Podemos a la parrilla (III): La remezcla de la nueva y la vieja comunicación política

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red (@4PoderenRed)
Esta es la tercera entrega de una serie sobre la cobertura informativa de Podemos.
Lo muy innovador no triunfa: no se entiende, desconcierta o asusta a las mayorías. El éxito reside en una estrategia híbrida, que combina los medios según sus audiencias (número de inviduos atentos o sintonizados) y su relación con los públicos (pasivos en los tradicionales y activos en los digitales). La remezcla de lo existente y lo novedoso parece ser la fórmula adecuada.
Podemos tiene algo de berlusconismo: liderazgos y canales televisivos propios, aunque su escala no sea comparable. Los programas de TV digital de Podemos – en plataformas o cadenas ajenas – señalan una situación más débil que la llamada “TDT party” (confluencia de Tea Party y televisiones digitales en abierto) y en manos de la (ultra)derecha. Estos canales fueron los primeros que se abrieron a P. Iglesias. Y coinciden con Podemos en que el proyecto político se fragua, primero, como comunicativo. Esto es, el medio antecede al partido. Podemos buscaba en estas televisiones visibilidad: audiencias masivas, movilizables  hacia el voto (si son afines) o a la abstención (si son contrarias). No quería construir un “media party”, que es como se catalogaba a Forza Italia. Este modelo presupone un control mucho mayor de la televisión en abierto y masiva.
Podemos también hegemonizó la Red, sumando y canalizando la actividad de los internautas. Otro condottiere mediático, esta vez digital, Beppe Grillo ha sido tambien invocado como referente de Podemos. Les diferencia la personalización, el centralismo y el autoritaritarismo del cómico italiano en su organización(1). La tecnopolítica digital también ligaría Podemos y el Partido X, máximo exponente de un partido en red: sin nombres ni caras públicas, llevó las lógicas del entorno digital a sus últimas consecuencias. Comparte con Podemos la premisa de que la arquitectura comunicativa precede a (y así determina) la estructura organizativa. La concentración y flujos de información, las ventanas de transparencia y participación determinan el reparto del poder. Esto en el Partido X era un axioma, que postulaba el ámbito digital como prioritario para el activismo y la movilización electoral.
Podemos ha cooptado miembros e iniciativas de este “partido en red” pionero, que ya no se presentará a más elecciones, tras no conseguir escaños en el Parlamento Europeo. Y Podemos, en lugar de absolutizar la Red como plataforma única o prioritaria, la subordina a la construcción de un partido más convencional, que antepone la movilización en las calles o hacia las urnas. Esto último, el “asalto electoral” a las instituciones, les diferencia del quincemayismo menos politizado.
Pero las novedades de Podemos como partido provienen del 15M o la tecnopolítica. Del primero toma la transversalidad, el asamblearismo, los mecanismos de revocación y transparencia, el autofinanciamiento con micromecenazgos… nada de ello posible sin Internet. Y, como ya apuntamos, Podemos usa las redes sociales no sólo como medio de comunicación, sino también de organización. Votaciones masivas con dispositivos digitales han decidido la estructura, los candidatos y los programas. Y se han combinado con asambleas multitudinarias, locales o sectoriales, que también se apoyan en herramientas digitales para alcanzar consensos. Podemos destaca como el mayor usuario de Reddit, Loomio o Appgree.
El nuevo partido entendió la televisión como plataforma en la que las elites se proyectan según sus disposiciones e intereses. Aquí se trataba de introducir “el sentido común” y articularlo políticamente, para alterar la correlación de fuerzas. Algo que las elites constataron con los primeros resultados electorales. Podemos utilizó la Red para promover la conversación social y rentabilizar la autonomía de su público afín. Éstos constituyeron comunidades de afinidad (a veces anteriores a los grupos de militancia presencial o Círculos), viralizaron y remezclaron los programas de Podemos.
La secuencia ha sido, por tanto, primero asegurarse una producción propia (académica y televisiva), que acabaría adoptando el formato de tertulia. Difundirla, al mismo tiempo, en canales ciudadanos: al inicio, una televisión local (Tele K, decana de la televisión comunitaria madrileña desde 1992, amenazada por la Comunidad de Madrid) y, luego, las redes sociales. Así Pablo Iglesias logró captar la atención de algunas televisiones digitales extranjeras, a las que su equipo de producción entregaba el programa cerrado. Luego le invitaron a las tertulias de las teles digitales de la derecha y, finalmente, de dos cadenas generalistas en abierto (Cuatro y La Sexta). La televisión (hegemónica en la dieta mediática, incluso de los internautas) y las tertulias (el formato de “información” política por excelencia)  daba visibilidad. Pero fue la Red la que permitió el trasvase hacia las grandes televisiones. Y las redes sociales cooperaron simbióticamente con las cadenas privadas, aumentando su difusión, viralizando los programas o los fragmentos más intensos de las tertulias. Sin embargo, la estrategia de colaboración parece haber llegado a su fin.
(1)Treré, E. y Barassi, V. (en imprenta). “Net-Authoritarianism? How Web Ideologies reinforce Political Hierarchies in the Italian ‘5 Star Movement’”, Italian Journal of Cinema and Media Studies, vol 3:3.
Este texto remezcla y simplifica el artículo de Víctor Sampedro que aparecerá en el próximo número de la revista Teknokultura
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Podemos a la parrilla (II): De cómo la hegemonía era contra-hegemónica

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red
Esta es la segunda entrega de una serie sobre la cobertura informativa de Podemos.

La fuerza política revelación de 2014, Podemos, ha pasado en menos de un año del apagón a la sobre-exposición mediática. De la inexistencia pública al acoso simbólico. Los más pesimistas y amedrentados vaticinaban: “la casta va a morir matando”. Algunas de sus armas son la prensa de papel, en manos de los acreedores bancarios, y los “entes” radiotelevisivos, controlados por las administraciones públicas. Ambos sectores mediáticos transitaron del silencio ominoso al ruido constante sobre el nuevo partido. Las televisiones privadas, por su parte, después de haberse lucrado con “la burbuja mediática de Podemos”, mantienen audiencias altas, si se dedican a desinflarla.

Todo empezó en Somosaguas

El éxito mediático de Podemos parte de las teorías de la hegemonía ideológica que estudiaron sus líderes[1]. Su estrategia se asienta en la combinación secuencial de producción audiovisual propia, del uso intensivo de redes digitales y de una utilización estratégica de los medios tradicionales. Si bien, las limitaciones a las que se han ido enfrentando dan buena cuenta de la importancia que sigue teniendo la economía política de los medios convencionales, aún mayoritarios, y todavía decisivos para disputar esa ansiada hegemonía.

El germen de Podemos fue la asociación estudiantil “Contrapoder”, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, en el campus de Somosaguas. Asociación a la que, tiempo después, se sumó un nuevo actor universitario, nacido de la alianza de profesores e investigadores críticos de dicha Facultad, que fundaron “La Promotora”.

Bajo el amparo de esa red, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, celebró en mayo de 2010 el seminario 99 Seconds, one step beyond. Transición, calidad democrática e impunidad: nuevas perspectivas generacionales. El título ya ilustraba entonces la carga simbólica generacional que encarnaría posteriormente Podemos. Ya en ese momento están presentes los ingredientes básicos de lo que será después su discurso: impugnación de la Transición, cuestionamiento de la calidad democrática del régimen al que dio lugar, y necesidad de purgar las responsabilidades.

Esta experimentación con formatos televisivos y con cierto toque de cultura popular, potenciada con estrategias de difusión en las redes digitales, llevaron a que cuatro años después (el 25 mayo de 2014) Podemos lograra cinco eurodiputados y 1.245.948 votos en la primera elección a la que se presentó.

Unos constructivistas heterodoxos

El perfil comunicativo de Podemos responde al enfoque constructivista que, con ciertos toques posmodernos, comparten sus líderes, todos ellos politólogos de la citada Facultad. Su trayectoria responde a lo que Pierre Bourdieu llamaría la transformación de capital cultural o intelectual (el único con el que en verdad contaban) en capital simbólico (mediático) y, de ahí, en político (puestos de representación pública).

No son posmodernos, relativistas ni cínicos. Tampoco políticos profesionales. Su objetivo no es solo electoral. No buscan sumar siglas partidarias ni de movimientos sociales, sino rearticular los actores políticos existentes, dotándolos de nuevas narrativas. Quieren pelear el significado de los significantes clave, los términos fetiche del sistema político: “democracia”, “pueblo”, “izquierda-centro-derecha”. Intentan, por tanto, emplear los medios de comunicación para, en palabras de Íñigo Errejón, “articular distintos grupos sociales, en una dirección nueva y universal que trascienda sus particularidades”.

El éxito electoral y demoscópico de Podemos respondió a su habilidad para esa resignificación del voto, desvinculándolo del eje izquierda-derecha. Porque, según sus análisis, este marco discursivo afianza el bipartidismo de facto en España (PP-PSOE), que el nuevo partido vino a impugnar.

“Consenso conflictivo” e identidades en disputa

No menos relevante ha sido cómo Podemos canalizó electoralmente “la indignación”. Las encuestas muestran, desde hace años, un “consenso de conflicto o conflictivo”. Se trata de un clima social mayoritario, de simpatía y adhesión a las demandas del 15M que pone encima de la mesa el conflicto, para graduarlo y gestionarlo de forma abierta y participada. Es un consenso, por tanto, contrario (incluso antagónico) al de la Transición (basado en acuerdos entre elites, a puerta cerrada y con vetos). Su implantación es tan mayoritaria y trasversal en la sociedad como las adhesiones que Podemos convocó en el cuerpo electoral.

Podemos concibe la comunicación política transformadora como el intento de modificar los discursos que las mayorías sociales reciben y generan. Lo que escuchan y se cuentan, ven y difunden, leen y escriben sobre sí mismas. Las narrativas importan porque definen (en realidad, construyen) esa mayoría social y lo que le mueve a votar o protestar. Para que se pongan en movimiento importa, sobre todo, determinar contra quién han de hacerlo y en nombre de quién.

Los líderes más televisivos de Podemos dieron nombre al “enemigo”, imprescindible para activar las identidades políticas. Señalaron “la casta” como el objetivo a desalojar de las instituciones. Presentaron al “pueblo”, como víctima del ajuste económico y de “la corrupción” del “Régimen del 78”. A fin de cuentas, el ambiguo e indefinido proyecto electoral del partido se limita a dos objetivos: 1) sustituir las políticas regresivas de ajuste económico por otras expansivas, garantes de bienestar social y crecimiento sostenibles; 2) abrir “el cerrojo” de la reforma constitucional, tras purgar la corrupción.

La efectividad mediática de Podemos resulta tan innegable (hasta el momento) como incierto el futuro. Su irrupción en el Parlamento Europeo dejó en situación de interinidad al principal partido de la oposición y a la Jefatura del Estado. El antiguo líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba y el Rey Juan Carlos I tuvieron que dar un paso forzoso (muy forzado) a sus reemplazos.

En el arranque de 2015, aquel partido friqui era ya una amenaza. El resto de los partidos ya no parodiaban, sino incorporaban, su discurso mientras que, al mismo tiempo, intentaban revertirlo en su contra.

Releyendo a Gramsci: España 2015

Toda hegemonía, sostiene Gramsci (y suscriben, sin duda, los ideólogos de Podemos), será siempre contingente. Por ello, la estrategia mediática será también variable. Quién articula y capitaliza “una voluntad colectiva nacional y popular” (el objetivo gramsciano de toda disputa hegemónica) depende de la correlación de fuerzas y, no menos importante, de las narrativas que emplee.

Según el post-estructuralismo que suscriben los politólogos de Podemos, el discurso crea los actores políticos (y no al contrario), al presentarlos como protagonistas de un discurso que acaba determinando la forma de percibir y defender sus intereses. Nada está predeterminado. Ni siquiera por el control de los medios de producción o comunicación.

Sin embargo, tras el arranque del ciclo electoral (que concluirá con las próximas Elecciones Generales, a finales de 2015) el tablero político-comunicativo muestra una capacidad de resistencia considerable. No debiera menospreciarse la sacudida y obligada mutación que imprimió Podemos en el resto de partidos. Su éxito ha sido considerable en términos discursivos, pero la visibilidad alcanzada ha mutado, en poco tiempo, de favorable a hostil.

En lugar de hegemonía, Podemos quizás haya generado contra-hegemonía: oposición manifiesta. Desbordó los límites del discurso legitimado, sí, pero esto no parece suficiente para desplazar -al menos todavía- a sus portavoces.

[1] Es especialmente significativo al respecto, la tesis doctoral de Ínigo Errejón, secretario político del partido, sobre el proceso de hegemonización del MAS en Bolivia. Puede descargarse en: http://eprints.ucm.es/14574/1/T33089.pdf

Este texto remezcla y simplifica el artículo de Víctor Sampedro que aparecerá en el próximo número de la revista Teknokultura.

Podemos a la parrilla (I)

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red


*Esta es la primera entrega de una serie que publicaremos sobre la cobertura informativa de Podemos. Nos basamos en las Sesiones del Curso sobre Esfera Pública Digital del Máster CCCD.

Ha pasado un año desde la irrupción de Podemos. Un año en el que, de nuevo, se demostró que la esfera pública española es un campo de batalla donde impera la ley del más fuerte: un darwinismo mediático marcado por las alianzas partidarias y económicas de los medios de comunicación convencionales.

Podemos fue clave al introducir en los medios el discurso quincemayista, crítico con la Transición y con el Régimen del 78. Sin embargo, ese discurso corre el riesgo de ser fagocitado por Ciudadanos, partido más afín a las élites que Podemos pretende combatir. La lógica mercantilista y las alianza partidarias señalan una secuencia marcada por: la guerra de audiencias, el cierre discursivo y la guerra sucia.

Primera fase: la audiencia lo es todo

Podemos da audiencia. Pablo Iglesias aumenta el número de espectadores de los programa televisivos en los que aparece gracias a: su particular lenguaje, que mezcla lo emocional y lo estético; su temple, al hacer frente a tertulianos vociferantes y acostumbrados a la marrullería; y al incipiente “discurso del sentido común”, que más tarde se convertirá en el principal eslogan de su formación. Características que conectan, casi instantáneamente, con el imaginario del público.

Sin saberlo, en su afán por ganar audiencia, los medios permiten que el latente “No nos representan” derrumbe su muro mediático. Antes, dicho discurso había pasado tres años a fuego lento en los medios alternativos, calando poco a poco en la opinión pública.

Fue desde principios de 2014 cuando Iglesias logra introducir un discurso que recoge, ente otras, las principales demandas de la PAH y de las distintas mareas, así como las voces más críticas con el capitalismo… Las lanza, ni más ni menos, que en prime time. La falta de carisma y aparente desconexión con la realidad de los principales líderes políticos (Rajoy en el PP, Rubalcaba en el PSOE, Cayo Lara en IU) hacen el resto: le ofrecieron en bandeja la rampa de lanzamiento para un mensaje que se llevaba perfeccionando cinco años.

Justo cinco años antes de las Elecciones Europeas de 2014, Pablo Iglesias presentó el primer programa de 99 segundos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Un espacio de debate creado por alumnos y docentes de la propia universidad. Poco tiempo después comenzó a emitirse La Tuerka en la televisión local de Vallecas, TeleK. Después, Iglesias da el salto a la TDT, donde sorprende a tertulianos de extrema derecha, a quienes utiliza de sparring mediáticos. Se entrena con ellos, pule su estilo y entra en los platós de las grandes televisiones.

El último paso de esta etapa se da en los platós de Cuatro y La Sexta. Desde ahí, la figura mediática de Pablo Iglesias se transforma en Podemos. Logrará más de un millón de votos y envía cinco diputados al Parlamento Europeo.

Segunda Fase: el cierre discursivo

Los resultados de las Elecciones Europeas son el primer toque de atención. Por primera vez en 30 años, los votos de PP y PSOE sumados no superan el 50%. Hasta aquel momento, las élites y los medios del bipartidismo se habían limitado a ignorar a Podemos. A partir de entonces, empezarán a considerarlo una amenaza.

Las encuestas demoscópicas de septiembre de 2014 comienzan a mostrar que la formación liderada por Iglesias no había sido una simple receptora del voto de protesta en unas elecciones menores. Podemos se consolida como opción política, y los poderes políticos empiezan a darse cuenta de que el espacio discursivo de Podemos debe cerrarse. Mensaje que pronto encuentra correlación en los medios convencionales, que actúan en consecuencia.

La reprimenda llega incluso a darse en antena. Esperanza Aguirre, líder del Partido Popular en la Comunidad de Madrid, cuestionó en directo el tratamiento informativo que un medio de comunicación privado había dado a las elecciones griegas, así como la relación establecida entre Syriza y Podemos. Aguirre calificó de “propaganda” dicha cobertura y terminó increpando a la presentadora.

Los medios captaron el mensaje. La estrategia es clara: generar la mayor visibilidad posible del partido (aprovechando su tirón de audiencia), pero con un sesgo mediático negativo. El grifo de la transmisión de ideas se cierra y los miembros de Podemos ya solo aparecerán para defenderse de ataques y descréditos. La formación de Iglesias tiene parte de responsabilidad en este giro. Si responde a las preguntas de los periodistas sobre las líneas básicas de su programa diciendo que esto será consultado a los expertos y a los seguidores, solo cabe centrarse en lo líderes. Serán objetivos a batir.

Portada de ABC del 10 de febrero de 2015:

Portada de La Razón del 27 enero de 2015:
Tercera fase: comienza la guerra sucia
La última etapa comienza con la campaña contra Juan Carlos Monedero. Dicha estrategia cumple con éxito sus objetivos: derribar al número tres de la formación, implantar el mensaje de que nadie está limpio de corrupción y frenar el impacto electoral de Podemos. Era el bloqueo al potente inicio de campaña electoral que había protagonizado tras la multitudinaria convocatoria de la Marcha por el Cambio.
La portada de ABC (10/02/2015) fue significativa de las prioridades informativas imperantes. Era el día después de la eclosión del escándalo de la lista Falciani. El periódico utilizó su portada para, en vez de dar cuenta de ello, atacar la imagen de las universidades españolas. ¿Tendría algo que ver la presencia del apellido Luca de Tena –fundador e histórico editor de ABC– en la lista?
Surge la paradoja. Mientras medios de todo el mundo tratan las lista Falcini, los principales medios españoles hacen caso omiso y dedican un amplio despliegue a Monedero, profesor universitario, y sin ningún puesto de responsabilidad política. En contraposición, nadie dedica atención a cómo un banco internacional ha orquestado una operación masiva para que las principales fortunas del país rebajen al mínimo su carga impositiva, Una vez más, la esfera pública española vuelve a traicionar el derecho a la información de los ciudadanos.
Portada El Mundo 10 de febrero 2015:
Portada El País 10 febrero 2015:
Para El País, los vagos recuerdos de Claus Offe, un académico de ochenta años que reconoce tener “mala memoria”, son utilizados para acusar en portada a Juan Carlos Monedero de haber falsificado su currículum. Una decisión periodísticamente inaceptable que lleva, días después, a la Defensora del Lector del propio diario a reprender al director adjunto del periódico y a pedir disculpas a los propios lectores.
A la maniobra contra Podemos se suman incluso las instituciones del Estado. Cristobal Montoro, ministro de Hacienda, utiliza el fisco español para amedrentar a Iglesias, Monedero y al resto de miembros del partido. Estrategia que es definida, incluso por Federico Jiménez Losantos, como una “vulneración de sus derechos” contraria al marco legal sobre protección de datos fiscales vigente en España.

Sin embargo, la campaña consigue sus objetivos. Se descubre que Hacienda llamó uno a uno a los españoles de la lista Falciani para que se pusieran al día con sus obligaciones fiscales. Pero Monedero tuvo que presentar una declaración complementaria, dar una rueda de prensa con las facturas de su trabajo y apartarse, finalmente, de la primera línea del partido.

La estrategia político-mediática se había cumplido. Refuerza lo existente y frena lo emergente.

Continuará…