“Comunidades que generan opinión pública en defensa del bien común”



Entrevista a Víctor Sampedro por Miguel Jara:
Víctor Sampedro, Catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, ha escrito un libro titulado El Cuarto Poder en red. Por un periodismo (de código) libre. Lo he leído y recomiendo su lectura pues es clave para entender la corriente de empoderamiento ciudadano y periodístico surgido en los últimos años al albur de internet. Le conocí en una jornada sobre comunicación social en la Biblioteca Nacional en la que coincidimos como ponentes y ahora le entrevisto:



Lo primero preguntarte ¿cómo definirías de manera sencilla qué es el Cuatro Poder en Red?


Como escribió el poeta, ¿y tú me lo preguntas, Miguel? Cuarto Poder en Red sois tú y la comunidad a la que sirves y te apoya.

En prosa: constituis un nodo importante de la información sobre salud en España. Vigilas por los intereses de una ciudadanía que colabora contigo, porque sabe que la defiendes. Te pasan información, pasan la que tú generas a otros ciudadanos, la re-difunden y comentan en otros foros”.

Es decir, trabajáis de manera mancomunada, en pie de igualdad, para que las administraciones y las empresas respeten la salud, como un bien común. Bien común es también la información que publicáis y difundís, de libre difusión y circulación. Está hecha para ser reutilizada, convertida en denuncia…

Impedís que los gobiernos y las corporaciones farmacéuticas controlen la información médica y sanitaria. Porque, de manera inevitable, los políticos la utilizan como propaganda electoral y las empresas sanitarias en publicidad engañosa. Nada que objetar, si no incurriesen tan a menudo en una propaganda y unos negocios tóxicos.

En resumen y sin bombo alguno, Miguel, ejerces de catalizador de una comunidad que genera opinión pública en defensa del bien común, construyendo juntos una información que también lo es… Hasta tal punto que tu (mejor dicho, vuestro) blog se vincula a un bufete jurídico [Bufete Almodóvar & Jara], que lleva esa auto-defensa a los tribunales. Vuestro nodo, ligado a otros muchos, forma una Red de contrapoder que interpela al Ejecutivo, al Legislativo y al Judicial; sin querer sustituirlos intenta que sean transparentes y rindan cuentas

Eres muy crítico con el periodismo que llamas convencional. ¿Puedes destacar de manera esquemática tus principales objecciones?


El periodista convencional se cree el guardián único, el ángel custodio de la libertad de expresión. Piensa que le pertenece y, en consecuencia, no asume responsabilidades por ejercerla. Sólo se pliega a quien le paga el salario o le suministra “exclusivas” y “carteras de publicidad”. Por eso se considera obligado a defender el medio en el que trabaja o a las fuentes con poder, que le pasan dossieres o información interesada.
Funciona, por tanto, mediante favores racionando el secreto y la publicidad; en realidad, blinda a los poderosos y desnuda a los débiles. Desempeña así el papel opuesto al que dicta la mínima teoría democrática: nivelar el debate público, “desnudar a los poderosos y proteger a los débiles”; porque este es el único modo de que se oigan las mayorías sociales y se respete a las minorías con menos recursos.
Para rematar el sinsentido en el que muchos periodistas operan, si tú, Miguel, fueses un periodista convencional, considerarás lógico que te pagase por poder leer publicadas estas declaraciones que te estoy haciendo. El periodismo convencional es el máximo privatizador del debate público; si pudiesen lo monopolizarían, lo convertiría en monólogos del poder disfrazados de entrevistas. ¿A que suena familiar?.

Eres entusiasta de los modos de periodismo más moderno relacionados con el auge de internet, el periodismo digital y apuestas por “hackear el periodismo”. Cuéntanos cuales son los valores de este concepto de periodismo y en concreto a qué te refieres con esa expresión.


Necesito unas cuantas palabrejas; pero no demasiado difíciles de entender. El periodismo que viene, que estáis/estamos inaugurando no es lucrativo, no se mueve por beneficios enormes e inmediatos. Apenas aspira a un modelo de negocio sostenible.

¿Que sostenga qué? Pues la autonomía de acción y la independencia respecto al poder: para no tener que venderse al mejor postor, llámese Gobierno, multinacional farmacéutica o audiencias idiotas. En griego, idiota era quien se preocupaba solo de sí mismo. Como si pudiésemos cuidar nuestra salud desentendiéndonos de la comunidad que habitamos. Es igual que hablemos de salud médica o democrática.

Insistes en la posibilidad de que gracias a internet el periodismo trabaje más para el bien común y se establezca una nueva relación entre los profesionales del periodismo digital y los lectores ¿qué pueden hacer ambos para que eso sea así?
La idea es considerar con todas sus consecuencias que la información es puro bien común y que los ciudadanos son sujetos comunicativos de pleno derecho.
Impedir o poner barreras a que alguien se entere de una noticia que publicáis en vuestro blog es un atentado intelectual: a la inteligencia y el conocimiento colectivos; además de que en vuestro caso concreto puede tratarse de asuntos vitales.
Compartir en la red es copiar. Y punto. No se trata de un exabrupto pirata, sino de una realidad. La información original se reproduce y difunde replicándose a coste cero y casi en tiempo real. Vivimos un contexto tecnológico cuyas realidades no podemos negar.
Hay que reconocerlas y reinventar el periodismo, el de siempre, ajustándolo al nuevo escenario. Esto no es un deseo o una proclama. Quien no se adapte desaparecerá, está desapareciendo. Una tragedia en términos personales para muchos periodistas en paro, pero una bendición; porque lo nuevo surge de las cenizas de lo viejo.

Algo que he echado de menos en el libro, aunque sé que no es un libro sobre periodismo propiamente dicho. Como sabes, el nuevo periodismo on line, al menos en España, es muy difícil conseguir remunerarlo. Y esto es vital no ya para la subsistencia del periodista sino para que pueda dar la calidad a su trabajo que la sociedad merece. ¿Qué fórmulas existen para que el profesional sea justamente recompensado por su trabajo digital?


Las audiencias deben considerar que o son ellos los que costean una información y unos medios que quieren que sean libres o que lo harán los estados y los mercados y dejarán de serlo. La libertad se paga, día a día y muy cara.
Una vía clara es ejercer las libertades del mercado, pero las nuestras, las que están a nuestro alcance: micro-mecenazgos y suscripciones, intercambios colaborativos, participación voluntaria o patrocinios de la sociedad civil, publicidad con valores afines, pagos por contenidos específicos o sometidos a vetos temporales…
Y la otra vía de actuación es considerar que cuando ejercemos la libertad de expresión no es tanto un derecho (que también) como un deber.
Tenemos la obligación de realizar las denuncias y las filtraciones que hagan de vuestro trabajo, el de los periodistas profesionales, un verdadero ejercicio de (auto)defensa de nuestros intereses. Nuestra libertad de expresión es garantía de la vuestra y viceversa.
Vosotros -que trabajáis con afectados y víctimas de fraudes, errores y engaños sanitarios- debierais contar una constelación de nodos comunicativos de contrapoder que os apoyasen: colegios profesionales, institutos y centros universitarios, grupos de afectados… Fomentar que surjan esos otros nodos y que se tejan en red con vosotros debiera ser una de las funciones primeras, si no la prioritaria”.

Por último, citas estilos periodísticos como el de investigación, denuncia, análisis, “de datos” o “de precisión” con los que me siento relacionado. Es claro que hubo un tiempo mejor y que ahora este tipo de periodismo está en crisis. Se nota un resurgir gracias a internet ¿Cómo ves el periodismo de investigación hoy y cual crees que es su futuro?

Yo veo el periodismo, en general, mejor que nunca. Ya sé que estoy provocando. Pero cualquiera que haya vivido en España desde el 15M sabe que en estos tres últimos años el verdadero periodismo lo han llevado a cabo los nuevos medios, periodistas y públicos digitales. Sois parte de algo muy importante: un cambio de paradigma comunicativo que, obviamente, tiene impacto político y económico.

Los medios convencionales están agonizando en ambos aspectos. Y mientras no cesan de surgir iniciativas periodísticas y políticas con agendas y enfoques que hasta ahora eran desconocidos. Pretender decir ahora cuáles van a sobrevivir y anunciar una única vía de éxito sería ridículo por mi parte. No soy ningún gurú. No creo en ellos. Pero una cosa es cierta, segura e incontestable: el futuro será de quien se lo curre, de los públicos y profesionales sepan convertirse en, enredarse como cuarto poder.

Ocurrió con la imprenta a mediados del XVI… y hasta el arranque del siglo XX no llegaron los amos de la comunicación al estilo de Ciudadano Kane… y ahora Murdoch. Démonos tiempo para jugar, ensayar y consolidar nuevos modelos. Curiosamente, como señala el libro, la inmundicia de Murdoch sale a la luz al tiempo que WikiLeaks. Y dejo claro que los de Assange marcaron el camino a seguir.

Aún no somos conscientes del alcance de las macrofiltraciones. Imagínense que, antes de que las administraciones sanitarias cambien de gestores (algo que podría ocurrir en las próximas elecciones, ¿verdad?) no sucede lo de siempre: que se destruyen los discos duros y los archivos.

Y piensen que en lugar de eso la documentación es filtrada, para hacerles pagar la deuda (o parte de ella) a quienes nos han estafado. No me digan que es imposible: está tu blog, está filtrala.org (una plataforma que mejora el modelo WikiLeaks)… Aquí quien no hace periodismo es porque no quiere

Lo que la Red te ha contado sobre Gaza mientras el establishment callaba

Carlos del Castillo y Virginia Uzal
Periodistas miembros de la Comunidad editorial del 4º Poder en Red

a

Controlar la información es siempre uno de los principales objetivos
de los estrategas de guerra. Manejar qué ataques salen a la luz y cuales
no pasarán de los informes. Desde 1967, Israel ha necesitado legitimar
sus acciones bélicas en Palestina y contra sus vecinos, pasando por
encima de resoluciones de la ONU, condenas de millones de personas… y
cada vez más países.

La realidad de las últimas semanas en Gaza no es la que nos han
contado las principales portadas. La realidad se ha contado en la web,
en las redes.

La estrategia de propaganda israelí tiene una serie de líneas clave
que el establishment mediático (y los grandes grupos de comunicación
españoles no son una excepción) se ha encargado de sostener ante la opinión pública de todo el mundo.

Una de las principales estrategias que utiliza Israel en la
justificación de su ofensiva contra el pueblo palestino, que se refleja
fielmente en los medios encargados de sostener el teatro bélico, es
equiparar las fuerzas de ambos bandos. El conflicto se convierte en “una
guerra”, y como tal, existen ataques y bajas en ambos bandos por igual.

El País, 9 de julio

La operación Margen Protector, que comenzó el 8 de julio, ha dejado
2.016 palestinos muertos y 10.193 heridos, según las últimas cifras. En
el bando israelí han muerto 64 soldados y un civil.

Otra de las líneas maestras de la propaganda israelí y una de las más
repetidas por su principal aliado, el Gobierno estadounidense, es la de
transmitir la sensación de que el Estado de Israel está en permanente peligro.

La Vanguardia, 9 de julio

La propaganda, que algunos medios se encargan de retransmitir a la
sociedad, dibuja un estado de sitio constante para los ciudadanos
israelíes, víctimas del “fanatismo religioso” de sus vecinos árabes.

La Razón, 9 de julio

Las portadas de La Vanguardia y La Razónrecogidas por
Íñigo Sáenz de Ugarte en su blog Guerra Eterna, ayudan a transmitir
esta clave propagandística. La realidad es que los 3.500 cohetes que
Hamas ha lanzado sobre territorio israelí han causado la muerte de un civil, un beduino y un trabajador extranjero.

La intoxicación informativa y la propaganda de guerra han sido inseparables desde que el Maine se hundió en
el puerto de La Habana en 1898. Sin embargo, la sociedad cuenta por
primera vez con una eficaz herramienta para controlar a los medios de
comunicación. Aquellos a los que la teoría clásica encuadra como el poder vigilante, son ahora vigilados.

elpais

La Red ha respondido a la manipulación informativa denunciando su
toxicidad. La simple adulteración de los hechos gracias al monopolio de
la información ya no es posible en un mundo ultraconectado, donde una niña de 16 años puede convertirse en corresponsal del drama que estaba viviendo la población de Gaza.

farah

Sabemos que los medios no son libres ni pueden hacer frente a las
presiones. La televisión pública española sacó a Yolanda Álvarez,
corresponsal de TVE, de Gaza tras las presiones israelíes. La propia embajada en España la acusó de
hacer “propaganda”, de ser una “activista de Hamás” e incluso de crear
 escenas “resultado de un cásting y selección de escenarios al dictado
de Hamás” para sus “crónicas dramatizadas”. ¿Qué pasaría si no llegase a las redes? Por suerte sí lo hizo y mientras TVE callaba, la periodista multiplicaba por 3 sus seguidores en Twitter en apenas 2 días y sus crónicas aumentaron en visitas.

La reacción israelí no es de extrañar, puesto que la esfera mediática
del país acostumbra a atacar cualquier actitud empática para con los
palestinos, a los que ha “deshumanizado”. Así lo explica el periodista
Gideon Levy, uno de los pocos periodistas israelíes críticos con la
ocupación. Y precisamente por ello, está amenazado de muerte. “La
prensa, la radio, la TV y las redes sociales están en un modo
militarista. Y hay muy poca tolerancia a la protesta, a la oposición o a la resistencia”, afirma.

Ante la manipulación de los medios, queda la opción de los
periodistas independientes. Sin las ataduras ni las presiones del
establishment.  Isabel PérezAlberto SiciliaJuan Gómez o Ana Garralda podrían
ser algunos de los nombres de aquellos periodistas que informan
libremente a costa de arriesgar su vida al adentrarse en el fuego
cruzado.

Sin embargo, el compromiso online ha traspasado las ciberfronteras y
ha llegado a la calle. Por una parte, la Red no sólo se ha comprometido
con la libertad de la información, sino que también se ha organizado
para enviar ayuda.

medicinas

Por otra, las protestas y condenas por los ataques han pasado de las
redes sociales a las plazas de medio mundo. Casi semanalmente miles de
ciudades han gritado por todos y todas las que tenían mordaza.

Una vez más, Internet nos ha enseñado que mientras siga siendo libre,
intoxicar la información seguirá siendo inútil. La sociedad civil
tendrá la opción de comparar, descubrir y conocer al alcance de un
click. El establishment no lo tendrá tan fácil. Estamos ante el verdadero cuarto poder en red.

La cocina frente al laboratorio

Antonio Lafuente
Investigador del Instituto de Historia (CSIC) en el área de estudios de la ciencia



Todo el mundo quiere un Lab. Los hay para todas las
culturas y de todos los colores. Laboratorios científicos, industriales, de
diseño o ciudadanos. Y junto a ellos todos los imaginarios que quieren hacer de
la ciudad, la empresa o el aula un laboratorio vivo. Así las cosas, no es
extraño que muchos vean en Bruno Latour a un profeta:  «Dadme un
laboratorio —afirmaba en 1983— y moveré el mundo». ¿De verdad vamos a
meter todos los problemas del mundo en un laboratorio? ¿Se pueden pensar todas
las experiencias con las mimbres de la cultura experimental? El consenso que
evocamos tiene que venir de algún sitio y servir alguna causa. Tanto
consenso es aburrido y quizás peligroso.
¿Cómo se autoperciben los beatos del lab? La cháchara que parlotean es la de la cultura experimental, una especie de nueva tierra prometida. Lo experimental parecería ser, como ya lo fue lo abierto y más recientemente lo transparente, el nuevo imperativo que modula nuestros imaginarios políticos. Constituirse como un laboratorio doméstico, sin embargo, no va a librarnos de los muchos males que quiso anticipar Mary Shilley, o contra los que se movilizaron algunos de los integrantes de ese gran laboratorio industrial conocido como proyecto Manhattan.
En ambos casos fue evocada la pregunta sobre quién, cómo y dónde controlar el enorme poder que podían acumular los detentadores del laboratorio. Innovar, descubrir o experimentar, tomadas como acciones que suceden al margen de la sociedad que las alberga, no dejan de ser prácticas misteriosas (por inaccesibles y cerradas), cuyos actores no siempre está claro para quién trabajan ni al servicio de que propósitos.
La lectura de Latour, además, deja claro que la figura histórica del laboratorio nace para suprimir por completo las fronteras entre el dentro y el fuera. La condición para que un laboratorio sea operativo es que sus miembros nunca salgan fuera, lo que significa que deben asumir el reto de hacer que el exterior sea abducido en su totalidad o, en otras palabras, que deben crear las condiciones necesarias para que sus prácticas sean tan intrusivas como exclusivas, tan objetivas como desarraigadas, tan abstractas como replicables. La profecía también podría haberse escrito de otra forma: dadme un laboratorio y ya nada será igual.
La cultura experimental, sin embargo, no cabe en el laboratorio. Lo desborda. Por  eso la emergencia de nuevos espacios de sociabilidad menos severos, donde el rigor no espante la vida.  De todos esos espacios, ninguno es más antiguo que la cocina. Ninguno tampoco más frustrante, si queremos verlo, como la antigua fábrica de cautivas y la nueva factoría de feminidades. La cocina tiene muchas identidades: dispositivo de alimentar, corazón del hogar, prisión doméstica, espacio de sociabilidad y, desde luego,  laboratorio casero. La kitchen es un espacio plagado de máquinas y artefactos altamente tecnológicos. También es un espacio para hacer pruebas, innovar procedimientos, contrastar recetas y, en consecuencia, puede ser visto como un lugar donde desplegar modos de sociabilidad experimental y abierta. También es un espacio donde se despliegan formas particulares de vida en común que, en términos generales, habría que describir como menos discursivas que prácticas y más compartidas que reservadas. La cocina es un lugar de encuentro informal, esporádico y hospitalario. La cocina es el espacio amateur por antonomasia y, sin duda, un complemento del imprescindible garaje, ese donde nació el rock y brotó la cultura del Silicon Valley.
Aunque hay muchas máquinas accesibles y sofisticadas, sería exagerado ver la cocina como un ámbito dominado por la tecnología, porque sus usuarios se creen con el derecho de cambiar las reglas, las recetas, los tempos y las tradiciones. La cocina es un espacio hacker donde todo está al servicio del usuario y ningún diseño parece lo bastante inflexible como para no adaptarse a las demandas emergentes.
Cuando hablamos de usabilidad de las tecnologías deberíamos pensar en las cocinas. Aquí se disuelven las fronteras de género, raza, edad o clase: la cocina parece al alcance de todos y no es probable que acabe siendo otro espacio dominado por los expertos. Esa nueva religión para gourmet que llamamos gastronomía cada día se aleja más del mundo de la cocina y se acerca más al de las industrias culturales, siempre dominadas por las modas, los tenores, los exquisitos y, cómo no, la excelencia.
¿Es la cocina un antecedente de la gastronomía? Creo que no. Los grandes cocineros quieren la admiración de las amas de casa y de los maestros del perol, pero nunca lo conseguirán si cada día se alejan un poco más del anhelo principal que mueve la olla doméstica: dar de comer a la gente que quieres está en las antípodas de quien da de comer a quien lo puede pagar. La Glamcook es otra impostura neoliberal.
Si tuviera razón B. Latour y el mundo de la ciencia tuviera que discriminar entre los asuntos cuantificables, objetivos y probados, de una parte, mientras que, complementaria o alternativamente, estuviese obligado a discernir las cuestiones relacionadas con los intereses, las pasiones y los conflictos, entonces la kitchen sería el laboratorio de las matters of concern y no el de las matters of facts. Al lab vamos para establecer leyes, conceptos o pruebas basadas en evidencias, los llamados hechos, mientras que a la kitchen nadie entra buscando establecer principios, normas o demostraciones.
La kitchen es el espacio donde intentar hacer cosas que favorezcan una vida compartida. Nadie en la cocina intenta asegurarse de que tiene razón o de que sus argumentos son incontestables, sino que más bien trata de experimentar con las posibilidades de una convivencia armoniosa. En la cocina poco importan las leyes del sabor o las reglas del color, la textura o el olfato. Si tenemos un comensal que no tolera o no aprecia algún ingrediente, pues se suprime. Lo que mueve a sus pobladores es ensanchar el mundo de la sociabilidad. Lo ordinario en la cocina es lo común en la vida. En el laboratorio, lo normal es lo infrecuente, lo inusual o lo excepcional.
Una comida, incluso la que es excepcional por sus ingredientes, procedimientos o comensales, es buena si nos hace felices mientras la compartimos. Los proyectos de laboratorio confinan con la verdad, mientras que los de la cocina limitan con la bondad. Cuando todo funciona en una cocina, los comensales están menos preocupados por la replicabilidad de las recetas que por la cordialidad de las atmósferas. Los porcentajes de proteínas y los niveles de azúcar o grasas pasan a segundo plano. Los elementos cuantificables son desplazados por los ingredientes inmateriales. La cultura es una gran conversación que se hace vibrante alrededor de una mesa de comensales (que no de plutócratas, siempre adictos al gesto gastronómico).
Hoy que cada río, cada enfermedad y cada dispositivo tiene una asociación para defenderlo, hoy que todos las matters of fact se han convertido en matters of concern, hoy cuando ya el laboratorio está desbordado, privatizado y vigilado, necesitamos buenas cocineras, menos bancos de pruebas y más tablas corridas, menos virtuosos del experimento y más trabajadores de la prueba. Los problemas son agudos y no hay que prepararse para una demostración sino para una negociación.
Contamos con muchos estudios que argumentan que el origen de la ciencia moderna está en la cocina y en la cultura experimental. La noción de laboratorio es más reciente y quienes han documentado su emergencia la datan en la segunda mitad del siglo XIX. Es decir que el locus de la ciencia no es el laboratorio hasta fechas más recientes de lo que imaginamos.Sabemos que los laboratorios estaban en casa y que había mujeres en el ecosistema de la cultura experimental. Y sí, no aparecen en los relatos. Han sido sacadas de la escena. El espacio no ha sido descrito sino prescrito.
Pero hay más, no solo salieron de la escena algunos personajes, sino que el propio espacio ha sido estigmatizado como un lugar culturalmente plebeyo, socialmente marginal, políticamente invisible y cognitivamente irrelevante. Ahora que todo el mundo quiere un lab y que pocas cosas son más cool que cocinar, en un momento donde algunas cocinas son laboratorios, quizás sea el momento de hacer el movimiento inverso y reclamar para la cultura experimental sus orígenes en la kitchen.
Una deriva que nos invita a cuestionar la figura del líder, la cultura del impacto, la función autorial y el culto a los hechos. Cocinar problemas seguirá siendo una práctica experimental, colaborativa, mediada, finalista y pública, pero además debiera ser hospitalaria, transparente y abierta (en beta), más atenta al paladar de los comensales que al halago de los pares, más conectada con los recursos vecinales que con las metafísicas globales, tan sensible a los saberes profanos como a las recetas expertas y, por fin, comprometida con un lema fácil de recordar: hacer (el) bien.

(Artículo publicado en la revista Yorokobu del mes de junio de 2014).

Diez herramientas básicas y gratuitas para la militancia (Parte 1)

Lucía M. Quiroga
Miembro de Juventud sin Futuro 
La militancia política requiere tiempo y esfuerzo. Construir de manera común, con grupos amplios de gente, hace necesaria una buena organización del trabajo. Por suerte, existen una serie de herramientas online que pueden facilitar –y mucho– los procesos de creación colectiva. Webs, redes sociales, plataformas y aplicaciones que cualquier militante debería tener en cuenta si quiere sacar el mayor provecho posible a sus horas de trabajo.
Tan imprescindibles se han hecho que a día de hoy resulta complicado imaginarse sacando adelante cualquier tema sin utilizarlas. ¿Cómo se convocaban las manifestaciones sin redes sociales o Whatsapp? ¿Cómo daba a conocer su trabajo un colectivo sin página web? ¿Se puede sacar un comunicado común sin antes volcarlo a un pad?
Son tantas y tan variadas que sería casi imposible hacer un recuento exhaustivo, pero ahí van algunas de las más habituales. Solamente se han incluido las gratuitas, aunque a veces cuentan con una versión ‘pro’ que suele ser de pago. Pero antes de empezar la enumeración, un recuerdo a lo analógico: el activismo estaría incompleto si solo se queda en lo virtual. La  lucha está también –y sobre todo– en las calles, en las plazas, en los barrios.
1. Titanpad: 
Es una herramienta online para la creación de documentos colaborativos:https://titanpad.com. Con un simple click, alguien crea una página en blanco que puede ser modificada por varias personas simultáneamente, con el único requisito de estar conectadas a Internet. Cuenta con un chat donde se pueden ir comentando los cambios, y ofrece también la posibilidad de exportar los textos, una vez terminados, en diferentes formatos (PDF, Word, OpenDocument…).
Todo comunicado o articulo que vaya a salir de una organizacion pasa probablemente, por no decir obligatoriamente, por su correspondiente pad. Se corre el riesgo, eso sí, de entrar en la denominada “paditis”: abrir pads para todo y creerse que el trabajo se va a hacer solo. Este mismo artículo, sin ir más lejos, ha pasado su tiempo correspondiente de elaboración y revisiones en su propio pad.
2. La familia Google:
Retomando la pregunta del principio, ¿cómo se conseguía organizar el trabajo común sin Gmail, Google GroupsGoogle Calendar o Doodle? No cabe ninguna duda de que la familia de herramientas de Google es un básico a la hora de organizarse. Empecemos por el último, el archipoderoso Doodle, que ha dado lugar al nacimiento de la “Doodlecracia”: lo que diga el Doodle va a misa. Se trata de una herramienta online para la programación de eventos, que permite a un grupo grande de personas ponerse de acuerdo en una fecha determinada. ¿Cómo? Pues tan facil como a través de una simple votación. Se proponen una serie de fechas y cada persona va marcando la casilla “sí” o “no” en función de su disponibilidad. La herramienta genera automáticamente un cálculo de votos totales, y la fecha más votada es la ganadora. En la misma línea de sencillez y eficacia van el ya más que habitual Gmail, el gestor de correo electrónico; su evolución Google Groups, que permite comunicarse simultáneamente con diferentes personas, bien a través de un foro o de listas de correo; y el Google Calendar, un calendario sencillo que ofrece la posibilidad de actualizarse en diferentes dispositivos (web, móvil, ordenador…).
3. Whatsapp y Telegram
Mensajería instantánea al servicio de cualquiera que cuente con un smartphone. Whatsapp fue primero, pero Telegram llegó después con la ventaja de ofrecer más privacidad, ya que cuenta con un sistema de cifrado de mensajes. Cualquier colectivo social o político cuenta con su propio grupo de Whatsapp o Telegram, sin falta. Ahí se comentan las novedades que afectan al grupo, la organización del trabajo o las quedadas para acudir a eventos –la mayor parte de ellos reivindicativos, pero también algunos lúdico-festivos, que no todo va a ser trabajar–. Existen también otras apps alternativas, como Line o Hangouts, pero cuyo uso no está tan extendido como las dos anteriores.
4. Redes sociales 
Entramos ya de lleno en el ámbito de las redes sociales, terreno más que explorado por los movimientos sociales –valga la redundancia–. Es el ámbito natural para cualquier tipo de activismo, ya que gracias a su viralidad permiten hacer llegar mensajes a un gran número de personas en todo el mundo. Las más habituales son Facebook y Twitter. También es cada vez más usada Instagram, donde la imagen reivindicativa empieza a ganar espacio. Y por supuesto, aunque para algunos no se ajusten a la definición estricta de red social, Youtube y Vimeo, dos plataformas para la difusión de contenido audiovisual. La primera es más masiva, la segunda permite mayor calidad.
5. Gestión de redes sociales
Directamente relacionado con el punto 4 llega el punto 5 de la lista. Porque, si a día de hoy es necesario estar en redes sociales, más importante todavía es mantenerlas y gestionarlas. No basta con abrir perfiles en las principales plataformas, porque, igual que pasa con los pads, el trabajo no se hace solo. Hay que crear contenido, saber cuándo y cómo publicarlo, crear conexiones con la comunidad de seguidores y medir los resultados de la actividad. Para eso existen gestores que facilitan la organización de las publicaciones, como Hootsuite oTweetdeck. Ambos están más orientados a la gestión de Twitter, ya que Facebook permite hacerlo desde la propia web. También existen otras herramientas dedicadas a la medición de la actividad en redes y el ROI (retorno de la inversión). Algunas de las más conocidas son GephiWildfire o Facebook Insights.
Llegados a este punto, ¿alguien se imagina cómo se organizan las principales campañas de redes sociales de los colectivos? Pues nada menos que volviendo al punto 1: con un pad.
Hasta aquí el medio listado de herramientas básicas para la militancia. En la segunda parte del artículo se enumerarán otras igual de útiles, pero más específicas. Para quien se haya quedado con ganas, la 15mpedia –otro invento imprescindible para el activismo– recoge las principales herramientas colaborativas en esta entrada:http://wiki.15m.cc/wiki/Herramientas_colaborativas.