación
—empecé por lo laboral, pero rocé incluso algún tema personal—, tras una charla
de lo más fructífera de hora y media, acabamos intercambiando tarjetas.
Encuentro
en esta anécdota un par de asuntos que van de la mano del discurso que
pronunció antes del examen de la asignatura que cursé con usted. En primer
lugar, la cuestión de la normativa para alumnos semipresenciales, que desató el
brote colérico de mi interlocutora. En segundo, y aquí es donde quiero llegar:
el rigor periodístico al que usted hacía alusión. Cuando caí en la cuenta de la
pregunta que había planteado (mal formulada, demasiado pronto y políticamente
incorrecta, al menos en un entorno en el que no hay suficiente confianza) se me
cayó la cara de vergüenza. Aprendí, desde luego. Pero al mismo tiempo (disculpe
la autocompasión), me aseguré que después de ese día de trabajo y
desmotivación, aquel cruce de cables era absolutamente normal, perdonable,
científicamente explicable, humano y hasta periodísticamente correcto si se
presenta en su contexto.
Por
supuesto, considero que el rigor nace en el interés del alumno por aprender
—aprehender, palabra que para mí tiene matices que van más allá de la
memorización—, por escribir, compartir con sus compañeros, entender de raíz el
sistema político y su comunicación, la historia de España y las normas a la
hora de escribir artículos de opinión. Pero la falta de rigor, incuestionable
en una amplia mayoría de los periodistas españoles, tiene que ver con la
situación laboral que aceptamos, que nos impide desarrollar en plenitud nuestro
trabajo. Cuando veo lo que escribo y cómo lo escribo me avergüenzo, llego a
pensar que lo hacía mejor cuando editaba la revista del colegio o cuando
redactaba una especie de diario en Bachillerato.
Yo
mismo, en uno de los ensayos que entregué para su asignatura, acusaba a los
periodistas de que la falta de credibilidad de la prensa en nuestro país es
atribuible a los propios periodistas, y no a las empresas o a los anunciantes.
Lo sigo pensando. Pero ahora empatizo con quienes tienen que sustentar una
familia y tragan con las órdenes de sus jefes para elaborar contenidos, cuantos
más mejor, enfocados a las visitas, sin suficiente contraste y con un estilo de
calidad nula.
Me he
rendido un poco, soy uno de esos periodistas, bueno, trabajadores, a los que
siempre he criticado. El siguiente trecho, como le decía, llegará dentro de
unos meses si no encuentro algo mejor. Abandonar.
Gracias
por su atención, si ha llegado hasta aquí. Solo pretendía desahogarme con
alguien que no me dé la razón sin más.

Memoria de las Cigarreras de Lavapiés

«Desde el primer día que accedí a la vieja fábrica de tabacos de Embajadores como promotor, con Jordi Claramonte, del proyecto de cesión del espacio de tabacalera a los movimientos sociales del barrio de Lavapiés y de la ciudad de Madrid. Incluso antes de abrirla al público, con las primeras visitas guiadas que organicé para contar la memoria del edificio, hablar a los curiosos de las luchas de los movimientos sociales en el barrio y sobre todo de lo que ibamos y se podía llevar a cabo en él, a partir de la cesión: nos encontramos con Las Cigarreras.» (…)

Sigue leyendo el artículo completo aquí: http://tinapaterson.com/wp/?works=cigarreras-metodos-y-tiempos.
D.