2015: ¿cibermultitudes en el poder?

Millán Fernández
Politólogo, consultor y analista político (@millanfernandez)

Este que abre es un año apasionante en lo político y en donde se hace obligatorio poner el foco de atención en una primera parada: Grecia. El país heleno, cuna de la civilización occidental y del concepto de Democracia, que ha sufrido como pocos del continente la estafa turbocapitalista en curso, nos brindará la oportunidad de comprobar si la catarata de amenazas amplificada por la propaganda del Partido del Orden -bipartidismo de Nueva Democracia y PASOK- y por buena parte de los mass media, surtirá el efecto deseado por los intereses de la financiocracia global: preservar para la periferia europea un régimen deudocrático permanente que exprima su sangre a los pueblos al tiempo que les reserva un papel testimonial y subalterno basado en mano de obra semi-esclava a precios bajos para el Norte. Sabremos entonces si esta anomalía de subyacente inspiración totalitaria e imperialista alrededor del tótem del mercado y la moneda única se ha consumado ya por fin para una era de predominio post-moderno en cuanto a valores y pre-moderno cuando atendemos a estructura económica, relaciones políticas o ideales en tensión. Pero hay resistencias. Y respuestas alternativas.

La coalición de izquierda radical Syriza acude a estas precipitadas elecciones con opciones reales de acceder al gobierno de Atenas después de un proceso de construcción y consolidación pausada -así como de experiencias acumuladas en estos años de Gran Regresión- habiendo hecho un giro centrista y pragmático. Se presenta ante un pueblo exhausto por las reformas de castigo neoliberal y la ortodoxia austeritarista auspiciada por el diktat del eje franco-alemán y la Troika, que lo arrojaron al límite del colapso social. Con un programa socialdemócrata clásico que contempla una inexorable reestructuración de la deuda odiosa. Y los griegos, heridos en lo más hondo en su dignidad nacional debido a la intervención flagrante de poderes ajenos, acudirán a las urnas con la sensación de haber sido cobayas de laboratorio en manos de élites que substrajeron hasta el último reducto de soberanía; pero ahora tienen la oportunidad de cambiar el rumbo sirviendo de inspiración a las sociedades del Sur y avanzando tal vez una reconstrucción constituyente, y si fuere posible, en el seno de unas instituciones comunitarias corroídas por la corrupción que implica violentar las voluntades populares renunciando a la aspiración primigenia de representarlas según lo expuesto en la promesa fundacional. Y no sólo por el pecado original de no haber sido elegidas democráticamente, si no por la degradación de los últimos tiempos en su dependencia extrema del gran Capital.

Sería mortal para el proyecto histórico de paz e integración regional, política y cultural europea seguir abandonando a los griegos menospreciando su legítimo anhelo de justicia social. Ya vislumbramos las grietas también dentro del precario equilibrio multicultural en el seno de las sociedades alemana, francesa o del Reino Unido -y también respecto de la institucionalidad de la UE- pero la gestión de este caso determinará la suerte de todo el edificio. En palabras de Yanis Varoufakis, autor de El Minotauro Global: “necesitamos un New Deal para Europa” (1)  que destierre la idea de ella asociada al rigor presupuestario y al economicismo cruel e insolidario que deja en el camino a millones de seres humanos.

En el estado español, el año se presenta asimismo caliente, y no menos interesante; elecciones municipales y generales que se celebran en condiciones excepcionales. Desde principios de la década experimentamos un imparable proceso de aceleración histórica: eclosión del movimiento indignado del 15-M , con su evolución, ramificaciones y repercusión en el ciclo movilizador -enfriado- y potencialmente destituyente subsiguiente, mayoría absoluta de la derecha, crisis de partidos e instituciones del Régimen del 78 alimentada por el afloramiento de tal cantidad de casos de corrupción que advierten un sistema cleptocrático ineficiente, proceso soberanista catalán, fin de la actividad armada de ETA, abdicación del Jefe de Estado post-franquista e irrupción de una fuerza que pronto revolucionará el panorama del sistema de partidos que habíamos conocido hasta la fecha.

Dejando a un lado otro tipo de consideraciones acerca de Podemos en las que coincido en buena medida con lo expuesto por el profesor de Derecho Constitucional de la UB, Gerardo Pisarello, de Guayem, en un artículo aparecido en Público (2) -sobre todo en lo referido a que “si Podemos aspira a gobernar y transformar las actuales relaciones de poder necesitaría no sólo a IU o Equo si no a ERC, Bildu, Anova, CUP, ICV, Compromís o BNG”, como fuerzas vertebradoras de la ciudadanía más consciente para resistir los ataques que vendrán- hay otras circunstancias que hacen común las luchas en Grecia y aquí y que van más allá de programas económicos y políticos más o menos concordantes, salvando las distancias entre realidades incomparables: el papel jugado por las llamadas cibermultitudes en red tanto en la denuncia y deslegitimación de las entrañas corruptas del poder establecido y su papel en la revelación de los secretos oficiales3 como en su crucial hacktivismo a la hora de liberar y compartir información saltándose los canales de comunicación unidireccional, o fomentando el debate y el acuerdo -virtual- a través de distintas plataformas sin renunciar al encuentro físico. Muy al contrario.

Las cibermultitudes en red han ayudado a repolitizar el conjunto social en y gracias a la experiencia digital y al -buen- uso de las redes sociales y demás herramientas de la web 2.0. También se han nutrido de información alternativa en un escenario de transformación imparable del periodismo, convirtiéndose en flujo constante de contrapoder mancomunado que “reventó” en fenómenos de inspiración tecnopolítica y asamblearia como el 15-M (4) en España o, anteriormente, en las llamadas Primaveras árabes. De alguna manera, el Cuarto Poder en red (5) del que habla el catedrático Víctor Sampedro ha tomado forma corpórea en el tránsito de la indignación como causa hacia el deseo de cambio como consecuencia y empieza a vehiculizarse a través de ofertas políticas que sintonizan y aspiran a capitalizarlo -imposible, por incontrolable- proyectándolo en las instituciones. Estas dinámicas se habían gestado en Syntagma o Sol a rebufo de lógicas hijas directas de la sociedad-red que escudriñó Manuel Castells en Comunicación y Poder hace más de una década. Y el resultado de sus consecuencias es palpable.

Entonces, si hubo una fuerza en el estado español que ha sabido interpretar el entorno digital y su creciente influencia en la conformación de la agenda informativa y de la opinión pública contra-informando a la vez, para las masas, esa ha sido Podemos. Como “heredera” en el plano político del fenómeno movimentista surgido a raíz del 15-M -impulsado por nativos digitales- e imbricada en otras redes tejidas en la sociedad como la impulsada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, supo leer el potencial político que tiene adaptar los marcos discursivos al sentimiento de la comunidad bebiendo de el para lanzar mensajes al común. De ahí que otros actores no acierten a encuadrarla convenientemente: desde “populistas bolivarianos” por la derecha a una suerte de “oportunistas lerrouxistas” por parte de cierta izquierda y sectores nacionalistas de las naciones sin estado. Y la clave estriba, a mi juicio, en el entendimiento y la simbiosis generada entre el nuevo sujeto político articulado y una multitud preferentemente conectada que apuesta por nuevas formas de ciudadanía pero que está presa en parte, todavía, por cierta banalización del compromiso cívico.

Pablo Iglesias -y demás notables estudiosos de la demoscopia y de la sociología electoral que promovieron la iniciativa después de captar la ventana de oportunidad que surgía- es el primer líder español genuinamente 2.0: de la batalla comunicativa en red y en el ámbito académico dio el salto al campo de las tertulias televisivas y demás medios tradicionales para cubrir el vacío de nuevos relatos, saciando la demanda, y creando opinión contra-hegemónica. Ahí reside una de las explicaciones posibles de su fulgurante éxito, pero también algunas de sus posibles debilidades en el largo plazo.

Como recoge el periodista lucense Anxo Lugilde en su ensayo De Beiras a Podemos (6), o apuntaba Enric Juliana hace meses en La Vanguardia (7), la experiencia de Alternativa Galega de Esquerda (AGE) en las autonómicas gallegas de 2012 sirvió como banco de pruebas del que Pablo Iglesias extrajo enseñanzas y algunos de los rudimentos que aplica hoy en primera persona a nivel general. Sobre todo en aquel apartado comunicativo que no desprecia el potencial que atesora un buen trabajo en red, con su contrastada repercusión en la agenda pública. También por la claridad del mensaje, contundente y directo, como hace Xosé Manuel Beiras desde los años 70.

Otra generación, a través de otros formatos y en otros contextos, lidera hoy el deseo colectivo de cambiar las sociedades para que los de abajo tengamos voz en las decisiones que nos afectan. Es el reto de la participación y de la complementariedad ciberdemocrática. De lo contrario, esas cibermultitudes en red serán igualmente implacables fiscalizando a cualesquiera nuevos inquilinos del gobierno. Y este podría ser el año en el que los gobiernos, por vez primera, sean suyos. Estaremos atentos, por supuesto. También en la red.

Referencias:

1. Grecia, los cien primeros días de Syriza, entrevista a Yanis Varoufakis. Revista SinPermiso.

2. “Podemos y el derecho a decidir”, Gerardo Pisarello. Publico.es, 2 de Enero de 2015

3. Revelaciones de Wikileaks y “caso Snowden”.

4. Tecnopolítica, Internet y R-evoluciones. Sobre la centralidad de redes digitales en el #15M. Obra colectiva. Icaria.

5. Cuarto Poder en Red. Por un periodismo (de código) libre. Victor Sampedro. Icaria

6.“De Beiras a Podemos. A política galega nos tempos da Troika (2012-2014)”. Anxo Lugilde. Praza Pública. Meubook.

7.“Todo comenzó con los Irmandiños”, Enric Juliana. 27-10-2014. La Vanguardia

Lo que Wikileaks enseñó al periodismo

Ana Isabel Cordobés
Miembro de la comunidad del máster en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digital

Las filtraciones de Wikileaks pusieron sobre la mesa varias cuestiones más allá de la vigilancia gubernamental –y empresarial- a la que estamos sometidos en Internet. Su fuerza era obvia en tanto que grandes organizaciones y gobiernos de un lado y otro del Atlántico intentaron bloquear y paralizar sus acciones. Que la información fundamental sobre cada uno de nosotros esté en la Red ya implica de por sí un cambio de mentalidad, pero la huella que Wikileaks deja es aún mayor.

9 de noviembre de 2010. Hace casi cuatro años que Wikileaks comenzó a establecer redes de colaboración con medios de comunicación. Le Monde, Der Spiegel, The Guardian, The New York Times y El País fueron los agraciados con el premio gordo: tendrían acceso preferente a los cables y estos fueron publicados e investigados con mayor o menor atino y calidad.
Era una oportunidad única para demostrar el “poderío” de cada redacción y, sobre todo, para cumplir la verdadera función social de los medios. Pero también puso negro sobre blanco una realidad: los periodistas debemos reciclarnos, adaptarnos y ser conscientes de que el ecosistema informativo cambia a un ritmo frenético.
Trabajar con grandes cantidades de datos –Big Data o datos masivos- no es algo nuevo. Ya en los años 60 el norteamericano Philip Meyer lo realizó para derribar mitos: los estudiantes que acudían a las revueltas estudiantiles no eran mayoritariamente aquellos que habían abandonado sus estudios, sino que estaban compensados, en contra de lo que se publicaba. Interesante, ¿no?
Pero hoy no hablaremos de derribar mitos, sino de descubrir debilidades en la profesión periodística –otra más-. Podríamos decir que Wikileaks ha parido un nuevo Homo: el Homo Hacks/Hacker, mitad escritor de historias, mitad escritor de código o bien, fomentar la colaboración entre ambos profesionales. Tal como explica el grupo HacksHackers de Madrid, se pretende “establecer un punto de encuentro para […] intercambiar información sobre herramientas digitales y analizar la aportación de los programadores en áreas como el manejo de grandes volúmenes de datos, visualización, etc.”
El trabajo en periodismo de datos se caracteriza por no ofrecer información de última hora, sino reportajes más elaborados, con trasfondo investigativo. Y conlleva algunos cambios e implicaciones en cómo observamos la profesión a día de hoy. Es fundamental despojarse de la “titulitis” que padece España: la entrada de perfiles no periodísticos en una redacción no es intrusismo, sino complementación e innovación. Este nuevo ecosistema informativo nos exige una vuelta de tuerca, una colaboración continua y una inmersión de nuevos perfiles.
¿Y los periodistas? Para adaptarse a este nuevo modo de hacer información, deben ser cada vez más híbridos, familiarizarse con conceptos y funcionamientos como los de la extracción de datos, Kimono o las librerías en R, CSS… “El reto del abrazo tecnológico”, como lo nombra Borja Bergareche, debe llegar cuanto antes.
Pero este cambio no es tan simple. La mayoría de los planes de estudios universitarios no están preparados para este nuevo escenario informativo: pocos centros ofertan formación en periodismo de datos. “Menos McLuhan y más cartografía, Adobe, Java Script y CSS en las aulas” es la apuesta de Samuel Granados, actual director de gráficos de The Washington Post en referencia al mundo infografista, pero podemos trasladarlo a la formación de periodistas de datos con facilidad. Necesitamos perderle el miedo al código.
La colaboración entre perfiles periodísticos y técnicos –y entre distintos medios- parece ser la vía más lógica ya que “resulta imprescindible para ejercer el periodismo de denuncia. Nunca fue cierta la imagen del reportero investigador como detective solitario e individualista”2. Wikileaks “planteó la cooperación entre empresas mediáticas que antes eran rivales. Una novedad de primer orden para una industria obsesionada por publicar ‘exclusivas’ o, en su defecto, fabricarlas”.
Una puerta, la del viejo periodismo, va cerrándose de manera inevitable dejando atrás el egoísmo mediático y la fiebre por la primicia para dejar paso a un verdadero entorno de colaboración entre medios, en donde lo esencial sea publicar trabajos laboriosos, investigaciones propias y de mejor calidad. Asistimos a los primeros pasos del Cuarto poder en Red.

Una mani y tres mensajes

Víctor Sampedro

Catedrático de Comunicación Política de la URJC 
Dicen que la manifestación de Podemos del 31 de enero no fue tal, porque no tenía mensaje. Persiste la imagen del líder pancartero, que arrastra tras de sí a las masas como el flautista de Hamelin a las ratas. Al fin y al cabo así se conciben las campañas electorales basadas en el menosprecio de la ciudadanía: los gatos pastorean a los roedores hacia las urnas. Entre tanto comentarista viejuno persiste también la sordera generalizada, propia de quienes no se quieren enterar (ni que nos enteremos) de lo que representa el “partido instrumento”, como se hace llamar Podemos. Se presentan como una palanca que dice estar al servicio de “la gente”.
Cierto. Un instrumento no tiene otro significado ni finalidad que el que le atribuyan los usuarios. Pero la herramienta política es tan nueva que cuesta entender para qué sirve y, sobre todo, a quién. Porque no es lo mismo estar “al servicio” que “en manos” de la gente. Lo curioso es que, apartándose de los moldes, los mensajes de Podemos no resultan tan rompedores. Una vez más, Podemos ha convocado, articulado y moldeado lo (des)conocido.
Hace un año el “líder instrumento” en ciernes, Pablo Iglesias, pidió a los internautas
 que le avalasen para disputarle a “la casta” el monopolio de la representación política. En apenas unos días, le concedieron el placet. Un año después muchas más gentes dieron cuerpo a un triple mensaje. Pusieron el cuerpo para lanzar un triple discurso, del que quizás no sean del todo conscientes.
El primer mensaje tiene naturaleza electoral: “tic-tac-tic-tac”. El segundo es organizativo: “Respaldo a una cúpula unida”. Y el último, movimentista: “Podemos también mueve la calle”. El primero se dirige a los votantes desde la esperanza. Es el más obvio. Viene a decir que, después de Syriza en Grecia, llegará Podemos a España. El segundo mensaje se destina a una militancia, aún por construir, pero en torno a los liderazgos ya establecidos. Si los medios les golpean, la gente les arropa. Lo tuiteó Errejón: “No nos falléis”. Y el tercer mensaje va dedicado a los socios de las coaliciones electorales en las que pudiera entrar Podemos. Éste se perfila ante ellos como un partido-movimiento que, además de gestor institucional, puede ejercer de vocero y articulador popular.
Nada que objetar. Al contrario. Bastante sorprendente y elogiable. Tamaña capacidad comunicativa. Ejercida, además, por quienes aún no han fraguado candidaturas ni programa, ni cuentan con sedes para reunir a los manifestantes ni fondos para pagarles el bus y el bocata. Cualquier partido, con la maratón electoral que se avecina, hubiera deseado lanzar esos tres mensajes. Porque, encima, son impecables en pertinencia y eficacia.
El mensaje electoral dibuja las elecciones venideras como una cuenta atrás de “lo caduco”, que se saldará con la llegada de “lo nuevo” al Gobierno, como en Grecia. Se invierte así el papel metafórico que venía jugando el país heleno: la amenaza de lo que está por llegar, el negro futuro que (sí o sí) nos espera. Lo invocaba la (sin)Razón titulando a Syriza como la “Desgrecia”. Y resonaba en los tambores del apocalipsis de la Prensa del Santander, que anteponía el anuncio del Banco a sus cabeceras. Unos días antes de la manifestación, sin la más mínima alusión a la misma.
Podemos ha intentado transformar Grecia en esperanza. Una vez más, apuesta fuerte. Rentabiliza el triunfo de Syriza, con audacia (nadie lo daba por seguro) y riesgo (se le puede volver en contra) lo convierte en zanahoria electoral. En todo caso, hace política desde la ilusión. No desde la desesperación, como se le imputa machaconamente. De ahí el ridículo de Rajoy que les tachaba de “tristes” que se alimentan de las desgracias ajenas. Y de un PSOE que, sin haber reconocido el sufrimiento de sus bases, se muestra incapaz de inyectarles esperanza. Aunque si ésta se limita a la del “cambio” poco avanza Podemos en términos retóricos. Felipe González llegó al poder prometiendo lo mismo: cambiar. De Gobierno se entiende, porque de forma gobernar fue más difícil y renunció. Ahí está el reto de Podemos: concretar cómo y con quién gobernará. Y la prueba del algodón de los electores; cuando se conviertan, quizás pronto, en los primeros gobernados de Podemos.
El mensaje organizativo de la manifestación fue doble. Cerró filas en torno a los lideres. Y el partido mostró presencia en la calle y capacidad de presionar desde ella. Más allá y en conjunción con la ejercida desde las pantallas de la televisión y la Red. Una vez más, los portavoces sirvieron de conectores y catalizadores, gracias al capital mediático que acumulan. Por iniciativas y méritos propios. Por la estulticia de los tertulianos y pseudoperiodistas que les combaten desde los medios convencionales.
Ocurrió con la manifestación lo mismo que con el partido. Se ignoró su existencia para, una vez constatada, negarles legitimidad. Quienes así actúan debieran reconocer que el escrutinio y acoso a la cúpula de Podemos ha podido frenar su ascenso. Pero resulta dudoso que socave el apoyo hasta ahora acumulado. Por muchas irregularidades que se encuentren, serán desmentidas por los hechos o incluso disculpadas. Representan una minucia respecto al expolio que ha practicado la casta. Todos entienden que las conductas hasta ahora denunciadas son pecata minuta, comparadas con los pecados capitales del gran capital al que sirven PP y PSOE.
El “No nos falles” dirigido a Zapatero en 2004 (lo mínimo que se le puede pedir a un líder) lo ha dirigido otro líder a sus seguidores una década más tarde. “No nos falléis”. Pero ¿dónde? ¿Dónde va a ser? En las urnas digitales que decidirán las candidaturas y las urnas de cristal de las elecciones. En vísperas de cerrar pactos electorales con activistas y movimientos sociales, que se autodefinen representantes de la sociedad civil, Podemos quiso ponerlos “en su lugar”. Ocupando el que les era propio: la calle.
Este sábado un mitin multitudinario sustituyó las asambleas en las plazas. Rodea al Congreso se transformó en promesa de asalto electoral. Lo viejo y lo nuevo conviven en lo que nace. A ver si la petición de respaldo se materializa en un compromiso real (“… porque nosotros no os fallaremos”, señalaba Errejón) precisando las medidas políticas y los equipos que las llevarían a cabo.