Glenn Greenwald: ¿el futuro periodista?

El Pullitzer
concedido a G. Greenwald, de cuya biografía
ya informamos plantea con urgencia el papel del periodismo frente al poder. En
concreto, si posición es de enfrentamiento – contrapoder – o cooperación. Traducimos
ahora y extractamos los pasajes más interesantes de la correspondencia pública
que mantuvieron G. Greenwald y Bill Keller (ex-director del The New York
Times). La extensa conversación publicada en el NYT
expone dos posturas enfrentadas, pero también un reconocimiento de un
territorio común. Una lectura obligatoria en las Facultades de
Periodismo de la que publicaremos algunos extractos en el blog de Público El 4º Poder en Red.


Querido Glenn,
Llegamos al periodismo desde
diferentes tradiciones. He pasado toda una vida trabajando en periódicos
que  dan un valor preponderante al
periodismo agresivo pero imparcial, que esperan que reporteros y editores se
guarden sus opiniones a menos que las trasladen (como yo he hecho) a las
páginas claramente identificadas como de opinión. Tú vienes de una tradición
más activista –primero como abogado, luego como bloguero y columnista, y pronto
como parte de una nueva e independiente aventura periodística financiada por el
fundador de eBay Pierre Omidyar. Tu forma de escribir procede de un punto de
vista claramente declarado.
En un post de Reuters de este verano, el crítico de los medios
Jack Shafer celebró la tradición del periodismo partidista –“From Tom Paine to
Glenn Greenwald”– y lo contrastó con lo que él llamó “el ideal corporativista”.
No explicó la frase, pero no creo que lo dijera en el buen sentido. Henry
Farrel, que bloguea para The Washington Post, escribió más recientemente que
publicaciones como The New York Times
y The Guardian “tienen relaciones
políticas con los gobiernos, lo que  hace
que se pongan nerviosos  a la hora de
publicar (y por tanto validar) ciertos tipos de informaciones”, y sugirió que
tu nuevo proyecto con Omidyar representaría una bienvenida vía de escape de
tales relaciones. Veo mucho que admirar en la historia norteamericana de
cruzadas periodísticas, desde los panfletistas hasta los aireadores de
escándalos, al Nuevo Periodismo de los 60 y hasta el mejor de los blogueros
activistas de hoy. En sus mejores momentos, su fortaleza y pasión han
estimulado las genuinas reformas (a menudo, como en la Era del Progreso,
gracias a los periodistas “relacionados políticamente con los gobiernos”).
Espero que la cobertura que llevabas de la vigilancia hiperactiva de la NSA dé
lugar a que algunos rindan cuentas 
atrasadas.
Pero el tipo de periodismo que The
Times
y otros grandes grupos mediáticos practican –en sus mejores momentos–
incluye una gran cantidad de revelaciones de qué enorgullecerse también, desde
Watergate a la tortura y las prisiones secretas, pasando por la malversación de
la industria financiera e incluso algunas pre-revelaciones de Snowden sobre el
abuso de autoridad de la NSA. Esos son momentos destacados que vienen a la
mente, pero encontrarás ejemplos en el periodismo de cada día. Los periodistas, por tradición, tienen
abundantes opiniones, pero dejándolas a un lado para centrarse en los hechos
–como un juez en el tribunal se supone que debe dejar de lado los prejuicios
para seguir la ley y las evidencias– pueden a menudo producir resultados que
son más sustanciales y creíbles. El periodismo de los grandes medios  ha tenido sus fallos –episodios de
credulidad, falsas comparaciones, sensacionalismo y falta de atención– por los
que hemos sido azotados merecidamente. Espero que vayas a decir que no  lo suficientemente azotados. Así  te paso el látigo.
Querido Bill,
No hay duda de que los periodistas en las sedes de medios
establecidos, ciertamente incluyendo The
New York Times
, han producido algunos reportajes  soberbios a lo largo de las dos últimas
décadas. No creo que nadie sostenga que
el modelo que se ha convertido  (más
recientemente) en estándar para un periodista –ocultar las perspectivas
subjetivas propias o lo que parecen ser “opiniones”– impida un buen periodismo.

Pero este modelo también ha producido un montón de periodismo atroz y algunos
hábitos tóxicos que están debilitando la profesión. Un periodista que se queda petrificado por aparecer para
expresar  cualquier opinión,
a menudo se alejará de oraciones declarativas sobre qué es verdad, optando en
su lugar  por una cobarde e inútil fórmula de
“esto-es-lo-que-ambos-lados-dicen-y-yo-no-voy-a-resolver-los-conflictos”.  Esto premia la deshonestidad de los
funcionarios políticos y empresariales que saben que pueden confiar en periodistas
“objetivos” para amplificar sus 
falsedades sin impugnación (es decir, el periodismo queda reducido a “X
dice Y” en lugar de “X dice Y y eso es falso”).

Peor aún, esta restricción
asfixiante
de cómo se permite a los periodistas que se expresen produce una forma de periodismo de
auto-castración que se convierte en ineficaz y aburrida. El hecho de no llamar
“tortura” a la tortura porque los responsables del gobierno exijan que se use
un eufemismo más agradable, o equiparar perezosamente una afirmación
demostrablemente cierta con una demostrablemente falsa, vacía al periodismo de
su pasión, vibración, vitalidad y alma.
Lo peor de todo es que este modelo se basa en una falsa
presunción. Los seres humanos no son máquinas objetivas. Todos percibimos intrínsecamente
y procesamos el mundo a través de prismas subjetivos. ¿De qué vale pretender lo
contrario?

La distinción relevante no está entre
los periodistas que tienen una opinión y los que no, porque la última categoría
es un mito. La distinción relevante está entre los periodistas que
honestamente revelan sus suposiciones subjetivas y valores políticos,
y los que deshonestamente pretenden no tener o lo ocultan a sus lectores.

Es más, todo periodismo
es una forma de activismo. Cada decisión periodística abraza necesariamente
suposiciones altamente subjetivas –culturales, políticas o nacionalistas– y
sirve a los intereses de una facción u otra. El ex abogado de Bush,
Jack Goldsmith, alabó en 2011 lo que llamó “el patriotismo de la prensa
norteamericana”, refiriéndose a su lealtad para proteger los intereses y
políticas del gobierno de EEUU. Eso debe (o no debe) ser noble de hacer, pero
definitivamente no es objetivo: es bastante subjetivo y clásicamente
“activista”.
Pero finalmente, la única medida 
real del periodismo que debe importar es la exactitud y la fiabilidad.
Personalmente pienso que revelar honestamente, en
lugar de esconder los valores subjetivos propios,
hace al periodismo más honesto y digno de confianza. Pero no hay periodismo –desde el más estilísticamente objetivo al más
descaradamente opinativo– que tenga valor alguno a menos que se base en hechos,
evidencias y datos verificables. La afirmación de que los
periodistas públicamente opinativos no pueden hacer un buen periodismo es igual
de inválida que la afirmación de que la forma artificial de periodismo libre de
subjetividad tampoco puede.
Querido Glenn,

No pretendo sostener que los periodistas
no tengan opiniones. Pienso en periodistas profesionales, como en una
disciplina de trabajo, suspendiendo sus opiniones y permitiendo a las
evidencias hablar por sí mismas. Y es importante que esto no sea
solo un ejercicio individual, sino una disciplina institucional, con editores
que tienen la tarea de impugnar a los escritores si han prestado poca atención
a hechos o argumentos contrarios que los lectores  podrían querer conocer.
La cosa es que una vez que has
declarado públicamente tus “suposiciones subjetivas y valores políticos”, es de
naturaleza humana querer defenderlos, y se convierte en tentador omitir o
minimizar hechos, o enmarcar el argumento, en sentidos que apoyan tu punto de
vista declarado. Y algunos lectores, sabiendo que
escribes desde la izquierda o la derecha, verán tu trabajo con sospecha
justificada. Por supuesto, ellos pueden hacerlo de todos modos –desechando lo
que sea que lean porque apareció en el “liberal” New York Times–, pero creo que
la mayoría de los lectores confían más en nosotros porque sienten que hemos tenido
la debida diligencia, no solo en un caso. (Una vez vi una investigación de
opinión en la que los lectores de Times eran preguntados sobre si consideraban The Times como “liberal”. La mayoría dijo que sí. Entonces les
preguntaron si The Times era “justo”.
Una gran mayoría dijo que sí. Supongo que puedo vivir con ello). Ahora trabajo en el campo de la opinión, pero como reportero de
noticias y editor definí mi trabajo no diciendo a los lectores lo que pienso,
o  lo que deberían pensar, sino
diciéndoles lo que necesitaban saber para elegir por sí mismos. Estás en lo correcto,
por supuesto, en que a veces los resultados de ese proceso son menos excitantes
que una polémica a corazón abierto. A
veces el juego limpio se convierte en falsa comparación, o parece  un eufemismo. Pero es simplista decir, por
ejemplo, que a menos que uses la palabra “tortura” estás suspendiendo en
coraje, o colaborando con el mal. Por supuesto, considero el ahogamiento
simulado una tortura. Pero si un periodista me da una pintoresca descripción
del ahogamiento simulado, anota una larga lista de regímenes monstruosos que lo
han practicado, y luego expone el debate legal sobre si viola un estatuto
específico o acuerdo internacional, no me importa si usa la palabra o no. Soy
feliz –y estoy totalmente preparado– para tomar mi propia conclusión.
Si Jack Goldsmith, ex abogado de la administración Bush, ha
alabado a la prensa norteamericana por, según tus palabras, “su lealtad para
proteger los intereses y políticas del gobierno de EEUU”, entonces estaré en
profundo desacuerdo con él. Hemos publicado muchas historias que han desafiado
las políticas y los declarados intereses del gobierno. Pero no es preciso lo
que dice Goldsmith. Él dice que The Times y otros medios principales de
noticias consideran seriamente  los
argumentos de la publicación de algo que va a poner en peligro la seguridad
nacional –lo que significa que alguien pueda resultar asesinado. Eso es verdad.
Escuchamos respetuosamente esa clase de afirmaciones, y entonces tomamos
nuestras propias decisiones. Si no estamos convencidos, esperamos, o retenemos
detalles. La primera vez que encaré ese tipo de decisión fue en 1997 cuando
era editor de noticias internacionales, y un reportero se enteró de una disputa
entre Rusia y Gerogia, la ex república soviética, sobre qué hacer con un
cargamento de uranio altamente enriquecido abandonado tras la disolución de la
Unión Soviética. La disputa era una noticia interesante. Pero cuando el
reportero lo comprobó, resultó que la reserva nuclear era completamente
insegura, disponible para cualquier terrorista interesado en construir una
bomba. Nos pidieron mantener la historia hasta que el material fuera cercado y
guardado –y eso hicimos. No fue una petición difícil.
Así que, ¿cuál sería tu
política sobre publicar una información que algunos argumentarían que pone en
peligro la seguridad nacional? (Me doy cuenta de
que no es una cuestión enteramente hipotética). ¿Les dejarías intentar tratar
el caso?
Querido Bill,
¿Por qué deberían estar los
periodistas que esconden sus opiniones menos atraídos por la naturaleza humana
para manipular sus noticias que aquellos que son honestos sobre sus opiniones?
Si acaso, esconder su punto de vista le concede al reportero más libertad para
manipular su trabajo, porque el lector es inconsciente de esos enfoques ocultos
y por lo tanto no puede tenerlos en cuenta.
Por ejemplo, yo no supe hasta mucho después el hecho de que (el
corresponsal de The Times) John
Burns  albergaba algunas opiniones
bastante favorables sobre el ataque a Irak. Él no solo admitió en 2010 y 2011
que fue incapaz de prever la carnicería y la destrucción masiva que la invasión
causaría,
sino que también percibió a los soldados norteamericanos invasores como
“ángeles” y “liberadores”. ¿Le hace esto más activista que periodista? No lo creo. Pero como lector, realmente me hubiera gustado conocer sus puntos
de vista ocultos en el momento en que estaba informando sobre la guerra para
que yo hubiese podido tenerlos en cuenta.
Es, creo, muy difícil
argumentar que el tono “objetivo”,
aparentemente requerido por la mayoría de los medios masivos, crea
confianza en el público, dada la muy baja estima con que el público se refiere
a esas instituciones mediáticas. Más allá de las preocupaciones sobre el sesgo ideológico, el
colapso de la credibilidad de los medios tiene su raíz en cosas como ayudar al
gobierno de EEUU a diseminar falsedades que condujeron a la guerra de Irak y,
más en general, a una sumisión flagrante al poder político: patologías
agravadas por la prohibición periodística 
de hacer cualquier aclaración, 
frases aseverativas sobre las palabras y las acciones de los
responsables políticos, por miedo a que uno sea acusado de
parcialidad.
En cuanto a tener en cuenta los
peligros planteados sobre vidas inocentes antes de publicar: nadie discute que
los periodistas deberían hacerlo. Pero no le doy peso adicional a la vida de
norteamericanos inocentes comparados con las vidas de inocentes no
norteamericanos, ni tampoco sentiría ninguna lealtad especial hacia el gobierno
de EEUU en relación a otros gobiernos al decidir qué publicar. Cuando Goldsmith alabó el “patriotismo” de los medios
norteamericanos, se refería a que los principales medios de EEUU dan especial
lealtad a los puntos de vista e intereses del gobierno.
Supongo que uno puede argumentar que así es como debería ser. Pero
cualquiera que sea esa forma de pensar, 
sin duda  no es “objetiva”. Es
nacionalista, subjetiva y activista, lo cual es mi primer punto: todo
periodismo es subjetivo y una forma de activismo incluso si se hace un intento
de fingir que no es así.
No tengo objeción al proceso por el cual se le permite a la Casa
Blanca dar su opinión antes de la publicación de secretos sensibles.
En efecto, WikiLeaks, defensores de la transparencia radical,
fueron a la Casa Blanca y solicitaron orientación antes de publicar los
registros de guerra de Irak y Afganistán, pero la Casa Blanca se negó a
responder, y entonces tuvieron la temeridad de criticar a WikiLeaks por
publicar material que dijo debería haber sido retenido. Ese proceso de
pre-publicación es sensato periodísticamente (los periodistas deberían
conseguir tanta información relevante como puedan antes de tomar decisiones
sobre la publicación) y sabio legalmente (todo abogado de la Ley de Espionaje
dirá que tal consulta puede ayudar a 
probar la intención periodística al publicar tal material). Para todos los reportajes de la NSA que he
hecho –no solo en The Guardian sino
con grandes medios alrededor del mundo–, he
hecho que la Casa Blanca sea notificada por los editores antes de la
publicación (aunque en la  gran, gran
mayoría de los casos, sus exigencias de que cierta información fuera suprimida
no se tuvieron en cuenta debido a la falta de razones específicas para la
supresión).
Mi objeción no es a ese proceso en sí mismo sino a casos
específicos donde nos llevan a la supresión de informaciones que deben ser
públicas. Sin rencor intencionado, creo que la decisión de 2004 de The Times de retener la historia sobre
Risen/Lichtblau de la NSA por la solicitud de la Casa Blanca de Bush fue uno de
los más notorios de estos casos, pero hay muchos más.
En esencia, veo el valor del
periodismo como descansando en una doble misión: informar al público con
información precisa y vital, y su capacidad única para proporcionar un control
verdaderamente adversario sobre aquellos en el poder. Cualquier regla no escrita que interfiera con cualquiera de esas
dos puntas me parece antiética para el verdadero periodismo y que no debe
tenerse en cuenta.
Querido Glenn,
“Nacionalista”, tu palabra para la “mentalidad” de la prensa norteamericana,
es un concepto que tiene algunas cargas desagradables. Es el lado oscuro de
(igualmente fácil) “patriota”. Sugiere lealtad ciega y chovinismo. Asumo que no
la usas casualmente. Y casualmente no puedo dejarlo pasar.
The New York Times es global en cuanto a su recopilación de noticias (31 oficinas
fuera de EEUU), su plantilla (nuestro jefe ejecutivo para novatos es británico)
y especialmente en su audiencia. Pero es, por encima de todo, una empresa
norteamericana. Esa identidad lleva consigo beneficios y obligaciones. Los
beneficios incluyen una constitución y cultura que, comparada con la mayoría en
el mundo, favorece la libertad de prensa. (Que es por lo que tus editores en The Guardian nos han buscado más de una
vez como socios en emprendimiento periodístico de riesgo –buscando escudo bajo
nuestra Primera Enmienda de la Ley de Secretos Oficiales Británicos). Las
obligaciones incluyen, sobre todo, hacer rendir cuentas al gobierno cuando
viola nuestras leyes, traiciona nuestros valores, o deja de cumplir sus
responsabilidades. Hemos gastado una considerable energía periodística en
exponer la corrupción y opresión en otros países, pero hacer rendir cuentas
comienza en casa.

Al igual que cualquier esfuerzo dirigido por seres humanos, el nuestro es imperfecto,
y a veces decepcionamos. Críticos de la
izquierda, incluyéndote a ti, estaban indignados al conocer que mantuvimos
guardada la historia de las escuchas ilegales de la NSA por más de un año,
hasta que yo estuve convencido de que el interés público compensaba cualquier
daño potencial a la seguridad nacional. Los críticos conservadores estaban más
furiosos aún cuando, en 2005, publicamos. La gente honrada puede no estar de
acuerdo con tales decisiones, publicar o no publicar. Pero esos juicios fueron
el resultado de un cálculo largo, duro e independiente, un balance de riesgos y
responsabilidades, no “lealtad al gobierno de EEUU”.

A propósito, dado que mencionas WikiLeaks, una de nuestras
principales preocupaciones en convertir esos documentos en historias noticiosas
en 2010 fue evitar poner en peligro a las fuentes inocentes –no
norteamericanas, sino disidentes, estudiosos, defensores de los derechos
humanos o civiles ordinarios cuyos nombres fueron mencionados en los cables
clasificados de las embajadas en el extranjero. La actitud de WikiLeaks sobre
ese tema fue una monstruosa indiferencia. Según David Leigh, el investigador
jefe de The Guardian en esa historia,
Julian Assange dijo, “Si son asesinados, ellos se lo han buscado”. (Assange
niega haber dicho esto, pero la trayectoria de David Leigh le aporta una
considerable credibilidad). El ejecutivo de Google Eric Schmidt dice que
Assange le dijo que hubiera preferido nada de redacciones. En varias ocasiones he dicho que Julian Assange y WikiLeaks deberían
tener derecho a las mismas libertades de prensa que The New York Times. Pero no
vamos a pretender que tengan el mismo sentido de la responsabilidad.
¿Nuevo tema?
Pierre Omidyar, tu nuevo jefe, cree que ha visto el futuro del
periodismo, y se parece a ti. En una entrevista en NPR,
Omidyar dijo que “la confianza en las instituciones está bajando” y ahora “las
audiencias quieren conectar con personalidades”. Así que está construyendo una constelación de estrellas, solistas “llenos de
pasión”, investigadores empecinados. Sé que tú no hablas por Omidyar, pero
tengo algunas preguntas acerca de cómo ves este nuevo mundo.
Primero, se ha convertido
en un cliché en nuestro negocio/profesión/oficio que los periodistas deben
construirse a sí mismos como “marcas” individuales. Pero el periodismo
–especialmente el más duro, como el periodismo de investigación– se beneficia
inmensamente del apoyo institucional, incluyendo un personal técnico que
sabe cómo sacar lo máximo de una base de datos, editores y verificadores que
vigorizan las historias, diseñadores gráficos que ayudan a hacer comprensibles
temas complicados y, no menos, abogados que están inmersos en libertad de
información y la Primera Enmienda. En la
cobertura de Snowden, trabajaste en la estructura institucional de The Guardian y, por un tiempo, de The Times. Así que, ¿qué
es tan diferente en el nuevo proyecto? ¿Es tan solo una institución
periodística con otro nombre?
Segundo, en una entrevista con mi viejo
amigo David Cay Johnston dijiste que la cobertura de los gobiernos y otras
grandes instituciones está a punto de ser radicalmente cambiada
por la omnipresencia del contenido digital. Los gobiernos y negocios dependen
de vastos caudales de información. Todo
lo que se necesita, dijiste, es acceso y una conciencia preocupada para crear
un Edward Snowden o un Bradley Manning. Pero a mí me parece que se
necesita una cosa más: una disposición a arriesgarlo todo. Manning está
cumpliendo una pena de 35 años de prisión por las revelaciones de WikiLeaks, y
Snowden afronta una vida en el exilio. Las mismas herramientas digitales que
hacen fácil filtrar también hacen difícil evitar ser atrapados. Esa es una
razón, creo, por la que la abrumadora
preponderancia del periodismo de investigación sigue procediendo de reporteros
que cultivan fuentes de confianza durante meses o años, no de gente de dentro
que de repente decide confiar a alguien a quien nunca han conocido un pendrive
lleno de secretos. ¿Realmente crees que Snowden y Manning representan el futuro
del periodismo de investigación?
Y, tercero, ¿sera la Nueva Cosa
de Pierre Omidyar un monocultivo político, o esperas que haya Glenn Greenwalds
de derechas a bordo?
Vuelve a ti.

Querido Bill,
Para entender lo
que quiero decir con «nacionalista», vamos a examinar el ejemplo que
hemos discutido: la no utilización por parte de The New York Times de la palabra «tortura» para describir
las técnicas de interrogación de la era Bush. Dices que el uso de esta palabra
era innecesaria porque describió las técnicas en detalle. Eso está bien: pero The New York Times (junto con otros
medios de comunicación) usaron la palabra «tortura» sin reservas para
referirse a las mismas técnicas -cuando eran utilizadas por  países enemigos de los EE.UU. Eso es lo que
quiero decir con «nacionalismo»: la toma de decisiones periodísticas
para comportarse con, y promoviendo, los intereses del gobierno de EE.UU.
No me refiero al término despectivamente (al menos no del todo),
sólo de forma descriptiva. Esto demuestra que todo el periodismo tiene un punto
de vista y un conjunto de intereses por delante, aunque se hagan esfuerzos por
ocultarlo.
Sobre la diferencia entre WikiLeaks y The New York Times: The Guardian (junto con The
New York Times
) tiene una amarga y prolongada pelea con Assange (ahora que
han sacado beneficios con sus documentos), por lo que personalmente no asumiría
una inherente credibilidad a sus disputas sobre lo que fue o no fue dicho en
privado. Por todo lo que he visto, ni
Assange ni WikiLeaks tienen el más mínimo deseo de poner en peligro a personas
inocentes. Todo lo contrario: han intentado con diligencia que se corrijan los
nombres de inocentes, y solicitaron la contribución de la Casa Blanca antes de
publicar (que fue denegada inexcusablemente). Además, la única vez que una gran
cantidad de documentos sin editar fueron liberados fue, irónicamente, cuando el
periodista que has mencionado (no asociado con WikiLeaks) publicó la contraseña
del archivo en su libro.
Pero vayamos al
punto más amplio: incluso si uno tuviera que asumir por el bien del argumento
que la más agresiva transparencia de WikiLeaks podría resultar ocasionalmente
en un exceso de revelaciones (una proposición que rechazo), la postura amistosa
hacia el gobierno por parte de The New
York Times
y medios similares produce frecuentemente un periodismo muy
perjudicial en sí mismo. No fue WikiLeaks quien avaló las afirmaciones
oficiales falsas acerca de Saddam sobre las armas de destrucción masiva y la
alianza con Al Qaeda en su portada bajo el disfraz de «noticias» para
ayudar a iniciar una guerra atroz. No es WikiLeaks quien da el anonimato de
forma rutinaria a los funcionarios de Estados Unidos permitiéndoles difundir
los mitos de glorificación de los líderes o las manchas tóxicas de los críticos
del gobierno sin credibilidad alguna
No es WikiLeaks la
que lanza acusaciones increíblemente incendiarias sobre los soplones americanos
sin la más mínima prueba. Y no fue WikiLeaks la que permitió al pueblo
estadounidense reelegir a George Bush sabiendo, pero ocultando, que les estaba
escuchando a escondidas de la forma exacta en que el derecho penal lo prohíbe.
En cuanto a la nueva empresa que estamos construyendo con
Pierre Omidyar: todavía estamos desarrollando cómo lucirá, la forma en que se
estructurará y cuestiones similares, por lo que mi capacidad de responder a
algunas de tus preguntas es limitada. Pero puedo abordar algunas de las
preguntas que planteas.
Estamos absolutamente convencidos de que editores sólidos
y experimentados son vitales para el buen periodismo, y tenemos la intención de
tener un montón de ellos. Se necesitan editores para asegurar el máximo nivel
de precisión de los hechos, para verificar las afirmaciones principales, y para
ayudar a los periodistas a tomar decisiones que eviten daño a inocentes.
Pero éstos no son necesarios para imponer
reglas estilísticas obsoletas, o para apagar la singular voz y pasión de los
periodistas, o para prohibir cualquier tipo de enunciados declarativos cuando
los funcionarios de alto nivel prevarican, o por mandato del gobierno solicitan
eufemismos en lugar de hechos claramente objetivos, o transmiten declaraciones
o demandas oficiales para suprimir leyes superiores. En suma, los editores deben estar allí para
empoderar y fortalecer un periodismo cargado de hechos, acusatorio y agresivo,
no para servir como obstáculos para castrarlo o suprimirlo.
Tenemos la intención de sopesar las
reclamaciones de las facciones más poderosas con escepticismo, no reverencia.
Las declaraciones oficiales nos indican qué investigar («el funcionario A
dijo X, Y y Z hoy: ahora vamos a ver si eso es verdad»), no el evangelio
alrededor del que construir nuestras narrativas («X, Y y Z, dice el
funcionario A » ).
Con respecto a las fuentes, realmente no
entiendo la distinción que crees que estás dibujando entre Snowden y las fuentes
más tradicionales.
Snowden acudió a los periodistas que trabajan
en los periódicos que se encuentran entre los más respetados en el mundo.
Nosotros no sólo tenemos «memorias portátiles» volcadas en nuestros
portátiles: hemos trabajado durante mucho tiempo para construir una relación de
confianza y desarrollar un marco que nos permita informar sobre estos
materiales. ¿Cómo difiere eso en modo alguno de la decisión de Daniel Ellsberg
de entregar los papeles del Pentágono a The
Times
a principios de 1970?
Dicho todo esto, planteas un punto
interesante e importante acerca de los peligros que posan sobre las fuentes. Pero
no es sólo la gente como Manning y Snowden la que se enfrenta a la
persecución y largas penas de prisión. Denunciantes estadounidenses que acudieron
a los medios de comunicación más tradicionales -como Tom Drake y Jeffery
Sterling- también se enfrentan a cargos por delitos graves a causa de una
administración que, como el ex consejero general de su periódico, James
Goodale, ha dicho, ha sido más vengativa en el ataque del proceso de
recopilación de noticias que cualquier otra desde Richard Nixon.
E incluso periodistas en este proceso, como
el ganador del Premio Pulitzer de tu periódico Jim Risen, se enfrentan a una
amenaza muy real de cárcel.
El clima de temor que se ha cultivado
deliberadamente significa que, como Jane Mayer de The New Yorker dijo, el proceso
de recopilación de noticias ha llegado a un “alto”. Muchos reporteros  de seguridad nacional del Times, tales como
Scott Shane, han emitido advertencias similares: que las fuentes ahora
tienen miedo de utilizar los medios tradicionales de trabajo con los
periodistas a causa de la agresión de la administración Obama. La vigilancia
ubicua obviamente agrava este problema en gran medida, ya que la colección de
todos los metadatos hace que sea casi imposible para una fuente y un periodista
comunicarse sin el conocimiento del gobierno.
Así que sí: junto con las nuevas tecnologías de protección de la intimidad,
creo que valientes e innovadores denunciantes como Manning y Snowden son
cruciales para despejar algo de estas tinieblas y proporcionar un poco de luz
solar. No debe tomar un coraje extremo y una inclinación a ir a la cárcel
durante décadas o incluso toda la vida denunciar  las malas actuaciones que un gobierno comete
en secreto. Pero lo hace. Y eso es un problema inmenso para la democracia,
donde todos los periodistas deben estar unidos en la lucha. La recuperación de
las libertades de prensa básicas en los EE.UU. son un importante impulso para
nuestra nueva empresa.

Querido Glenn,
Tu aparente desprecio por David Brooks (periodista conservador del
New York Times) es revelador.
Presumiblemente, lo que le descalifica de tu categoría de “verdaderos
conservadores” es que antepone la razón a la pasión y a veces encuentra un
terreno neutral. Al igual que Lenin despreciaba a los liberales,  del mismo modo que el Tea Party aborrece a
los republicanos moderados, tú pareces reservar tu desprecio más agudo a la
moderación, al compromiso. Mira el Washington de hoy y dime cómo se está
desarrollando.
Estamos de acuerdo, por supuesto, en que el apego de la actual administración
por la Ley de Espionaje y la disposición a encarcelar a los periodistas que
protegen a sus fuentes ha creado un clima hostil para todos los periodismo de
investigación. Estamos de acuerdo en que es deplorable y negativo para la
democracia.

Hay otras cosas en las que estamos de acuerdo también, pero este intercambio no
estaba destinado a ser una búsqueda de un terreno común. Así que antes de
firmar, me gustaría volver una vez más al que creo que es nuestro más esencial
desacuerdo.

Tú insistes en que “todo el periodismo tiene un punto de vista y un conjunto de intereses
por delante, aunque se hagan esfuerzos por ocultarlo”. Y por lo tanto, no
hay razón para tratar de ser imparcial. (Evito la palabra “objetivo”, que
sugiere un perfecto estado mítico de la verdad). Además, caso tras caso donde
los principales medios de comunicación se ven envueltos, estás convencido de
que tú, Glenn Greenwald, conoces lo que ese 
“conjunto de intereses” es en la mayor parte de los casos.  Nunca es algo tan inocente como un sentido
del juego limpio o una determinación para permitir al lector decidir; tiene que
ser un tipo de servil lealtad  a las
poderosas fuerzas políticas.
Creo que la imparcialidad en el
periodismo es una una aspiración que vale la pena, incluso si no se alcanza a
la perfección. Creo que en la mayoría de los casos te acerca a la verdad,
porque impone la disciplina de probar todos los argumentos, incluyendo en gran
medida el tuyo propio. Esa disciplina no viene de forma natural. Creo que el periodismo que
comienza desde una predisposición declarada públicamente tiene menos
probabilidades de llegar a la verdad, y es menos probable que sea convincente
para aquellos que no están convencidos ya. (Prueba A: las noticias de la Fox).
Y sí, los escritores son más propensos a manipular la evidencia para apoyar un
punto de vista declarado que uno que se mantiene en privado, porque el orgullo
está en ello.
Tú señalas acertadamente que esta búsqueda de la equidad es un
estándar relativamente nuevo en el periodismo norteamericano. Un lector no
tiene que retroceder muy lejos en los archivos –incluyendo los archivos de este
periódico– para encontrar la clase de
periodismo abiertamente opinativo que tú respaldas.  Tiene el “alma” que tú ansías. Pero para un
oído moderno a menudo suena sermoneador y sospechoso.
Creo  que la necesidad de un periodismo imparcial
es mayor que nunca, porque ahora vivimos en un mundo de medios de comunicación
basados en la afinidad, donde los ciudadanos pueden construir y construyen
espacios de sus propias creencias. En conjunto, es
muy sencillo sentirse “informado” sin tener que encontrar información que
desafíe nuestros prejuicios.
Unas pocas voleas atrás, señalabas que las encuestas muestran que
el público norteamericano tiene una baja opinión de las noticias de los medios.
Declaraste –encuentro que sin basarte en evidencia alguna– que esta  estima en declive es resultado de “el
flagrante servilismo a los poderes políticos”. ¿De verdad? Me parece más plausible que la erosión del respeto a los medios
estadounidenses –una categoría que incluye todos los periódicos, desde el
mío hasta el  USA Today, desde Rush
Limbaugh (un comentarista político y locutor de radio republicano) a The
National Enquirer, y hasta  los
noticieros amarillistas locales– pueda
ser explicada por el hecho de que gran parte de ellos son triviales,
superficiales, sensacionalistas, redundantes y, sí, ideológicos y polémicos.
Te ofrezco la última palabra, y entonces podemos dejarle el
espacio a los comentaristas, si alguno ha llegado hasta aquí.
Glenn, te deseo suerte en tu nueva aventura, y espero que
inspire a más multimillonarios a poner 
dinero en el periodismo. Voy a
ofrecer un consejo no solicitado.
Hay muy poco que hayas dicho sobre The Times en este intercambio que no se
haya dicho antes en las páginas de The
Times,
aunque en un lenguaje menos cargado. La autocrítica y la corrección, y he tenido una experiencia
considerable de ambas, no son divertidas, pero son tan sanas para el periodismo
como la independencia y la reverencia a la verdad. La humildad es tan querida
como la pasión. Así que mi consejo es: aprende a decir, “estábamos
equivocados”.
Querido Bill,
Tengo sólo un par de últimos puntos, rápidos.
Mi
«desprecio» por David Brooks se basa en sus años avivando la guerra extrema
y la veneración por una clase política de élite que ha producido poco más que
miserables fracasos y corrupción. No veo en absoluto nada moderado en él.
Simplemente estaba señalando que si quieres presumir de ti mismo por la
contratación de conservadores para escribir en tu periódico, él es muy
representativo en ese movimiento.
Creo que hay
algo de juego semántico en la forma que elegiste para sintetizar nuestro
debate. Mi punto de vista sobre el periodismo requiere tanto de
imparcialidad como de fidelidad a los hechos. Pero creo que esos valores son
promovidos siendo honestos sobre las propias perspectivas y supuestos
subjetivos en lugar de hacer de voz-de-Dios, el tono de
punto-de-vista-imparcial que falsamente implica que los periodistas viven por encima
de los puntos de vista comunes y las divisiones-lealtades que afectan a los no
periodistas y los temidos “activistas”.
Integrados en la perspectiva institucional
y cobertura metodológica del New York
Times
hay todo tipo de asunciones políticas y culturales sobre el mundo muy
debatibles y subjetivas. Y con algunas nobles excepciones, The Times, por su diseño u otra cosa, ha servido a los intereses de
sectores de la élite y poderosos disensos de la misma manera. Su información no
es menos “activista”, subjetiva o sesgada ideológicamente que las voces de los
nuevos medios a veces desprecian condescendientemente
Gracias por desearme lo mejor e invitarme a la reflexión, lo aprecio

Dinosaurios en 3D

Una de las aproximaciones más bellas y veraces a la realidad de esta ciudad basura que es desde hace dos décadas Madrid.

Un trabajo de Juan Beiro.
Vía MCYP.
D.

El Palacio de la Música espera convertirse en una tienda Mango gracias a dos alcaldes madrileños: Gallardón y Botella. Vaya par de patanes…

El Ataque de las Pollas Republicanas

Era la boda en el Palacio, las autoridades no dejaban manifestarse ni sobrevolar la zona, yo tenía un ático cerca, Caramelos Paco (y sus globos de colores) estaba muy cerca también. Aten cabos…

500 pollas voladoras tricolores surcaron el cielo de Madrid aquella lluviosa mañana. Esas cosas que hacíamos.

EL ATAQUE DE LAS «POLLAS REPUBLICANAS»
500 Pollas Republicanas violan el virginal espacio aéreo de Madrid

(Tomado de Indymedia-Madrid)

«El autodenominado Rabo en el Exilio (grupo revelación recién erguido) ha revindicado la colorista e infantil acción erótico-política por la cual medio millar de falos hinchables y bastante hinchados (más de un metro y medio de longitud con unos huevos del tamaño de la cabeza de Trillo) han irrumpido sobre la Almudena y la Gran Vía madrileña para solaz de propios e impropios. Las fuerzas y cuerpos de seguridad han tenido serias dificultades para contener el entusiasmo popular desatado a la vista de tamaña (por lo grandes) proliferación pollonesca y republicana. Tiernos infantes se han desgajado de sus progenitores desafiando a los vigilantes F-18 y al mismísimo avión paraguas y conseguir un polla-república para decorar su dormitorio junto al póster de Britni Spiers y del Getafe F.C. Se sabe que destacadas testas coronadas se han quejado a Protocolo por no haberles reservado también a ellos un pollón republicano. Pero así son las cosas; las pollas republicanas son para el pueblo mientras que, como todo el mundo sabe, las autoridades siempre han funcionado a dedo, que es lo suyo por lo demás.»
D.

Periodistas inmundos, non gratos. Pseudoperiodistas y pseudocracia (y III)

Esta última entrega, completa las dos anteriores, I y II. Abordo ahora las consecuencias últimas del pseudoperiodismo, que ha dado lugar a una pseudocracia. El primero da forma de noticia a la mentira. La segunda es el régimen de gobierno que se alimenta de ella y la perpetúa (pseudo significa mentira en griego).
Gracias a la teoría conspirativa, El Mundo desplazó como
segundo diario con mayor tirada al ABC. La COPE también se situó como
segunda radio en audiencia, con Jiménez Losantos a la cabeza. Éste, para
completar la pitanza, además de colaborar con ambos medios, creó su
propio triángulo de las Bermudas. Bajo el rótulo de Libertad Digital,
montó un periódico, una televisión y una radio digitales. La prensa de
la “nueva” derecha, la radio de los obispos y los ultra(liberales) de la
Red aunaron fuerzas y esfuerzos. Si les hiciesen una auditoría fiscal,
posiblemente los cerrasen. Si se completase con una comisión
deontológica, les subiría los impuestos hasta equipararlos a los de la
pornografía. Los medios citados llegaron a convocar un boicot contra
ABC, porque no suscribía la conspiranoia. Tampoco la desmentía. Pero
todo vale para zafarse de competidores y despejar el camino al negocio
de la mentira.
No se habrían llevado esa tremenda tajada si hubieran
ejercido el periodismo de investigación, que se arrogaban en exclusiva.
Resulta laborioso y caro encontrar pruebas irrefutables a una versión
oficial. Se tiraron a lo fácil: cuestionar a policías, peritos y
testigos. Fabricar pruebas falsas y guionizar falsos testimonios.
Pagarlos con dinero, apoyo mediático y judicial. Para que los aireasen
los mismos desalmados que pusieron las bombas o pasaron los explosivos.
Invalidar, en lugar de hacer avanzar, un proceso judicial. En resumen,
minar el Estado de Derecho.
La conspiración es una mercancía muy barata y rentable, en
términos políticos y económicos. (1) Fácil de elaborar, no precisa
aportar hechos ni seguir ninguna lógica. (2) Fácil de entender, presenta
a los buenos y a los malos, con un relato personalizado y maniqueo. (3)
Se autojustifica y mantiene por sí misma. Si no hay nuevas pruebas, las
habrá. Con tensión narrativa, porque todo acabará encajando. (4) Se
alimenta de los desmentidos. Porque, al intentar rebatirla, se le
confiere entidad y verosimilitud. (5) Cierra filas en torno a los
seguidores, que se sienten amenazados o expuestos a la debacle que se
anuncia. En suma, con mínimos esfuerzos y costes, fideliza las
audiencias. Las convierte en espectadores aterrados o “crispados”, que
nada pueden hacer, excepto seguir pendientes de que les den las claves
de cómo y cuándo actuar. Meros peones guerracivilistas, lanzados contra
las trincheras enemigas. Y que, por cierto, han acabado desertando del
PP y formando nuevos partidos.
La conspiración bloqueó que surgiese un verdadero
periodismo de investigación. Hubiese exigido rendir cuentas, acicateado
el esclarecimiento de las responsabilidades políticas, en el Gobierno
saliente y no en el entrante. No sabemos nada de la ineficacia, las
insuficiencias y las inercias burocráticas que impidieron que los
encargados de hacerlo previniesen la matanza. Al contrario, los
conspiranoicos blindaron a una recua de mentirosos, incompetentes y
corruptos. El entonces Ministro de Interior, Ángel Acebes, entró en 2008 en el consejo de la corporación financiera de Caja Madrid y está imputado en Bankia. Eduardo Zaplana,
Ministro de la Presidencia, figura en los casos de Terra Mítica, los
ERE… Nunca dijo “estoy en política para forrarme”. Sus palabras fueron
otras, más claras: “Lo que te dé. Y me das la mitad bajo mano” (sobre
una comisión en el Caso Naseiro). ¿Para qué seguir mentándoles? Sus
declaraciones antes de las elecciones de 2004 resultan más bochornosas.
Hace nueve años que las recopilamos en un CD, junto a un libro colectivo, y las colgamos de YouTube.
El caso es que, además de forrarse, también les salieron
unas estupendas cuentas electorales. Las del partido aparecerían cuando
la inmundicia sobre el 11M no dio más de sí. El PP casi revalidó los
diez millones de votos que había obtenido en el 2.000. Los cargos antes
citados (y muchos otros) salieron reelegidos. Evitaron rendir cuentas
por haber mentido sobre un atentado que no supieron atajar. Se
mantuvieron en las encuestas, movilizando a su electorado. Cogieron la
mano, le agarraron el brazo a la Asociación de Víctimas del Terrorismo
(de ETA, claro); hasta cogerla del cuello y convertirla en su títere.
Enfrentándola, incluso, a la Asociación de Afectados del 11M. Así
bloquearon los intentos de Zapatero para finiquitar el terrorismo vasco.
Involucrándolos, juntos o por separado (¿qué más daba?), en el atentado
más sangriento de la historia. Así abortaban la baza que afianzaría al
PSOE en el poder.
Si todo esto les parece poco, agárrense a la pantalla.
Porque, siendo grave lo anterior, el periodismo inmundo supuso un
retroceso civilizatorio, sin precedentes en el mundo occidental. Va en
serio. No exagero un ápice. Lograron que el debate público involucionase
hacia fases pre-modernas, carpetovetónicas. Tampoco es que antes fuese
mucho más allá. Pero recuerden que hablamos de un Presidente de Gobierno
que define la realidad desde sus convicciones morales y de
pseudoperiodistas que le dan pábulo. La conspiración, aunque abanderada
xenófoba de Occidente (“los moritos de Lavapiés no pudieron hacer el 11M
sin ayuda”), niega dos principios de la Modernidad y la Ciencia. Ambos
sostienen que la verdad empírica, la constatable, nunca es absoluta.
Debieran asumirlo quienes aún exigen la explicación total de aquellos
atentados e invalidan una sentencia en firme que, como todas, tiene
algún fleco pendiente.
Primero está la navaja de Guillermo de Ockham (¡s. XIV!).
Sostenía este monje franciscano (sí, el protagonista de El nombre de la
rosa de U. Ecco) que la hipótesis con menos suposiciones es
probablemente la más correcta. ¿Cuántas tramas, con cuántos actores y
motivaciones, manejan los conspiranoicos? Y después vino la falsabilidad
de K. Popper (1934, ¡más de 80 años¡). Que dice que las hipótesis –
afirmaciones que deben contrastarse – no son verdaderas ni falsas, sino
falsables. Se aceptan como válidas mientras no las desmientan o corrijan
nuevas pruebas. Si no, no hay quien avance. Ni en un laboratorio
científico, ni en una comisaría, ni en un juzgado… ni en una redacción.
¿Qué hipótesis sostienen Pedro J. y sus adláteres? Ninguna y todas al
mismo tiempo. Por eso hay que declararles personas non gratas en los
campus. Han prostituido el periodismo de investigación. En el terreno
ideológico, impidieron que la derecha franquista evolucionase hacia un
liberalismo laico y democrático. Niegan la ciencia y la civilización.
Aún bien que, en medio de la connivencia gremial, el
clientelismo político y falsos arrepentidos, alguien nos ha dicho la
verdad. En las vísperas del último 11M, el ex-jefe de los Tedax denunció
la trama periodística sobre los explosivos. También Fernando Reinares
publicó (¡por fin!), un libro que atribuía el atentado al yihadismo, despejando todas las dudas. Ante la pregunta de si podía haberse evitado, afirmó:
“Si la unidad de la Guardia Civil dedicada al tráfico ilícito de
explosivos hubiera compartido a tiempo su información con la unidad que
dentro de la propia Guardia Civil llevaba el seguimiento del tráfico
ilícito de drogas, y a su vez esa información se hubiera intercambiado
con la que tenía la Comisaría General de Información que continuaba
investigando el sumario de la ‘Operación Dátil’, que estaba a punto de
concluir, todo hubiera podido ser distinto. Porque así es como se
financió el 11M: con drogas.”
Está farragoso. No sé si aposta. Pero han leído bien. La
conspiración se asienta en el silencio que se mantiene sobre el
intercambio de explosivos entre la Guardia Civil y sus confidentes. Les
dejaban traficar con hachís y dinamita, para seguir el rastro de futuros
delincuentes. Pero algunos eran agentes dobles. Se les fueron de las
manos. No estaban coordinados. No les entendían cuando, en su presencia,
hablaban en árabe. Todos los recursos y efectivos se dedicaban a
combatir a ETA y a su entorno. Aunque los expertos en terrorismo
supieran siempre que no habían sido los autores del 11M. El Congreso de
EE.UU. contaba con un informe que a los ocho meses del atentado
descartaba la autoría de ETA. Wikileaks lo publicó en febrero de 2009, a disposición de cualquiera. ¡Hace cinco años! A ver si son los hackers,
y no los periodistas y sus expertos en terrorismo internacional,
quienes nos salven. Aquí tenemos a Évole, hackeando los formatos
televisivos, como señalábamos en la entrega anterior.
Salvados debiera producir otro fake o farsa, esta vez sobre
el 11M. Sus agujeros negros se parecen a los del 23F y están en el
Ministerio de Interior. Tan negros, que su opacidad puso en riesgo la
democracia en 1981 y la vida de muchos ciudadanos en 2004. Al menos eso
afirman los novelistas. Es la tesis de Cercas en Anatomía de un
instante, que se detiene en los secretos de los servicios de
inteligencia. Y la de Gutiérrez-Aragón en La vida antes de marzo, que
novela la trama de explosivos de las minas asturianas. Les cito sin
compartir las tesis (a)políticas de ambos libros. Pero, lo dicho, este
es un país de cuentistas. Lo digo también por las de nuestros
ex-gobernantes. Repasen las recientes de Aznar y Zapatero sobre el 11M.
Entenderán por qué los dos últimos ex-presidentes de Gobierno no fueron
invitados al funeral del pasado 11 de marzo. Para anomalía democrática,
ésta. Hablamos de los máximos representantes electos de este país
durante esta década infame.
El ex-jefe de los Tedax publicó en su libro que Aznar y,
después, Zapatero y Rubalcaba no quisieron dar publicidad a sus
informes. El primero, porque creyó que relanzando la cruzada contra ETA
ganaría las elecciones de 2004. Los segundos, para dejar que los
populares se despeñasen en una deriva alucinada y alucinante, que
acabaría deslegitimándoles. “Que hablen los jueces”, dijeron, eximiendo a
la clase política de cualquier autocontrol. Lo que importaba es que
Rubalcaba recogiese el rédito electoral de la desaparición de ETA. Ya
saben, cuanta más crispación, mejor. Una lógica paralela a la estrategia
criminal del terrorismo: cuanto peor, mejor.
La crispación política ha sido la hermana gemela (más bien,
el engendro siamés) de la conspiración mediática. Hasta que ETA
desistió de su delirio armado. Y hasta que el 15M reemplazó el 13M. Al
bipartidismo, encubierto de antagonismo, se le fueron de las manos los
ciudadanos infantilizados. Al PSOE le crecieron los enanos
quincemayistas. Al PP, los cazafantasmas antiterroristas y más
españolistas. Ya no está el ogro con el que les asustaban. El
enfrentamiento es ahora con la ciudadanía y con los periodistas que les
acompañan. Véase la reacción de ambos ante la represión de las Marchas
de la Dignidad y del 22M; los apaleamientos de reporteros, los montajes y el sabotaje policial
de lo que quería ser el inicio de otro 15M. Por eso hay que desalojar a
sus corifeos mediáticos de los campus. Al menos, eso.

Periodistas inmundos, non gratos. Y un canto a Évole (II).

En la entrega anterior
pedía al alumnado de CC de la Información y/o Comunicación que
declarase a Pedro J. Ramírez, Casimiro García-Abadillo, Fernando Múgica y
Federico Jiménez Losantos personas non gratas. Mientras la
escribía, los estudiantes rechazaban la ley de su compadre Wert en las
calles. Ahora argumento las razones de fondo para que destierren de los
campus a quienes, una vez más, les invisibilizan. Ni una sola mención a
la huelga y las detenciones de estudiantes en la edición digital de El Mundo
que acabo de consultar (28 de marzo, 13:19 a.m.). Los pseudoperiodistas
fabrican opinión pública, en vez de ayudarla a que se forme y exprese.
Inventan mayorías para hablar en su nombre. Si pueden, ignoran a quien
se les enfrenta. Si no, le criminalizan. Hay que desalojarles de la
esfera pública, si queremos oírnos y dialogar en paz. Hay que vetarles
en los ambientes académicos que forman a futuros periodistas. Su primer
cometido será escuchar al público, antes de dirigirle la palabra e
intentar representarle. Una cuestión de mero respeto, vamos.

Si otro compañero de profesión hubiese incurrido en sus desmanes, los
periodistas inmundos le habrían imputado, al menos, tres muertos. Se
pasaron una década buscando los “autores intelectuales” del 11M. El 13
de marzo de 2004 el panadero pamplonica Ángel Berrueta
fue acribillado a balazos por un vecino policía. Se había negado a
colocar en su local un cartel que imputaba la matanza a ETA. Al día
siguiente, en una manifestación solidaria con su familia, Conchi Sanchís falleció de un infarto, tras una carga policial en Hernani. Los inmundos también acosaron al excomisario de Vallecas,
que custodió la mochila con las pruebas claves. Invalidaba sus
invenciones sobre los explosivos. Le destrozaron la carrera y la vida
familiar. Su mujer se suicidó.

En democracia, los intelectuales (que no se quejen, les tratamos como
si lo fuesen) no delinquen. No les imputamos ningún asesinato, sino el
mayor delito que puede cometer un periodista: intimidar y engañar a la
opinión pública. Desde la mañana del 11M desplegaron la estrategia
comunicativa de Aznar. Intentaron desatar lo que Noelle-Neumann llamó una espiral del silencio.
Intentaron amedrentar a quienes disentían. Callarles, fabricando una
falsa mayoría al acusar de colaboracionistas a quienes avalasen el
desmentido de Otegi sobre la autoría de ETA. Y nos convocaron a la
manifestación oficial del 12 de marzo. Como explicamos en un libro de 2009,
aquello fue un acto electoral del PP, que pudo acabar en otro atentado
peor que el de los trenes. Ahí también aportamos argumentos e imágenes
que siguen censurados.

Antes de las elecciones de 2004, en lugar de silencio se sucedieron las mentiras prudentes (teoría de Timur Kuran).
La versión oficial fue cuestionada con apocamiento, medias tintas y en
voz baja. La mentira institucional y el silencio de la oposición se
quebraron cuando las cibermultitudes del 13M se convocaron en la jornada
de reflexión electoral. No cabía otra que exigir la verdad antes de
votar. Le atribuyeron a Rubalcaba haber organizado aquellas
manifestaciones, cuando compareció en público a rastras de ellas. Y así
ha seguido la cúpula socialista, rebasada por la contestación social. Ya
no digamos cuando el 13M reapareció como 15M, que según los
conspiranoicos, era la versión camping del comando Rubalcaba.

La conspiración aprovechó, desde el primer momento, que la condena a
ETA fue unánime entre representantes políticos, intelectuales orgánicos y
corifeos mediáticos.  Condenaron al “entorno” vasco-etarra aquellos
días, con una certeza infundada, desmentida por los hechos. Se había
convertido en corrección política gritar: “Maldita ETA. Y si no ha sido
ella, da igual”. Una expresión diáfana del todo vale contra el
terror. Aunque sea al margen de la realidad. Es decir, la excusa
perfecta que permitiría magnificar al enemigo que justificase toda la
inmundicia que soltarían con su excusa. ¿Para qué recordar los nombres
de aquellos tribunos inflamados de ardor antiterrorista? Algunos de
ellos, ahora se presentan como regeneracionistas, antiglobalizadores o
quincemayistas. Identifíquenlos, si quieren, en los comentarios.
Nosotros ya lo hicimos en su tiempo, en aquel libro. Ni uno solo se ha
retractado. Carecen de legitimidad para repudiar el periodismo inmundo.
Se inhabilitaron para parar los pies a quienes les tomaron la delantera
en 2004.

De hecho, tras el 11M, la mayoría de políticos y tribunos aplicaron
la máxima regla de la Transición. Borrón (ensangrentado) y cuenta nueva
(de resultados). A seguir con el mismo negocio. El muerto al hoyo. Y los
más vivos al bollo. Sin mirar atrás. Sin piedad. Ocultando traiciones,
heridas… responsabilidades inconfesables. Lo que no previó la izquierda
es que la derecha perdería la vergüenza. “Sin complejos” reescribió la
Guerra Civil de la mano de Pío Moa y con otra reivindicó a Azaña durante
el Aznarato. Perdido el poder, se lanzó a contar fábulas de horror en
tiempo presente. La teoría de la conspiración fue el cuentacuentos (storytelling, dicen los pedantes) del PP. Antes, durante y después de cada aniversario del 11M; incluido el último. Y piedra angular de la lapidación de “ZetaP”. Más de cuatrocientas preguntas
del Grupo Popular introdujeron la inmundicia mediática en el
Parlamento. A eso se le llama alineamiento editorial-partidario. O
prensa de partido.

El intento de normalización del periodismo inmundo al que hemos asistido era previsible. Las reacciones a los dos programas de Salvados,
previos al último 11 de marzo, así lo hacían presagiar. Tras el
primero, sobre el 23F, “la profesión” linchó a Evolé. En el segundo,
cuando entrevistó a Pedro J., le puso en evidencia de forma manifiesta,
pero nadie dio acuse de recibo. No se enteraron o miraron a otro lado.

Mis alumnos (y otros muchos conocidos) han sustituido el telediario e Informe Semanal por el Intermedio y Salvados. El tumulto mediático sobre el “engaño”
de Évole, un falso reportaje del 23F, manifestaba el afán de
auto-legitimación de una profesión desnortada. Los prebostes del oficio
se pusieron selectos. Nos advirtieron que el problema era la (con)fusión
de formatos. Como si no usásemos la infosátira para quitarnos de encima
el fétido olor a relaciones públicas y a propaganda partidaria que
desprenden las noticias que consideran serias.

Évole encarna al hombre de la calle, al Juan de Mairena periodista (se lo he copiado a Juan Varela).
De ahí su identificación con el público. No engañó a nadie. Al
contrario que los reporteros “más rigurosos”, desveló su artificio.
Artificio, verdades a medias y completas falsedades son también los
libros y crónicas del 23F publicados por periodistas de mucho pedigrí.
Javier Cercas se pasó a la novela y en Anatomía de un instante contó
lo que hasta ahora se nos permite saber sobre aquella puesta en escena.
Lo que relata no difiere tanto del simulacro de Évole. Éste último
reconocía que había producido una ficción, porque no podía acceder a los
archivos. Siguen cerrados a cal y canto. Una “narración real”, que
diría Cercas, puede resultar más cierta que un reportaje. Por eso, dicho
sea de paso, mis mejores alumnas (casi todas son chicas) conocen cómo
nos (des)gobiernan y la actualidad que (mal)vivimos a través de
teleseries extranjeras que se descargan de la Red.

Los compañeros de oficio pusieron a Évole en la picota. Quisieron
distanciarse de él y, para señalar de qué lado estaban, obviaron
criticar a los periodistas de renombre que participaron de su juego. Le
concedieron entrevistas falsas sobre unos sucesos de los que nos han
seguido (des)informando. Lo dice la propia Pilar Urbano. Podría pensarse que Evolé nos presentó una parodia de la farsa que representan desde 1981. El no va más del fake:
un engaño montado sobre otro engaño. Encima, con los mismos
protagonistas. Por eso vapulearon al bufón, que para eso está: reírle
las gracias y darle capones cuando se pasa. Y mantuvieron en los altares
al telepredicador de la progresía, al escriba del Monarca, al Real
Académico de la lengua bífida… Aún hay clases en la casta periodística.
Así se demostró tras el siguiente Salvados.

Sin justificación alguna los medios absolvieron a Pedro J. de su
conspiranoia tras la magnífica entrevista que le hizo Évole. Aún creía “poco probable”
la autoría de ETA. A pesar de que los tribunales habían rechazado por
enésima vez las pruebas inventadas y los testimonios pagados por sus
subordinados. Los prebostes del periodismo callaron. Asumían que la
credibilidad de un informador no deriva de su inquebrantable fidelidad a
unos hechos, probados y contrastados. Es un acto de fe ciega: para
aquellos que no quieren ni necesitan ver la realidad. Ni que se sepa.
Por eso El Mundo transmitió en la jornada electoral de 2004 la “convicción moral”
de M. Rajoy (“convencimiento” en A. Acebes, que es más flojo) de que
ETA había atentado el 11M. La moral del actual Presidente y del antiguo
Ministro de Interior tampoco es de este mundo. Pura inmundicia.

Tampoco nadie se rasgó las vestiduras, cuando escucharon y vieron a
Pedro J. lavarse las manos. Todo un Poncio Pilatos del oficio. No asumió
su responsabilidad por haber publicado un editorial en Diario 16.
Defendía y alentaba el asesinato de estado para acabar con ETA. Una
postura que, como insinuó Évole, revelaba que el escándalo de los GAL,
con el que El Mundo se colgó tantas medallas, era el ariete que
empujaron lo justo para desalojar a Felipe González. No acabó ahí el
curso de mugre periodística. Pedro J. tampoco se hizo responsable de un
titular que animalizaba a los nacionalistas catalanes en primera plana.
Es un caso prístino de periodista que va de libre. Pero en realidad va
por libre. Un irresponsable, que sólo se justifica ante sí mismo.
Ejemplo patrio de la “Prensa libre e irresponsable” que critica Yohai Benkler. Él ni siquiera veló porque los medios que dirigía guardasen respeto a los derechos humanos y a la convivencia.

Puso la guinda cuando ante el insistente entrevistador, perro de
presa sonriente, (¡menuda/o pieza se cobró!) aseguró que si era
necesario cogía el teléfono para llamar a Montilla y a Carod-Rovira. Y disculparse así por haberles presentado con un enorme titular: “Triunfaron los animales”. No entiende el pseudoperiodista que debía haber agarrado el listín telefónico de toda España. Y no dejar de marcar números
hasta pedirnos disculpas. A todos nosotros. ¿O es que fabrica noticias
sólo para los políticos profesionales? ¿Para quitarlos y ponerlos? Será
eso. Pero la inmundicia que se publica, cuando no se reconoce ni
denuncia, envenena la democracia. Fue lo que ocurrió. Prometo que el
jueves les muestro lo maltrecha que ha quedado.

Periodistas inmundos, non gratos (I)

Por si se os había pasado. Ahí va un combate en tres asaltos,  también contra la depre que me asaltó después del 10º 11M.

No debiera pasar marzo sin desmentir que el 10º “aniversario” del 11M
superamos la teoría de la conspiración. A la décima fue la vencida. Ya
les vale. Los conspiranoicos hablan de “normalización”, pero la anomalía
continúa. Conservan el estatus de periodistas quienes urdieron la
infotoxicación más aberrante que hayamos conocido. Bendecidos con los
infundios de Rouco
en el funeral del pasado 11 de marzo, siguen sosteniéndola. Menuda
filfa serían este blog y el dichoso 4º Poder en Red, si no cantasen las
verdades del barquero a quienes hunden el periodismo en la inmundicia.

Sé el recelo que puede despertar el repudio de unos pseudoperiodistas, que dan forma de noticia a la mentira (del griego, pseudo: mentira). Aclaro que los responsables de Público
nada han tenido que ver con esta iniciativa. De ningún modo debe
asumirse que la hayan promovido ni que la suscriban. Propongo declarar
periodistas non gratos a quienes nos vendieron tales patrañas que
debemos denunciarles como traficantes de información tóxica. Tan infecta
que, como argumentaré en una segunda entrega, ha degradado el debate
público hasta hacerlo impropio de una democracia. Los periodistas
inmundos se denigran a sí mismos, a la profesión que dicen ejercer y a
la sociedad a la que se dirigen.

Sus falacias sobre el atentado más letal perpetrado en Europa merecen
la condena. No es un ataque, sino legítima (auto)defensa de los
auténticos periodistas. Excepto por los que señalaré, declaro mi respeto
hacia los trabajadores de las empresas aquí citadas. Sus condiciones
laborales resultan lo bastante penosas como para encima imputarles los
desmanes de sus superiores. Se han hecho multimillonarios
precarizándoles y engañando al público. Pobres también quienes aún les
creen. Son peones de un guerracivilismo de baja intensidad, que solo
reconoce las víctimas de su bando. El derecho a la información presupone
que el ejercicio del periodismo sea compatible con un modelo de vida y
de negocio dignos. Ambas cosas son bien difíciles. Pero lo serán aún más
si los ciudadanos y los periodistas con coraje no mostramos la dignidad
con la que los afectados del 11M han resistido una década de mentiras e
insultos.

El verdadero 4º Poder lo formamos todos y todas. Con la tecnología
digital intentamos controlar gobiernos, parlamentos y juzgados. Pero
solo tenemos impacto si nos aliamos con periodistas que se reconocen a
nuestro servicio. Consideran la información como un bien común,
mancomunado: generado mano a mano, con el público que somos su sostén e
interlocutores. Por eso estamos obligados a defender al periodismo y
señalar a quienes lo envilecen. Cuando los profesionales pervierten la
libertad de expresión, nos la amputan a todos. Exijámosles que rindan
cuentas y se retracten. Y, si no, retirémosles lo único con lo que
cuentan: la gracia, el permiso de ejercer como representantes y
valedores de nuestros derechos. No somos mercancía en manos de
periodistas mercenarios, a sueldo de políticos y banqueros.

Un muy alto cargo de un grupo multimedia español me confesaba hace
dos años que el mayor error había sido admitir como colegas a
“demasiados indeseables”. Pues bien, se acabó el colegueo. Porque es
competencia nuestra defender la libertad de expresión del único modo
posible: ejerciéndola sin miedo ni bozal. Identificando a quienes la
malean, máxime si (al contrario que nosotros) cobran por ello y cuentan
con protección legal. Por tanto, denuncio a Pedro J. Ramírez; a su
sucesor en la dirección de El Mundo, Casimiro García-Abadillo, y a
sus conmilitones, Fernando Múgica y Federico Jiménez Losantos, como
periodistas inmundos. Han transgredido la deontología y las prácticas
profesionales más básicas. No lo han reconocido. E incluso se
vanaglorian de ello. Merecen que les declaremos periodistas non gratos.
Claro que hay más. Y, si así lo piensan, quienes nos leen deberían
tomarse el trabajo de denunciarles. Nosotros ya lo hicimos hace una
década, en un libro
colectivo que barría la inmundicia venidera. Siguen ignorándolo, por la
cuenta que les trae. Esto no es un auto de fe, como los que ellos
acostumbran a oficiar. Han ejercido de inquisidores, exentos de mostrar
las pruebas. Se han ahorcado con su propia lengua.

Pedro J., en declaraciones a Salvados
afirmó: “No descarto de plano la participación de ETA en el 11-M, pero
la veo improbable…  No sabemos lo que pasó”. A una semana del
aniversario, el susodicho consideraba improbable (¿sin pruebas?) lo que
durante diez años afirmó como cierto (sin pruebas). El pseudoperiodista
siembra dudas, en lugar de despejarlas, que es lo que le corresponde a
un informador. Éste habla con hechos contrastados e incontestables. Si
no, calla. Pero esta conducta requiere humildad y más trabajo que
alimentar suspicacias y lanzar insidias. Exige una mínima sensibilidad
por la memoria de las 192 víctimas y 1.800 familias heridas. Rasgo
imposible en quienes no han mostrado ni un atisbo de atención a la
estabilidad psíquica y emocional de los afectados. Fruslerías, al fin y
al cabo, para quien se considera inmortal y se instaló en el Olimpo de
la Prensa Mundial hace años.

García-Abadillo, ya como sucesor del Pedro J, afirmó
el 9 de marzo: “Dimos crédito a algunas informaciones faltas de rigor,
que sólo tenían como fin confundirnos y llevarnos a un callejón sin
salida […] Las víctimas merecen que seamos menos arrogantes, reconocer
que todos cometimos errores.” ¿También erró Pilar Manjón? ¿Por eso la
convirtieron en pieza a abatir? El supuesto profesional imputa a
“todos”, a un nosotros implícito que bien pudiera incluirnos, haber
cometido errores. Cree que esto le exime de no habernos sacado de ellos.
Y aprovecha para presentarse como víctima de “informaciones faltas de
rigor”. Las mismas que él fabricó en dos libros – 11-M La vergüenza y Titadyn, este último de 2010 – plagados de pruebas falsas.

Las “investigaciones” de G. Abadillo sólo entorpecieron el juicio del
11-M, alentando que Jamal Zougam, condenado como autor material, se
querellase por falso testimonio contra dos testigos protegidas. El
actual director de El Mundo acusó a dos inmigrantes rumanas de
mentir para conseguir la nacionalidad española. Los tribunales les
avalaron. La misma suerte corrieron el jefe de los Tedax, J.J. Sánchez
Manzano, y el comisario de Vallecas que encontró la prueba clave: se les
abrieron sendas investigaciones que quedaron en nada. Manzano denunció
la trama periodística del Titadyn en su libro Las bombas del 11-M. La policía nunca dudó de que
el explosivo no correspondía con el usado por ETA. A falta de pruebas
que avalasen la conspiración, minaron con insidias la credibilidad de
las admitidas en el juicio. Corrompieron el protocolo más básico del
periodismo de investigación: aportar pruebas irrefutables sobre nuevos
imputados, entregándolas en el juzgado y publicándolas en el periódico.
Sometiéndolas al tribunal de los jueces y al de los ciudadanos. Pero el
periodismo inmundo menosprecia el Estado de Derecho y carece de sentido
cívico.

A falta de evidencias, buenas fueron las declaraciones de otro de los
principales condenados, convirtiéndole, para más inri, en bien pagado. Uno de los testigos privilegiados por El Mundo,  E. J. Trashorras,
declaró antes del último 11M: “No, ETA no tuvo nada que ver. Lo que
dije fueron tonterías. No tenía ningún fundamento para decir eso. Lo
dije sin tener ningún argumento, más allá de querer confundir”.
Estando en prisión, ya le había confesado a su padre que “mientras el periódico El Mundo pague, si yo estoy fuera, les cuento la Guerra Civil española”. Y acto seguido les concedió una entrevista
en la que sostenía: “Soy una víctima de un golpe de Estado que se ha
tratado de encubrir detrás de las responsabilidades de un grupo de
musulmanes…”  El depositario y propagandista de esos infundios fue Fernando Múgica. Mantiene orgulloso en su entrada de la Wikipedia la referencia a la serie Los agujeros negros del 11M.
Y su CV oculto lo componen obras de idéntico rigor. Colaboró con J.J.
Benítez (“mi mejor amigo, periodista honesto”) en dos libros, Ovnis: SOS a la Humanidad (1979) y Existió otra humanidad
(2003). Fraudes arqueológicos, montados a partir de piedras falsas, que
mostraban a hombres y dinosaurios como contemporáneos, visitados por
indios en naves espaciales. Las fotos de estas estafas fueron firmadas
por Múgica.

Al “reportero” que agujereaba la realidad le acompañó F. J. Losantos
en el terreno de la opinión. Al día siguiente de la falsa contrición de
G.Abadillo, sostenía que “habrá más 11-M y más versiones oficiales y
serán todas verdaderas”. Concluía con sarcasmo: “perdón por tanto
error”. Pedro J. suscribió y superó su infamia desde Twitter: “Sólo 3
palabras que añadir a la estupenda columna de Federico: Eppur si muove.
Perdón por los aciertos”. Los errores se habían convertido en aciertos.
Reinciden y alardean, se cuelgan galones. Y claro que se siguen
moviendo, manipulando los hilos de la antigua conspiración… Y de la
próxima. Prepotentes, se saben impunes e inmunes en la ciénaga en la que
chapotean. Me refiero al “fondo de reptiles” (subvenciones ocultas) del
que se alimentan. Seguro que ya han recuperado los 15 millones en
publicidad institucional que El Mundo perdió
tras publicar las cuentas del PP. Pedro J. abandonó el barco que
capitaneaba porque venía perdiendo 400 millones de euros al año. De
Múgica no he buscado información, ojalá haya migrado a Raticulín.
Y a Losantos no le falta de nada entre el diario y la radio digitales,
que erigió durante el aznarato, y otros pesebres que frecuenta.

Campan a sus anchas, anchos ellos con sus falacias. Instalados en “lo
improbable”, el error colectivo, la fabricación de pruebas falsas, el
pago de falsos testimonios, las presiones a testigos y a jueces. Todo
ello ha acabado resultando muy familiar en otros acontecimientos más
recientes. Van de víctimas, sin reconocer ni respetar a quienes lo son.
Sacan enormes réditos, entronizando a las que apadrinan e insultando a
las ajenas. Se declaran valedores de la profesión y la han prostituido.
En el mundo anglosajón, se conoce a estos mercenarios como presstitutes.
Allí han entendido que –aunque esta sea una labor de golfos, descreídos
y libertinos– hay cosas que no se pueden hacer solo por dinero. Sobre
todo, una noticia. Sin un poquito de amor y ciertos límites, se
considera una violación, aunque sea pagada.

El repudio de los periodistas inmundos no tendrá lugar en las
redacciones que comandan, pues allí pagan salarios y deciden ascensos.
No les denunciarán otros medios de forma tan tajante como aquí, por
pensar que tirarían piedras contra su propio tejado. Y porque los
pseudoperiodistas se aprovechan de la falta de coraje para mirar debajo
de la alfombra antes de arrojar la primera. Quien desmiente necesita
haber dicho o exigido la verdad. Casi nadie lo hizo en la profesión. En
caso contrario, el 13 de marzo de 2004 la ciudadanía no habría
denunciado la mentira que propagaba el Gobierno y avalaban el resto de
partidos con su silencio. Las 72 horas previas a la votación pasarán a
la historia como el colapso de un sistema político-informativo. Lo
imperdonable es que se hayan ocupado de rematarlo en los últimos diez
años.

Todos los medios convencionales convocaron el día 12 una
manifestación de repulsa al atentado, diseñada como un acto electoral
del Gobierno. No participaron en su organización los responsables de las
fuerzas de seguridad. ¿Alguien se ha preguntado qué hubiera ocurrido si
los terroristas que se inmolaron en Leganés hubieran querido rematar la
carnicería de los trenes, atentando en las calles repletas de gente?
No, porque la pancarta de la cabecera rezaba: “Con las víctimas, con la
Constitución y por la derrota del terrorismo”. Entonces vivíamos la
entronización de las buenas víctimas (las de ETA), el fundamentalismo
del Régimen de la Transición y la beligerancia antiterrorista (contra
ETA). No es de extrañar que los medios digitales, que no estaban activos
en 2004, fuesen los más críticos con los conspiranoicos en el último
11M.

También callaron las Asociaciones de la Prensa. Demostrando que son
el último ejemplo de sindicatos verticales: representan juntos a los
empresarios y a sus trabajadores. Es decir, representan a los primeros.
Los colegios y sindicatos profesionales mostraron idéntica pasividad.
Quizás por falta de musculatura, propia del rigor mortis, al que parece
abocado el sector. Los responsables de las Facultades de Periodismo que
expidieron los títulos de los inmundos periodistas tampoco abrieron la
boca. No movieron un solo dedo acusador que pudiese depreciar (aún más)
el valor de sus titulaciones.

Podría sugerir a quien nos lee que inundase con una declaración de
repudio a los susodichos los correos electrónicos de las organizaciones
antes mencionadas. Pero lo dejo en sus manos, que para algo las tienen.
Mi llamada se limita a quienes estudian Ciencias de la Comunicación y/o
Información. No quedan otros actores directamente implicados. Al menos
ellos debieran dejar claro que no consideran a los cuatro citados un
ejemplo profesional ni compañeros de viaje. Seguir su trayectoria o
permitir que les identifiquen con ellos les llevará al desastre.
Consideran, como señalaba uno de sus pensadores de cabecera, G. Albiac,
que el periodismo se vincula a “una toma de poder [que] sólo puede
funcionar y consumarse en la noche y en las sombras, entre bruma y
tinieblas.” El oscurantismo es su sello. Y los ciudadanos ya no
demandamos sino que ejercemos mecanismos de participación y
transparencia que acabarán siendo incorporados por la profesión. La luz
es el mejor desinfectante y los taquígrafos del presente, los mejores
periodistas.

Si al alumnado aún le faltan argumentos para declarar personas non
gratas en sus campus a los periodistas, esperen al próximo lunes e
intentaré dárselos. Será una forma de rematar este marzo infame. ¿O
quieren más como este? ¿Hasta cuándo?

A toda extensión, en Diagonal.

Antes del post anterior, Doris Palacín, me había hecho esta entrevista para Diagonal en Digital. Ahí sí que hubo alguien que me escuchó. Tiene mérito la paciencia. Parece una entrevista de JotDown pasado por Gamonal. La foto es de Olmo Calvo.

Víctor Sampedro me recibe en su casa. Me dedica una hora del tiempo que
estaba destinando a la escritura de ‘El Cuarto Poder en Red’, su próximo
libro. Muy amablemente me ofrece un café y me pregunta si puede fumar.
Nos liamos un cigarrillo los dos y empezamos a charlar. «Tú me vas
guiando, porque sino me iré por los cerros de Úbeda», me advierte con
su tono de voz sosegado.

Nos reunimos porque me interesa conocer su análisis del papel de los
medios de comunicación en el conflicto de Gamonal pero, efectivamente,
surgen muchas otras cosas.

Pues… si me quieres contar cómo has seguido los acontecimientos de Gamonal… ¿cómo te has informado de lo que ocurría?

Fundamentalmente a través de la prensa digital de izquierdas de carácter estatal. Y luego, a través de nodo50, entraba a Diario de Vurgos
y a partir de ahí me dejaba llevar por los links, sin preocuparme muy
mucho de dónde me llevaban. Pero siempre buscando información generada
desde abajo y que no estuviera sesgada por cuestiones empresariales
vinculadas a un proceso de desarrollo urbanístico, que es fraudulento en
este país.

Si la gente actuase como quisiera que lo
hicieran los medios convencionales, no habría sociedad civil como motor
de cambio social.

Qué curioso…

Sí, de hecho todo comenzó con un tipo que sigo, porque yo no me había
enterado de lo que ocurría en Burgos. Vamos, sabía que algo había
pasado… Fue la crónica de Antonio Orejudo en el diario.es.
Él decía que la gente estaba empezando a protestar en la calle y a
manifestar una indignación sin cortapisas, de una manera clara, abierta.
Y que él era un burgués, como lo soy yo, un padre de familia, como soy
yo, que no quería ver su casa quemada, ni los contenedores en frente de
su domicilio, pero que sabía perfectamente, como es un hecho constatado
en la historia de la humanidad, que los cambios importantes y
sustanciales no se producen sin un nivel de tensión, de conflicto,
incluso de violencia considerables. Entonces dije, ¡coño! Aquí hay algo.
Luego ya, por las novedades de nodo50, del que soy suscriptor desde
hace 15 años, tiré para adelante y me deje seguir por la
contrainformación digital.

Entonces, quizás, si no has seguido la información por los medios de comunicación tradicionales no puedas hacer una comparativa.

No lo he seguido con la misma intensidad, porque desde ya hace
bastante tiempo analizo los medios de comunicación convencionales y sé
cual es su presupuesto. Su presupuesto es que convocar a la gente a las
calles vacía de significado la democracia. Con lo cual están haciendo
dejación de lo que es su función fundamental, que es construir espacio
público, esté o no determinado institucionalmente. Y, además, negar que la democracia o es de calle o es de ágora o no es democracia.
Entonces, como eso lo tengo muy claro, después de haber estado
analizando los medios de comunicación durante tres décadas, porque mi
tesis iba sobre la insumisión y luego me he ocupado de casi todos los
movimientos sociales y su impacto en los medios convencionales, ha
llegado un momento en que el marco discursivo de los medios convencionales ya me lo sé. Y no me espero otra cosa.

Creo que, además, no es algo solo mío, sino que mucha gente que
conoce lo que está pasando de primera mano acude ya a determinados
medios de comunicación que difunden información de primera mano,
elaborada por los mismos actores que la protagonizan.

En el caso concreto de Gamonal, ¿qué interpretación han hecho de los
hechos, de la quema de contenedores los medios convencionales y la
contrainformación digital? Esto es, ¿las personas de verdad tenemos
capacidad de contradecir lo que dicen los medios convencionales?

Yo creo que la gente lleva contradiciendo los medios convencionales
toda la vida. Si la gente actuase como quisiera que lo hicieran los
medios convencionales, no habría sociedad civil como motor de cambio
social. La prensa convencional lo que hace es desactivar las energías
ciudadanas y canalizarlas, única y exclusivamente, hacia catálogos de
compra comerciales, socialistas, electorales.

¿Por qué? Pues porque viven de las carteras de publicidad de las
grandes industrias y de los favores políticos que les permiten
expandirse en el universo multimedia, que es cuando hacen grandes
negocios. Entonces, el carácter desmovilizador de la cultura de masas
convencional tiene como principal función crear ciudadanos consumidores.
De catálogos, insisto, de compras o de siglas electorales.

¿Y esta capacidad de contradecir, se ha visto acrecentada con la expansión de internet y redes sociales?

Yo creo que aquí hay varias cuestiones. Y en el tema de la violencia hay una muy importante. Desde
hace tres años este país vive un ciclo de contestación que responde a
un consenso de base, que es totalmente contrario al consenso de la
transición.
El consenso de la transición se basaba en la
desmovilización ciudadana. Y en los pactos entre élites. Y en un grado
de secretismo y de negocios pactados a espaldas del pueblo y casi
siempre forjados gracias al silencio, la censura y la represión de la
parte más débil.

Hay dos factores: primero está la desaparición de ETA. Muerta ETA
empezó la rabia social. Ésa es una frase que llevo repitiendo desde hace
mucho tiempo. ETA era un tapón en sí misma, para un proceso de
emancipación de Euskal Herria, pero también era un tapón para el resto
de movimientos sociales, a los cuales se les aplicaba, sí o sí, una
legislación y unos discursos antiterroristas, criminalizadores de
partida.

¿Ahora qué hay? Hay desde hace tres años un movimiento en red, manifiestamente no violento, asentado en un consenso social, que en lugar de desmovilización lo que pide es transparencia y participación,
que tiene el apoyo y la simpatía de tres cuartas partes de la población
española. Estos son datos de encuestas a lo largo de los tres años del
15M que no tienen parangón en ningún otro país del mundo, en ningún otro
movimiento Occupy y que hablan de lo que es una nueva sociedad civil
que ya no se conforma con una segunda transición, sino con una
regeneración profunda del régimen de la transición.

Yo creo que eso está claro y es patente. No hay, además, especiales
diferencias: ni generacionales, ni de género, ni de hábitat, ni
ocupacionales, ni de nivel educativo. Es un movimiento trasversal que,
insisto, no tiene parangón en ningún otro país del mundo.

Esa combinación: (Uno) ya no existe una banda terrorista y dos, la
movilización se define como no violenta, abre muchísimo el abanico de
posturas a ser defendidas. Y los medios convencionales, pues,
los que todavía siguen siendo soporte del régimen de la transición,
siguen estigmatizando cualquier tipo de movilización, no ya violenta,
sino simplemente no coordinada o no alentada por las élites.
Y
han surgido otros medios que siendo, no de contrainformación, pero sí al
actuar en la esfera pública digital se han visto obligados a hacerse
eco de una audiencia que ya tiene capacidad para responder, a través de
los comentarios; de contradecir, a través de publicaciones propias o
blogs; e incluso de alcanzar tanto o más notoriedad que ellos incluso en
la esfera pública extranjera.

Además, la crisis política se manifiesta también en las industrias de
comunicación convencionales. Con lo cual, se ven obligadas a abrir un
poco más el espectro de la cobertura o, por lo menos, ser sensibles a
algo que antes del 15M era impensable. Por ejemplo, la crítica a la
actuación de las fuerzas policiales. O las acusaciones de infiltración. O
las provocaciones por parte de las autoridades. ¿Por qué? Porque todo
periodista y todo medio de comunicación, si no goza de un mínimo de
credibilidad y empatía con su audiencia, pura y simplemente, la pierden.

Entonces, las redes sociales, ¿revitalizan la labor periodística, la complementan, la sustituyen?

Las redes sociales son el alimento y serán el alimento del periodista
del siglo XXI. El periodismo está llamado a ser, en este tiempo de
crisis y de transformación profunda, lo que siempre fue: una plataforma
colaborativa de un flujo de información mancomunada al servicio de unos
intereses y comunidades determinadas. Esto fue siempre el periodismo: un
oficio que daba voz a determinados actores sociales que precisaban de
presencia y visibilidad pública para hacerse oír y presionar.

Y lo ha hecho haciendo de contrapoder, de periodismo de investigación… El
periodismo de investigación contemporáneo nace en la crisis de los años
30 y se reinventa ahora con las filtraciones y con toda la actividad de
los nuevos nativos digitales que producen y generan datos y flujos de
información crítica contrastada.
Documentos que son dados a
conocer para provocar cambios políticos y no sólo eso, sino para
desarrollar información de código libre. Que esto es muy importante.

Los medios convencionales siguen considerando la información (como)
un bien privado. Lo cual es una aberración en términos democráticos. Si
por ellos fuera, se destruirían las noticias después de consumirlas cada
uno de los lectores. Porque creen que el único retorno que tienen que
obtener es un retorno económico y, además, inmediato. Pero ahora con lo
digital es imposible. Porque en el mundo digital, compartir es copiar, y
punto.

El conflicto de Gamonal ha servido para poner otra vez en evidencia
la concentración de medios de comunicación que se da en Castilla y León
en las manos de Méndez Pozo. Que, qué casualidad, es la persona que
lleva dirigiendo la política urbanística de la ciudad durante décadas.
En este sentido, ¿dependemos en los movimientos sociales de los medios
de comunicación convencionales para poner un tema en la agenda? O
¿podemos mermar la influencia de estos conglomerados que responden a
intereses privados?

El pacto de élites políticas y económicas que se produce en la
transición son, en su mayoría, pactos hechos de espaldas a la opinión
pública y presentados casi como la única solución posible. Tanto el PSOE
como el PP se han presentado ante el electorado español siempre con el
dilema de ‘O nosotros o el caos’. Ya nadie compra ese discurso. Porque
la misma sociedad es capaz de reconocer su autonomía y su capacidad de
auto organizarse y de definir de modo autónomo su devenir colectivo. Y
de construirlo.

¿En qué medida la prensa local está ligada a esos pactos y a esa
connivencia que han degenerado, sí o sí, en corrupciones de las
políticas públicas y de la información que les sirven más de propaganda
que de información ciudadana? Pues era algo muy obvio desde hace mucho
tiempo. Cualquier estudio de propiedad de los medios, vincula a las
cajas de ahorros en manos de esas redes políticas y clientelares
empresariales y a la industria del ladrillo, la propiedad de los medios
en cada una de las principales capitales de provincia españolas.

Si, pero desde la ciudadanía ¿cómo podemos combatir esa corrupción?

Yo creo que el combate más importante ha sido la deserción. La gente
ha dejado de comprar estos periódicos. No han renovado audiencias. No
han fidelizado a los nuevos lectores. Eso, que ha sido callado,
que ha sido silencioso, ha sido un golpe brutal para ellos. Y ha hecho
más evidente que dependen fundamentalmente de los apoyos y de las
carteras de publicidad y las campañas oficiales.
Yo creo que
eso ha sido fundamental y creo que no le damos suficiente importancia,
porque no nos ponemos nunca del lugar de los empresarios. Pero los
empresarios saben que, actualmente, tienen periódicos sin lectores y
están todos en números rojos.

No sabemos cómo medir todo lo que está
ocurriendo, porque no responde a las dinámicas de un movimiento social
con una agenda preestablecida, a una organización de coordinación
centralizada, a unos recursos puestos en común de manera estructurada y
estratégica a medio y a largo plazo…Sino que es la suma de un montón de
tácticas de movimientos más a corto plazo, de autodefensa, de
reinvindicación

Una segunda ha sido la constitución de plataformas de expresión
propia. Y esto viene desde muy lejos. En este país, ya que los límites
del consenso eran tan férreos, internet se desarrolla como una esfera
pública paralela, como un ámbito de debate paralelo, donde se van
fraguando y se van consolidando, bien es cierto que como una diáspora y
de manera muy fragmentada, muchos proyectos comunicativos. Y esto ha
dado mucha fuerza a los grupos que los promovían, que han encontrado en
ellos referentes identitarios, han sabido identificar a través de ellos
los objetivos y los enemigos contra los que luchar. Y han sabido
coordinar sus acciones, sentirse capaces de introducir cambios en las
marchas políticas.

Esto, que alcanza su máxima expresión en el 15M, donde confluyen
muchísimas ágoras digitales que, poco a poco y en estos tres años, han
ido ganando fuerza y han ido interrelacionarse y convirtiéndose en un
verdadero ‘Cuarto Estado en Red’,
que es de lo que estoy
escribiendo ahora, pues, ha hecho una mella enorme en la esfera pública
española del régimen de la transición.

Un caso como el de Pablo Iglesias
jamás sería pensable hace tres años. Alguien que fragua su capital
simbólico, su prestigio e imagen pública en un medio comunitario acosado
por las instituciones madrileñas, como es TeleVallecas,
que trabaja ahí durante varios años y que de ahí salta al tdt party, al
canal digital más de ultraderecha y, una vez que está ahí, es requerido
por las cadenas generalistas de ámbito estatal más consolidadas. Toda
esta experiencia de La Tuerka sería impensable si no hubiera contando,
además, con el apoyo de el diario Público, últimamente, que le da una
persistencia en la esfera pública, pero también y previamente con las
redes sociales.

Entonces, las redes sociales se constituyen como esa conversación
permanente de la sociedad civil consigo misma de la cual, de una manera u
otra, el periodista se tiene que nutrir, porque está expresando los
temas y las opiniones de los segmentos más activos y más implicados
políticamente en la marcha del país.

¿Cómo se explica entonces, la convivencia en el tiempo de cuatro
hasthtags [etiquetas] de apoyo a Gamonal siendo ‘trending topic’
nacional con declaraciones como la de Ana Botella condenando ‘los
atentados de Burgos’? ¿Qué está pasando?

Está pasando un cisma total y absoluto. Una situación de
incomunicación total entre el lenguaje que hablan las élites políticas y
el que habla la ciudadanía. ¡Y no ya los sectores más movilizados de la
ciudadanía! Y está pasando, también, que la ciudadanía, sabedora de que
es incapaz de cambiar el marco grande político. Quiero decir… la gente
desconfía de su fuerza para cambiar la política del euro, el sistema
impositivo o la ley electoral. Pero sí tiene la suficiente rabia
acumulada y los suficientes mimbres comunicativos como para
autoconvocarse y resistir y defender lo que queda de público, de bien
común, en su territorio más cercano.

Y, a falta de otros objetivos y de otras plataformas que les permitan
alcanzar transformaciones más amplias, por lo menos defiende lo poco
que le queda. Yo creo que esto está calando de una manera muy clara. El
cisma y la discordancia de los medios convencionales se explica pura y
simplemente por sus dependencias del poder político y económico.
Son industrias deficitarias que dependen de subvenciones y apoyos
clientelares que llegan, incluso a decapitar al director del segundo
medio más importante [En referencia a Pedro J. Ramírez].
Así de sencillo.

También por la ignorancia y la obsolescencia de sus prácticas
profesionales. Quienes están mandando en las televisiones y los
periódicos apenas saben hacer nada con el ordenador, desconocen las
dinámicas de las redes sociales, lo que es construir un blog, etc. Lo
desconocen no por su incapacidad en la cultura digital, sino por
valores. No han asumido todavía que su única función, y más
importante, es ponerse al servicio de las comunidades a las que van a
servir y que les van a brindar la credibilidad.
Y que esta
credibilidad, este intangible, que no es monetarizable, ni inmediata, ni
claramente, importa mucho más que la cotización en bolsa de sus
empresas.

Claro, no están escuchando. Ellos han perdido el monopolio de hacer política.

Exacto.

Pero bueno, se supone que se sale a la calle para conseguir cambios
que pasan por ellos. Pero, ¿vale la pena escuchar su respuesta?

Yo creo que hay que dejarles solos. Creo que es importante aparecer
en ellos. Porque si no hubiera habido cobertura, aunque fuera sesgada,
criminalizadora y desmovilizadora de la trama política que había detrás
del asunto (del Bulevar de Gamonal) en la calle Génova no habrían
presionado como presionaron al PP de Burgos. Así de sencillo. ¿Por qué?
Porque las élites se leen y se ven reflejadas únicamente en los medios que controlan. Por
lo tanto, hay que confiar en que, por muy convencional que sea un
periodismo o una empresa, tendrá el sentido común de reflejar, aunque
sea mínimamente, las razones del descontento social.

Es lo único que les diferencia del ser prensa de partido. Y saben que
si actúan al 100% como prensa de partido su crisis económica entra en
la debacle.

Desde la política institucional no está escuchando el clamor de la
redes sociales, ese diálogo de la sociedad civil constante. No se si
estarás de acuerdo con que la comunicación emocional es la base del
poder y que eso es mucho más poderoso que cualquier diatriba ideológica.

Sí. Es obvio que a nadie le convences con un lenguaje endogámico,
ideologizado, que sólo entiendes tú y tus camaradas de lucha. Es obvio
que con eso puedes reforzar tu identidad, pero difícilmente la puedes
hacer más inclusiva y abarcar otros sectores periféricos u opuestos.

Es cierto que las revoluciones y los cambios drásticos tienen mucha
más carga emocional que racional y argumentativa. Esto no habla en
menoscabo de los sentimientos y de las emociones. Al contrario. Creo que
lo que se está evidenciando en este país es que existe un sentimiento
de rabia contenida que sólo se puede expresar y manifestar y sentirse
eficaz en luchas locales.

Precisamente porque les faltan las plataformas políticas y las
plataformas mediáticas que impulsarían a estos sectores como actores
políticos de pleno derecho.

Yo creo sinceramente que el cisma está planteado desde hace tres años. Que la transformación es mucho más profunda de lo que somos capaces de reconocer, porque estamos inmersos en ella.
Porque además, empleamos parámetros de evaluación del éxito de las
movilizaciones que son erróneos. No sabemos cómo medir todo lo que está
ocurriendo, porque no responde a las dinámicas de un movimiento social
con una agenda preestablecida, a una organización de coordinación
centralizada, a unos recursos puestos en común de manera estructurada y
estratégica a medio y a largo plazo… Sino que es la suma de un montón de
tácticas de movimientos más a corto plazo, de autodefensa, de
reinvindicación. Y también, poco a poco, lo que se fragua es una red.
Una red que está asumiendo lo que el periodismo en el siglo XX decía
que era, aquel poder que controlaba a los otros tres, sin querer
ejercerlo.

Entonces, ¿cuál es la clave del éxito? En el caso de Gamonal, cuando
el Ayuntamiento decide paralizar el proyecto, se entiende que eso es
exitoso. Entonces, ¿cuando no se da una respuesta institucional buscada,
no es exitoso?

No. El éxito se puede medir en dos cosas: primero, en los logros de
la movilización externos a ella, es decir, su impacto institucional o su
impacto en la visibilidad de la esfera pública tradicional; o bien en
términos de constitución de sujetos políticos individuales y colectivos.

De hecho las dos visiones sobre 15M más claras son estas dos. Por una
parte, aquella que le achaca no ser capaz de producir propuestas
políticas alternativas, y mecanismos institucionales diferentes a los
existentes. Y aquellos que enfatizan que se está construyendo una nueva
forma de hacer ciudadanía.

Yo no creo en la oposición entre estos dos objetivos. Creo, además,
que la persistencia de los logros políticos en Gamonal y de su impacto
institucional dependerá de la fuerza que haya logrado el colectivo
promotor y los agentes involucrados en ello para constituirse como
actores políticos con permanencia, con constancia y con un proyecto
común.

¿Ese es el verdadero éxito?

Yo creo que sí. Y que, tarde o temprano, eso se transforma en otros
muchos Gamonales. No sólo en Burgos, sino en todo el Estado. Y no sólo
en el Estado sino en lo que queremos y en lo que estamos fraguando desde
ya bastante hace tiempo, que son las revoluciones en red, que en el
fondo se corresponden y se identifican mucho con lo que se hizo en los
60 y lo que se hizo en los 30. Con nuevos medios de comunicación y
nuevos profesionales y nuevos actores sociales que buscan en el
periodismo esa plataforma de visibilidad pública y de impacto
institucional.

O sea que ¿crees que Gamonal puede inspirar la constitución de otros movimientos?

Yo creo que lo ha inspirado. Que Gamonal es la consecuencia de lo que
te contaba antes, de movimientos en la esfera institucional que afectan
a un régimen que se degrada, que manifiesta de manera cada vez más
patente esa corrupción y ese final anunciado, esa extenuación de
soluciones por parte de esa esfera institucional. Y, por otra parte, de
la constitución de toda una masa ciudadana que se siente excluida de
manera injusta, o no justificada, de lo que es la participación en la
toma de decisiones.

Gamonal ha tenido una cobertura mediática impresionante. Los medios
de comunicación convencionales son desmovilizadores y, en cambio, 46
ciudades convocan manifestaciones en solidaridad con Gamonal ¿Por qué se
da eso?

Porque hay un nivel de conectividad muy alto. Primero: esa situación
que te hablaba de consenso crítico, y que es muy mayoritario, se
fundamenta también en un grado de conectividad muy alto. La gente, al no
encontrar en los medios convencionales o en los discursos
institucionales elementos de referencia, las ha creado por si mismos. Y
ha creado flujos de información, aprendizaje y modos de aprendizaje
colectivo, que todavía tenemos que aprender a distinguir. En el 15M es
algo muy patente. Y además son modos de organización, que en estos tres
últimos años han dado pasos muy sustanciales.

Creo que es mucho más rentable establecer
alianzas puntuales con los periodistas machacados, represaliados, en
listas negras para que suelten información de sus propias empresas

Primero, el colapsar el régimen electoral. Las campañas
electorales en España ya no son, ya no van a ser, después del 15M, una
sucesión de mítines institucionales sin contestación en la calle.

Es más, ha habido la suspensión de dos jornadas de reflexión electoral
en las últimas convocatorias. Esto es algo completamente desconocido en
los países de nuestro entorno y que habla del desbordamiento de la
sociedad civil de los canales de debate y de elección de representantes
políticos.

Eso fue lo que ocurrió con en el primer 15M. En su segundo año, el
15M va a llenar con las mareas la ausencia de protagonismo y de trabajo
sindical en defensa de los derechos sociales y de las prestaciones. Y,
en este tercer año y en estas europeas, ha alcanzado ya plasmación
política. Hay al menos tres candidaturas que se arrogan el estar
muy en sintonía con el 15M y lo hacen, contando además, con ese cuerpo
social movilizado.
Con lo cual, es difícil asistir a un proceso
más rápido y más consecuente de aquello que se le pidió al 15M y a la
ciudadanía española. Si tenéis otras propuestas u otros modos de hacer
las cosas, hacedlas. Ahí están.

Creo que la principal miopía es pensar que existen las revoluciones y
los cambios sociales y los procesos de transformación rápidos. Igual
que existen las dietas rápidas o los cursos de idiomas rápidos. No se
cambia de amo ni se aprende a no ser siervo en dos días, de igual manera
que no se aprende inglés o no se bajan los kilos en dietas rápidas.

Has hablado de las mareas. Hoy las jornadas de auditoría en las que
he estado se hablaba de la necesidad de crear una Marea de los Medios de
Comunicación, para hacer auditorías sobre los medios de comunicación
públicos en los que se han dado procesos de absoluto despilfarro. ¿Hace
falta esa marea de comunicación o esa marea puede ser una de vamos a
tomar los medios, vamos a ser los medios, vamos a hacer periodismo
ciudadano?

Primero, creo que constituir una mera de periodistas es una quimera,
en el sentido de que es el cuerpo profesional más precarizado y más
encasillado en las estructuras de representación del Antiguo Régimen.
Las asociaciones de la prensa son el único órgano corporativo de los
periodistas y reproducen el esquema del sindicato vertical. Ahí está
desde Cebrián y los grandes varones de la comunicación hasta el jefe de
máquinas, representados en el mismo órgano.

Los sindicatos de periodistas, por la cuenta que les ha tenido a las
empresas públicas y también por la falta de cultura política, que es
consecuencia de las purgas sucesivas de periodistas críticos a lo largo
de la Transición, pues, pura y simplemente, son irrelevantes o tienen
muy poza fuerza. Su nivel de sindicalización es bajísimo.
Estamos hablando de un colectivo, insisto, muy precarizado, muy
fragmentado, al que se le ha imbuido de una mentalidad corporativa…

Tienen que ser los principales propagandistas de sus empresas, algo que
es una aberración en lo que es el código deontológico de cualquier
periodista o en la biografía de cualquier periodista de referencia, que
han creado sus propios medios, que han estirado hasta lo máximo las
posibilidades de expresión dentro de los medios en los que trabajaban o
han saltado a otros… Que visto forzados a cambiar a otras temáticas
porque las únicas fuentes que les podían hablar les vetaban el acceso a
la información, etc… Entonces, una marea de periodistas yo la veo
completamente inviable.

Pienso que es mucho más lógico desarrollar dos estrategias. Una la
que apuntabas tú. Quizás no tengamos ni fuerza ni legitimidad para
fiscalizar los medios privados, en el sentido de que son empresas
privadas. A no ser que hayan incurrido en fraudes o desfalcos al erario
público, difícilmente tenemos posibilidad de entrar ahí.

Creo que es mucho más rentable establecer alianzas puntuales con los
periodistas machacados, represaliados, en listas negras para que suelten
información de sus propias empresas. Eso sí. Y creo que muchos lo han
hecho. Y que ahí hay una tarea de los movimientos sociales para acoger,
por lo menos, las voces de protesta de unos periodistas que antes
malvivían de su vasallaje al amo político o a la cartera de publicidad,
pero que ahora no tienen para comer y que, por lo tanto, se han
desprendido de sus mordazas y sus bozales.

Creo, también, que tenemos que empezar a considerar la comunicación
como un bien común. Y esto quiere decir que la tenemos que costear. Que
tenemos que apreciarla como el alimento de nuestra actividad y de
nuestra condición ciudadana. Y que, si nosotros no lo hacemos, nadie lo
va a hacer por nosotros. Y que, por lo tanto, lo que hay que hacer es
crowdfounding y microdonaciones y constituir medios con todo el montón
de profesionales que están quedando en la calle y que, desde luego,
tienen destrezas y valores más que rescatables.

Un tercer paso sería abandonar la endogamia y abandonar esta
cultura de la autoescucha y de los discursos ya hechos para uno mismo

y atreverse a elaborar agendas y marcos de interpretación de la
realidad que fuesen compartidos por estas distintas organizaciones
comunicativas. Porque es cierto que en materia política y en materia de
esfera pública la unión hace la fuerza.

Muy bien, no sé si quieres añadir algo…

Yo creo que lo que preocupa fundamentalmente… En lo que se ha hecho
énfasis en el caso de Gamonal es precisamente, una vez más, lo
anecdótico. Lo que no se ha leído o dicho con toda claridad es que,
quizás por primera vez, se ha desmantelado la conexión tóxica que existe
entre las élites políticas y las élites mediáticas locales.

Y que si el ejemplo cundiese, las elecciones locales y autonómicas de dentro de un año, serían muy diferentes.

Y que sí, la auditoria de las conexiones del dinero público de las
administraciones públicas que son desviados de manera sistemática y,
además, injusta. Es decir, sesgado y no acorde con las tiradas, ni con
ningún criterio objetivo, sino simplemente a clientes mediáticos, sería
un punto importante de crítica. Y que invalidaría muchos de los mensajes
que se van a intentar difundir hasta entonces.

Y otra lección es que, por mucho que se criminalice la violencia, la
gente ha aprendido en carne propia que la violencia estructural es mil
veces más nociva que la quema de un contenedor.

El 13M en Diagonal

Transcribo un mail intercambiado con Marta G.Franco. Una entrevista digital, que luego apareció en Diagonal. Lo poco que pude introducir allí, me llevó a plantearme hacer una batallita sobre el «periodismo inmundo», que rematará este jueves.
La foto es de Dani Gago, del art. en Diago.


– Sostienes que las movilizaciones de aquellos días las protagonizaron la
izquierda social, y no el PSOE, ¿en qué evidencias te basas para
afirmarlo?
 

Rubalcaba no cuestionó la tesis gubernamental de la autoría etarra
hasta que se produjeron las concentraciones frente a las sedes del
PP. Sus palabras tampoco eran de aliento a las multitudes, sino de
ataque al Gobierno del PP y de promesa electoral de «contar toda
la verdad». El PP argumentó la presencia de cargos del PSOE en
dichas concentraciones, pero también la hubo de otras fuerzas
políticas y sindicales. La inmensa mayoría de los desobedientes
civiles, sin embargo, provenía la ciudadanía que se había venido
movilizando desde la LOU, el Prestige y el No a la Gerra. El
capítulo 4 de nuestro libro recoge un grupo de discusión de
activistas del tejido social madrileño que detallan toda la
secuencia de la convocatoria ante la calle Génova. Revelan sus
redes de confianza, fraguadas en movilizaciones previas con TIC,
frente a un ambiente político-mediático del que cada día recelaban
más. Revelan cómo sopesaron la legitimidad de la convocatoria ante
las sedes del PP y su conveniencia. Esa es la evidencia, que
aportamos hace 10 años y no ha sido desmentida por nadie.

Mantenemos anónimos los nombres, como exige la metodología, pero
algunas de esas voces ahora forman parte fundamental del debate
político y de los movimientos sociales en este país. Frente a
ellos, el PSOE (antes y después de las elecciones) cumplió con la
máxima de la Transición: no juzgar a la derecha gobernante. Se
aseguraron así silencios recíprocos, que ambos entendían
beneficioso en términos electorales. Lo cuenta el jefe de los
Tedax en su libro de hace unas semanas: Aznar le dijo que se
guardase las pruebas de los explosivos que descartaban a ETA desde
el primer momento y Zapatero también. A uno le interesaba la
confusión sobre ETA, y al otro «la crispación» por la deriva
extremista del PP.

De todos modos, imaginar que el PSOE pudiera haber convocado a una
estrategia del desobediencia civil en la jornada de reflexión es
un despropósito. Ignora cómo funciona su aparato (basado,
precisamente, en la desmovilización de simpatizantes y militantes
críticos) y la consecuente insignificancia de sus recursos para
movilizar a nadie… Tanto el PSOE como IU apoyaron sin fisuras la
convocatoria oficial de la manifestación del 12, con la Corona a
la cabeza. La convocatoria de las concentraciones desobedientes
para el día 13 ante las sedes del PP, sale precisamente de esa
constatación. Los activistas que reunimos afirman que constataron
que nadie en el arco parlamentario estaba asegurando la única
garantía de validez democrática de unas elecciones: que alguien
denunciase la mentira oficial en público, antes de votar. El PSOE
lo hizo una vez que la ciudadanía desobedeció la ley y con la boca
pequeña. Abriéndola cuando ya no quedaba más remedio y volviéndola
a cerrar inmediatamente una vez que cosechó los votos necesarios
para gobernar.

– Ciertas interpretaciones aseguran que fue el grupo Prisa quien manejó
los tiempos con la publicación de informaciones que desvinculaban a ETA.
¿En qué medida fue esto lo que marcó las movilizaciones? ¿Qué papel
jugaron los medios de contrainformación?
 

Que un programa de fútbol de la SER diese la noticia de las
concentraciones del día 13 no quiere decir que la convocase.
Precisamente todo lo contrario: daba cuenta de que ya se estaban
produciendo sin que ellos lo hubiesen anunciado previamente. Y sí,
algunos locutores a título personal animaban a la audiencia a
acudir. Insisto, nada comparado con la convocatoria unánime de la
manifestación oficial del día 12, anunciada por Prisa y el resto
de los medios convencionales, a sabiendas de que era una tapadera
con los eslóganes de campaña del PP. Y un riesgo indudable para
los más de diez millones de manifestantes que salieron a la calles
a repudiar un asesinato en masa que bien podría haberse repetido.

El mismo oficialismo a ultranza puede argumentarse sobre la otra
imputación a la SER. Se dice que cuestionó la autoría etarra desde
la misma mañana del 11, alegando el hallazgo de un terrorista
suicida. Fue algo que nunca se corroboró, la propia emisora lo
desmintió inmediatamente… Y, una vez más, Prisa y Ser dieron
altavoz a los cargos del PP que sin una sola prueba argumentaban
la autoría etarra o, al final, la necesidad de mantenerla como
posibilidad… Incluso en la madrugada de la jornada electoral y
con un video reivindicando la autoría yihadista.

La SER hizo de emisora díscola en el seno de Prisa, pero siempre
con la mordaza institucional de no desmentir de plano la versión
oficial. Ellos, en todo el grupo multimedia, nunca publicaron
cubriendo toda la primera página: «11M: Fue Al Qaeda». El único
que lo hizo fue 20Minutos, y encima en un festivo que no tenía que
salir, el mismo 14 de marzo. El País, en cambio, había titulado el
11M: «Masacre de ETA en Madrid», a instancias de una llamada de
Aznar. Semejante acto de sumisión y servilismo no fue explicado
hasta dos semanas más tarde y revelaba fehacientemente el
oficialismo y la falta de profesionalidad de El País y, por
extensión del Prisa. Argumentaba Ceberio, el exdirector, que quién
iba a desconfiar de la mentira de un presidente de Gobierno en un
hecho de esa trascendencia y dimensiones… Pues, eso cualquiera
que pretenda ser reconocido como periodista.

Los medios de contrainformación también aparecen analizados en
nuestro libro. El capítulo 7 analiza la contra-información de
Nodo50, Indymedia en Barcelona y en Madrid, y La Haine. Su papel
fue muy diferente, a la hora de recoger el debate del tejido
social. Todos transitaron del desconcierto sobre la autoría de la
masacre hasta la movilización. Jugaron un papel muy diferente cada
uno de ellos. Variaron en los argumentos esgrimidos, las pruebas
aportadas, la conexión de estos debates con las asambleas
presenciales que tuvieron lugar en Madrid y la consolidación de la
estrategia de desobediencia civil. La contrainformación fue clave
para que hubiese réplicas del 13M por toda la geografía española.
Sin ellos tampoco se habrían formado los grupos iniciales de
desobedientes que aportaron experiencia previa y redes propias.

– Resulta evidente establecer algunos paralelismos entre esas jornadas y
las que sucedieron entre el 16 y el 22 de mayo de 2011, en cuanto a que la
ciudadanía utilizó las redes para desmentir discursos oficiales y convocar
acciones de desobediencia civil masiva. ¿Qué diferencias encuentras? ¿Cómo
ha evolucionado «la multitud inteligente» en estos años?
 

El 13M fue el antecedente del 15M, como ya hemos escrito y
publicado, por activa y por pasiva. La diferencia es haber pasado
de la reacción (ante una mentira y un posible fraude electoral) a
la ofensiva desobediente. Se intenta ahora desarrrollar más allá
de sus límites una democracia representativa, que se entiende
secuestrada por la clase política nacional y la casta financiera.
La diferencia está en la autocomunicación de masas ligada a una
crisis del sistema político-representativo: en 2004 se constata
que somos incapaces de desalojar la mentira más nauseabunda. Y
diez años después el 15-M se muestra capaz de interpelar a
políticos y periodistas, para refundar dicho sistema
político-comunicativo. Y el movimiento empieza a contar con medios
periodísticos, propios y afines, capaces de promover ese cambio.
El Diagonal de 2004 no es el de 2014, un autoanálisis os llevaría
a veros como parte de un 4º poder en red en el que el periodismo
convencional es a veces un compañero de viaje; el público
movilizado en red, el principal activo; el medio Diagonal un nodo
– no el centro – de un contrapoder que se expresa en red. Se nutre
de las bases sociales, que se incorporan al proceso informativo al
tiempo que despliegan la movilización; y crece en la medida que el
poderío tecnopolítico se extiende a nuevos actores.


– Por último, quería preguntarte si recuerdas alguna imagen nítida sobre
cómo se propagó información aquellos días (por ejemplo, una mía: ir
andando por la calle Hortaleza, cuando la manifestación se movió desde
Génova a Sol, y ver a una persona que iba empapelando las paredes con la
noticia sobre Al Qaeda impresa de un digital norteamericano). ¿Alguna otra
así?
 

Recuerdo aquellas 72 horas, desde los atentados a la votación,
sesgadas por las imágenes que recogimos en los dos DVD que
acompañan el libro. Tengo fijado el rostro de un chico punk
reunido en Génova, sosteniendo un cartel manuscrito con dos
palabras «Vergüenza y rabia». Resumía los ingredientes que luego
cocinarían la indignación quincemayista. Y recuerdo las multitudes
desobedientes que inundaron la madrugada en Madrid del 13 al 14,
hasta desembocar en la estación de Atocha, llenando el Paseo del
Prado y todos los carriles de la calle Atocha. O imágenes, como
las que pillamos de las cámaras municipales, que muestran como se
formó la concentración en Génova en apenas unos minutos. Recuerdo
gentes abrazándose en la noche, recordando a sus muertos, pidiendo
juntas un castigo político. Imágenes que ninguna televisión ha
querido emitir diez años después.

BUENO, Marta. Ya me he pegado el currazo. Supongo que excede lo
que necesitas. Es igual.

Me ha sorprendido tu énfasis en destinar dos preguntas a desmentir
lo evidente: que ni el PSOE y Prisa lideraron las movilizaciones.
También llevamos diez años, pidiéndoles a los periodistas que no
califiquen de «espontáneas» esas movilizaciones. Nada hay
espontáneo en el orden social, al menos desde que intentamos hacer
ciencias sociales.

Creo que aún está por abordar el por qué de la incapacidad de los
líderes y discursos más difundidos del 15M para reinvindicarse
como herencia/continuación del 13M… Pesan razones personalistas
y el deseo de encubrir errores de interpretación bastante graves
en el 2004. Pero son chascarrillos de la izquierda/movimentismo
madrileños, por eso lo he obviado.

Si le he dedicado tanto tiempo a este mail es porque creo que si
no nos pensamos mejor lo que ocurrió hace diez años y dejamos que
este aniversario pase como está pasando… Entonces, es que no
tenemos perdón. No hay derecho a montar la que se montó con Évole
y el 23F y que nadie haya recogido que la entrevista a Pedro Jota
era mucho más lacerante…

Y, así nos va, empezamos a debatir sobre el 11M desmontando sus
conspiraciones: lo de Prisa y el PSOE es de Libertad Digital, El
Mundo y La Razón… de nadie más. Y, encima,  a los dos primeros
les viene al pelo, para diferenciarse del resto.

Podíamos empezar preguntándonos por las pruebas que existen para
mantener esas versiones, y descartarlas inmediatamente. Y, sobre
todo, concederle el valor que tienen las muchas pruebas que
nosotros y otras muchas ya aportamos hace 9 años.